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lunes, 26 de junio de 2017

Croacia o cómo sucumbimos al palo selfie (y II)


         En capítulos anteriores nos habíamos quedado a punto de zarpar desde el puerto nuevo de Dubrovnik, donde no había gran cosa que hacer aparte de sentarse a la sombra y quejarse del calor.


       Nos habría encantado ir en coche hasta Split, pero para eso habríamos necesitado varios días más. No descartamos hacerlo en algún momento, y aprovechar de paso para parar en otras ciudades croatas menos conocidas. Además, después de este viaje, también me atrae muchísimo el resto de países de la antigua Yugoslavia, así que la cosa ya se saldría de madre. Pero el trabajo en una guardería noruega ofrece las vacaciones justas y necesarias, así que por esta vez tuvimos que buscar soluciones rápidas, y la mejor en aquel momento nos pareció ir en barco hasta Split. La experiencia nos decepcionó un poco. La embarcación era un catamarán (parecido al que hace el recorrido Oslo-Drøbak) que iba atracando en diferentes puertos durante el trayecto a Split. Tenía asientos muy cómodos, cargadores de móvil, cafetería...pero habían restringido el acceso a cubierta, así que tuvimos que ir sentados dentro cuatro horas. Las ciudades croatas donde íbamos parando a dejar y recoger pasajeros parecían bonitas, pero tuvimos que echarle mucha imaginación, porque los cristales del barco eran ligeramente ahumados (o muy sucios). Y viendo el buen tiempo que hacía fuera yo iba alternando agobio y cabreo como emociones dominantes. El viaje no se me hizo tan largo porque me lo pasé casi entero leyendo sobre la guerra de los Balcanes, un tema que me tuvo bastante obsesionada esos días, pero fue una pena que mi sueño de avistar Split desde la cubierta mientras hacía...no sé, alguna especie de performance, se viera truncado.


       La llegada fue un poco a la carrera. Nos encantaba todo lo que veíamos, pero habíamos quedado con la chica que nos alquilaba el alojamiento y no podíamos entretenernos. No hacíamos más que equivocarnos de calle, volver hacia atrás...todo esto cagándonos en la obsolescencia programada que acusaban nuestros móviles en el preciso instante en que necesitábamos mirar Google Maps. Era como estar haciendo una carrera de orientación por toda la ciudad. Pero al fin, casi sin resuello, encontramos nuestro efímero hogar: una habitación espectacular en pleno casco antiguo de Split, con todo lo necesario (incluyendo aire acondicionado, que agradecimos sobremanera). Marijana, la chica que nos alquiló la habitación, se había desplazado desde otra ciudad para darnos la llave y explicarnos cómo funcionaba todo. Hablaba un inglés perfecto y hay que decir que fue mucho más práctica con la gestión de los pasaportes que nuestros anteriores anfitriones: les sacó una foto y ya (ojo, que siempre le tendremos un cariño especial a Carmina -y amén-). Era encantadora, me cayó bien a nivel quiero que seas mi primera amiga splitense o spalatina.


        Después de colgar nuestra ropa de baño, que ya empezaba a oler a perrete mojado, salimos a cenar. La chica de la habitación nos había recomendado un restaurante llamado Bepa, y yo de mi amiga Marijana me fío a muerte, ¿vale? Así que para allá que fuimos. Algo genial de nuestro alojamiento es que, por si su ubicación no fuera suficientemente buena, tenía un mágico pasadizo justo en la puerta que nos llevaba directos a Narodni Trg, la plaza principal de Split, donde además del restaurante que buscábamos, está el edificio gótico del ayuntamiento y -aquí viene mi dato favorito- la librería Morpurgo, que lleva en el mismo sitio desde que fue abierta en 1860, lo que la convierte en la tercera librería más antigua de Europa de entre las que aún operan (hago oídos sordos a los rumores de que cerrará pronto). Amor. En el Bepa nos pusimos como el chico del esquilador y luego nos dimos un paseo nocturno muy necesario para bajar la cena. En este punto tuvimos la agridulce sensación de que nos habíamos equivocado dejando tan poco tiempo para conocer Split, que nos pareció mucho menos masificada de turisteo que Dubrovnik, más tranquila y con bastante que ver. Había que elaborar un plan de ataque.



       Madrugamos y conseguimos visitar casi toda la ciudad antigua antes de que el sol nos pegara de pleno. Es muy curioso pasear por la parte vieja de Split, donde las ruinas y monumentos romanos se integran con construcciones modernas, fusionándose muchas veces en forma de restaurantes, terrazas e incluso viviendas. En el Peristilo del Palacio de Diocleciano vimos a las 12 el cambio de guardia más teatrero de nuestras vidas, con unos soldados romanos a quienes les bailaba el casco en la cabeza y el emperador Diocleciano junto a la hermosa Prisca, que parecían sacados de una portada de Health & Fitness, saludando a los ciudadanos desde la entrada del palacio y pidiéndoles que dijeran más alto lo bien que estaban, mientras sonaba una música majestuosa, muy de emperadores. Cuando terminaron, bajamos a los subterráneos del palacio, que comunican con el puerto y que, aunque una vez fueron catacumbas, ahora están llenos de puestos de artesanía, algunos de los cuales merece la pena visitar. De vez en cuando nos encontrábamos con algún grupo de soldados romanos, que atajaban por ahí para ir a tomar unas cañas. Con esa actitud no sé yo si defenderán mucho el imperio.



       Riva, el paseo marítimo de Split, es peatonal, amplio y agradable de caminar, aunque algo me dice que esas palmeras no deberían estar ahí. Desde allí decidimos volver a la parte vieja atravesando Ulica Stari Pazar y su enorme mercado al aire libre de verduras, frutas y flores, donde también encontramos productos locales y puestos de comida croata. El color rojo de las cerezas me atraía tanto como me asaltaba la sospecha de que mi alergia volvería si osaba probar aunque solo fuera una, y ya estaba demasiado recuperada como para estropearlo todo, así que me dediqué a admirarlas. Cada puesto, con sus balanzas antiguas y sus vendedores hablando a voz en grito, me traía recuerdos de paseos matutinos al Mercado de la Esperanza, en Santander, junto con mi abuela, cuando yo era pequeña. Mi memoria olfativa también trabajaba al límite de su capacidad, así que yo iba como un sabueso de los ramos de flores, aún con sus gotas de rocío, a los quesos en aceite, en una espiral de nostalgia y de dónde-encuentro-esto-en-Oslo. En las partes que están tanto pegada a la muralla como junto a la avenida principal venden ropa, recuerdos y artilugios más propios ya de un mercado de pulgas común. Justo antes de entrar por la Puerta de Plata en dirección al palacio, compramos un palo selfie. Sí, amigos, no podemos escudarnos en que nos lo vendieran con triquiñuelas o que lo encontráramos perdido en la calle. Compramos un palo selfie con todas las de la ley, por la pura arrogancia de compartir encuadre con todo lo bonito que veíamos y hartos de que todas nuestras autofotos estuvieran llenas de papadas. Y no nos arrepentimos. Allí mismo, junto a la Puerta de Plata, nos sacamos esta nuestra primera foto con él.


       Continuamos deambulando por Split un rato más y salimos por la Puerta de Oro. Nos gustó mucho la estatua de Gregorio de Nin (una persona que un buen día se levantó con ganas de traducir al croata el misal romano) en su postura de villano de película de magos, pero se nos olvidó tocarle el dedo gordo del pie, que dicen da buena suerte, así que si nos pasan cosas malas el resto del año será, evidentemente, por eso. Y una vez más me dejó atónita la cotidianeidad de la vida entre ruinas romanas; esta vez, una señora en una ventana dando de comer a su pájaro. Es decir, hay una señora en el mundo que, a la pregunta "¿y usted dónde vive?" responde: "En la muralla de Split, junto a la Puerta de Oro. Bitches." Luego aprovechamos que ya estábamos allí para ver qué había más allá del muro y beneficiarnos un poco de la bajada de precios para comer.
     

       Tras nuestra experiencia bañándonos en Dubrovnik, nos apetecía mucho probar alguna playa de Split, así que volvimos al paseo marítimo y entramos en una tienda de deportes a por unas gafas de buceo. El hombre que nos atendió entendía español pero no se atrevió a hablarlo con nosotros porque decía que tenía poca práctica. También se enorgulleció de ser hablante nativo de croata porque así, dijo, cualquier idioma le resultaba fácil. Y para mostrarnos lo bien que hablaba inglés, se dedicó a detallarnos minuciosamente de dónde procedía cada pieza de fabricación de las gafas que nos vendió. Después, ante la suspicaz mirada de Luis, les quemó el cristal con un mechero para evitar que se empañasen. Nos orientó también sobre dos o tres playas al oeste de Split más destinadas a la práctica de deportes que al tumboneo. Muy bien, pues ya teníamos gafas de buceo y palo selfie; ahora teníamos que ponernos en marcha antes de que se nos olvidara nuestro propósito y nos dedicáramos a seguir acumulando trastos ad infinitum.


       Atravesamos todo el parque Marjan, una reserva natural que me recordó en cierto modo a la Península de la Magdalena, pero a lo bestia. Hicimos una buena caminata hasta la cima, pero mereció la pena, sobre todo por las vistas que hay desde el mirador a medio camino. También tiene una de esas fuentes a la sombra donde nunca te cansas de beber agua. Acostumbrada como estoy a ver en Oslo gente practicando deporte al aire libre en cuanto las condiciones climatológicas lo permiten mínimamente, me sorprendió no encontrar a nadie corriendo, entrenando perros o haciendo senderismo en un entorno como aquel, donde las vistas eran preciosas en cualquier dirección. Por eso me sentía un poco fuera de lugar o en algún sitio donde no se supone que debiera estar. De hecho, eran tan pocas las personas que nos encontramos camino a la playa, que intercambiaban saludos con nosotros. Que me aspen si no nos estábamos adentrando en el Split profundo. Nuestra intención era llegar hasta la playa paseando por la senda del parque, pero cuando nos dimos cuenta de que el camino bordeaba toda la península resolvimos atajar campo a través, en plan cabra. Nos dirigíamos a Bene, la playa más alejada de Split y la que suponíamos estaría menos llena. Acertamos; solo estábamos nosotros y un par de tipos más que supusimos lugareños. No era una playa al uso, sino más bien una orilla de piedra y rocas con espacio suficiente como para colocar algunas toallas, pero tenía el agua más transparente que he visto en mi vida. Junto a la orilla, entre los pinares, una cafetería con terraza y un par de pistas deportivas. Echamos el resto de la tarde nadando y viendo bancos de peces, medusas, coral...Después extendimos toda la ropa mojada sobre una roca (no más perretes en nuestra habitación, gracias) y nos quedamos mirando cómo se ponía el sol. Como este momento nos pareció de lo más metafórico, nos vimos obligados a grabarlo; lo comparto aquí.


         Sabíamos que levantar el campamento suponía el fin del viaje, pero tampoco queríamos hacer todo el camino de vuelta en total oscuridad. Volvimos ahora bordeando la costa que no habíamos visto antes, por un paseo iluminado y, ahora sí, lleno de gente. Se levantó un fuerte viento que resultó en brisa tranquila y templada al cabo de unos minutos, con olor a pino. El cielo estaba rosado, el mar oscuro y los pescadores guardaban las redes y volvían a casa. Pensamientos que no quería tener en aquel momento acudieron sin ser llamados, pero me había prometido que, por una vez en mi vida, no iba a amargarme los últimos ratos de viaje, así que en lugar de tirarme al suelo y hacer el bicho bola mientras me compadezco de mí misma y de lo poco que viajo, con lo que a mí me gusta, propuse a Luis poner el colofón yendo a cenar un poco de pescado frito en un restautante que habíamos visto por la mañana, y tomar algo después. El paseo nos condujo a través del pinar primero, y barrios de casas después, hasta la calle Marmontova, una de las principales avenidas de la ciudad vieja.


       Para terminar la noche, nos sentamos en la terraza de un restaurante que nos llamó la atención: el Corto Maltese. Su carta era muy tentadora, pero ya estábamos llenos de algo parecido a chanquetes, así que solo bebimos. Un aplauso para los camareros, que me animaron a entrar al local solo para verlo, porque la decoración era espectacular. Aun así, y no me matéis, confieso que no me entusiasman las ilustraciones de Hugo Pratt, a pesar (o quizás a causa) de haber tenido siempre presentes muchas de sus novelas gráficas (Corto Maltés entre ellas), porque mi padre sí es un gran aficionado.


       Nuestro periplo termina en el peristilo del Palacio de Diocleciano, donde doce horas después del cambio de guardia hortera, escuchamos a un grupo callejero que nos hace la vuelta a casa más melancólica, pero nos completa el viaje. Después de esto solo hay sueño, controles, aviones y otros menesteres poco interesantes. 


       En Croacia dejamos una crema solar y un champú demasiado grandes, pero nos trajimos una piedra de la playa de Dubrovnik (efectivamente, soy una de esas personas que recoge piedras aleatorias de la calle, llevo haciéndolo desde Windsor, 1995 y nadie me detendrá). Una vez más, Europa me deja positivamente sorprendida y con ganas de más. Puedo aventurar que mi próximo viaje a Croacia también lo será al resto de repúblicas de los Balcanes, así que voy a ir preparándome una buena razón para coger un permiso largo. Esto me va a llevar muuuucho tiempo.
       

martes, 6 de junio de 2017

Croacia o cómo sucumbimos al palo selfie (I)

       Amigos, si hay una sensación impagable y que no podría describiros fácilmente, es la de salir de un avión procedente de Oslo que acaba de aterrizar en el aeropuerto de Dubrovnik e ir notando cómo el sol te calienta poco a poco la punta de la nariz, que tienes fría e insensible desde que, hace ya semanas, empezaste a sufrir la dichosa alergia al polen de abedul. Por eso en cuanto pisé suelo croata me quedé parada y mirando al cielo con los ojos llorosos y entrecerrados (de nuevo, abedul). El resto del día lo pasé purgando mi cuerpo, así que tratad de añadir a todo lo que os cuente un montón de pañuelos de papel, un inhalador (pizca de asma, cortesía de la casa) y un colirio como elementos de contextualización. Ayudará a que os metáis en la historia. De nada.

       Subirme al autobús que nos llevó del aeropuerto a Dubrovnik fue como dar un salto espacial y plantarme en el bus de línea Oruña-Santander; la misma tapicería, la misma era de fabricación...Casi me sorprendí cuando el conductor no sintonizó Estéreo Latino. Le doy al bus croata 4 puntos de carisma porque pudimos pagar con tarjeta, algo maravilloso si tenemos en cuenta que no llevábamos absolutamente nada de efectivo en kunas (a los viajes, bien preparados, sí, señor). 

       El viaje fueron unos 25 minutos de Dubrovnik no turístico, es decir, mucha casa de ladrillo típica de la ex-Yugoslavia, mucho cimiento a la vista, mucho apaño de mi cuñao el Sebas (o de mi cuñao el Anđelko), mucha vivienda que parece abandonada pero no y unos remates que probablemente respondan más a una necesidad que a un estilo arquitectónico. Pero oye, componían un paisaje que tenía su punto, y en medio de una naturaleza brutal, con mar a la izquierda, montaña a la derecha y vegetación por todas partes. Eso por no mencionar que durante los últimos cinco minutos del trayecto tienes unas vistas de la ciudad fortificada que, si el día es despejado, como fue el caso, son espectaculares. Seguramente lo habría disfrutado más si no hubiera tenido que ir agarrada al asiento de delante mientras botaba en el mío y me esforzaba por no pensar en el precipicio del borde cada vez que venía otro autobús de frente. Desde luego, los conductores del Aranda Calderón nunca bajan así de rápido la cuesta de la Pajosa, les devuelvo sus puntos de carisma.

       Una de las peculiaridades de vivir en Oslo es que nos hemos acostumbrado a un ritmo de vida bastante tranquilo que incluye no tener que apearte de ningún autobús en mitad de una carretera por la que circulan miles de vehículos en ese instante. Cuando optamos por actuar en vez de quedarnos parados en medio de aquella locura de tráfico y conseguimos cruzar a la acera de enfrente, vimos que estábamos a solo unos pocos metros de la puerta de Pile, la entrada principal a la ciudad amurallada de Dubrovnik, pero aun así preferimos ir primero al hotel a dejar los mochilones y cambiarnos, porque aunque eran solo las 9 y pico de la mañana, ya hacía un sol de justicia y no era plan de ir ni tan cargados mi tan vestidos. Nuestro alojamiento no estaba en el centro, sino en un barrio periférico a unos 15 minutos a pie de allí, así que fuimos andando. Según nos íbamos acercando, las tiendas de souvenirs y comercios bonicos fueron dando paso a bares de parroquianos y sex-shops. Bien, esto me gusta. No es ironía. Lo que ya no me hizo tanta gracia fue el puñado de escaleras que tuvimos que subir para llegar a la pensión, con sus peldaños bien altos y bien majos. 

       Nos hospedamos en el Guesthouse Cesic, una casa grande con varias habitaciones en alquiler, todas con su propio baño. Nos recibió una mujer muy agradable y con un parecido más que llamativo a Carmina Barrios. En cuanto cruzamos la puerta dimos otro saltito espacio-temporal a la España de los años 70: mueble expositor de licores, sillas tapizadas, mesa de madera maciza en mitad del salón con el registro de clientes en una libreta y una calculadora al lado. Tapetes de ganchillo, sofá de terciopelo, cortinas de encaje. Un maravilloso museo. La mujer hablaba el inglés justito, pero lo compensaba con la intención que ponía, así que la comunicación fluyó satisfactoriamente. Solo arrugó el gesto cuando le dijimos que no llevábamos efectivo. Ahí nos pidió por favor que le dejásemos nuestros pasaportes y esperásemos a "el Jefe". De repente, estábamos secuestrados.

       El jefe llegó al rato, acompañado de un chico joven. Él de inglés ni papa, pero el chico nos iba traduciendo todo. Aunque uno de los motivos por los que escogimos esta casa fue la posibilidad de pagar con tarjeta, hacía ya un buen rato que habíamos perdido la esperanza de que esa información fuera cierta; ahora solo queríamos saber si podíamos salir en busca de un cajero o nuestras vacaciones iban a trocarse en un hilarante campamento de trabajo voluntario. Al final acordamos volver a casa antes de las 9, que era la hora de dormir del jefe, y darle el dinero. Entretanto, se quedaría nuestros pasaportes como garantía. El chico nos indicó qué buses coger y dónde comprar los billetes, y nos dio un par de sugerencias de sitios en los que comer, así que con esa información nos pusimos en marcha. Teníamos las horas contadas y al Jefe controlando.

       En bus tardamos 5 minutos de reloj en volver a la puerta Pile. La entrada de la ciudad amurallada recomiendo recorrerla haciendo el molino con los brazos o cantando muy fuerte con los dedos metidos en los oídos; será la única forma de librarte de las hordas de personas que intentarán venderte visitas guiadas por el casco histórico, excursiones temáticas de Game of Thrones y Star Wars y cursos introductorios de kayak por el Adriático. En caso de que no estés interesado en pagar por algo de eso, claro. Si no, esta será tu puerta al paraíso de las actividades. No hay visitas guiadas gratuitas, aviso a navegantes.

       Fue cruzar la puerta Pile y empezar a hacer lo que más nos gusta y mejor se nos da: deambular sin saber adónde ir. Es muy útil si no se lleva prisa porque te da una primera imagen del lugar que visitas, y te vas ubicando mientras paseas tranquilamente. Si vosotros también sois fans de esta técnica, que sepáis que deambular en la ciudad vieja de Dubrovnik requiere estar en muy buena forma física, porque implica pasar el día subiendo y bajando escaleras. «Nota mental: el yoga es muy guay, pero no mejora mi resistencia; habrá que probar con otro deporte de señora». Así, subiendo y bajando, dimos un primer repaso a las calles principales y visitamos el puerto viejo. Me gustó mucho el ambiente de las callejuelas estrechas, la ropa de colores tendida en las ventanas, los incontables gatos callejeros haciendo caso omiso de la gente. Otro apunte: la luz que desprende Dubrovnik no la he visto en ninguna otra parte antes. Si bien no soy una persona anti-gafas-de-sol, me incomoda un poco llevarlas y las evito si puedo, pero aquí tuve que ponérmelas. Quizá tenga que ver que, dado lo pulido de los adoquines de las calles, a veces parece que caminas sobre un espejo que reflejara toda la luz del sol, especialmente en Stradun, la calle principal. Entre la persistencia de los síntomas de la alergia y lo poco que veía, me estaba perdiendo el 70% del viaje, así que fue una causa de fuerza mayor.



       Cuando supimos que no había visitas guiadas gratuitas, tiempo antes, empezamos a preparar nuestro propio tour, así que teníamos más o menos claro lo que queríamos ver. Una ventaja de Dubrovnik, sobre todo si no dispones de mucho tiempo, es que la ciudad vieja se ve enseguida; Stradun conecta dos de las construcciones más importantes, como son la fuente de Onofrio y el monasterio de Santo Domingo, con la Plaza Luza, donde sigue la fiesta monumental. Como este no es un blog de viajes ni de historia del arte, no entraré en detalle sobre cosas de las que no soy ninguna experta y que además podéis encontrar en un millón de blogs, solo os diré que, como casco histórico restaurado, el de Dubrovnik es una joya; yo no podía quitarme de la cabeza que a principios de los años 90 esa ciudad estaba siendo bombardeada.



       Aunque pagar 14 euros nos parecía un poco caro y simplemente paseando podíamos ver toda la ciudad bastante bien, cedimos a la tentación de subir a la muralla, y he de decir que mereció la pena. Entramos por la puerta Ploče, al este de la ciudad, y después de comprarle los billetes a un venerable anciano que escuchaba house a todo volumen, echamos nuestras dos buenas horitas a la solana, pero es que, una vez arriba, puedes utilizar el tiempo que quieras, así que no nos dejamos ni un solo resquicio sin patear ni una sola torre desde la que otear. Y sí, las vistas son impagables, pero más que el panorama de la ciudad amurallada, de la que evidentemente se tiene una perspectiva impresionante, yo destacaría los pequeños jardincitos y terrazas de las azoteas, que de otra forma no puedes ver, y las ruinas integradas en el resto de la ciudad, o las casas abandonadas con miles de gatos viviendo en la maleza. Por cierto, hay alguien cuya casa tiene parte de la terraza en la misma muralla; si eres tú y por casualidad sabes español y estás leyendo esto, contacta conmigo para tramitar los papeles de la adopción cuanto antes.



       Al bajar de la muralla parecíamos Bocaseca Man (es lo que tiene renunciar por principios a tomar smoothies que te venden en lugares históricos), así que decidimos ir a refrescar el gaznate (qué magnífica expresión). Dubrovnik está lleno de bares, pero muchos inflan los precios hasta límites insospechados. Habíamos visto desde nuestro paseo por las alturas (truquis) un par de bares en el exterior de la muralla, entre las rocas, y fue nuestra opción. No están señalados en absoluto y, de hecho, si no lo lees o te lo cuentan, lo más probable es que pases de largo la entrada, porque no tiene nada de particular. Había gente, pero tampoco estaba atestado, y encontramos sitio sin problema. Música tranquila, ambiente relajado, vistas al mar y limonada ácida y fría. Los camareros saltaban por las rocas con envidiable habilidad llevando bandejas. Aquí tomamos contacto con nuestra primera Karlovačko Radler, cerveza con limón. Bueno, y con nuestra segunda. Con semejante atmósfera y el sol pegándonos en la cabeza, tardamos lo justo y necesario en quedarnos sopa. Cuando Luis ya parecía Dos Caras, emprendimos la vuelta a casa.



       Al llegar, Carmina nos recibió de rodillas cepillando la alfombra del salón. Le contamos un poco nuestro día y le comentamos que ya teníamos el dinero. Al parecer, "el Jefe" estaba en el supermercado, así que nos tocó esperarlo. Llegó al rato, "cargado" con una bolsita liviana y cara de estar agotado, se secó el sudor y se sentó a la mesa a hacer cuentas con nosotros. Carmina y él hablaron un rato en un tono regulero y, cuando ella recogió la bolsa que él había traído y se metió en la cocina a preparar comida, él puso cara de resignación, ojos en blanco incluidos, y nos hizo un gesto de cortarse la pierna por la mitad mientras se reía. Si hay algún intérprete de croata en la sala, que por favor se manifieste y nos ilustre sobre el significado de ese gesto. Nosotros, de momento, seguiremos pensando que significa algo así como: "Qué crack soy, hasta aquí me llegan los huevazos". Nosotros, por supuesto, nos reímos con él; nuestros pasaportes estaban en juego.

     Siguiendo la recomendación que nos habían dado, bajamos a cenar a una pizzería justo debajo de casa. Nos gustó el ambiente distendido, casi de colegueo, de restaurante de vecindario. Lo llevaba gente muy joven, todos hablaban inglés y eran muy agradables. Pedimos una pizza familiar que, si hubiéramos partido en porciones y guardado en tuppers, podría habernos alimentado el resto de nuestro viaje en Croacia. Pero sí, nos la comimos entera aquella noche, qué le vamos a hacer.

      Al volver a casa, Carmina y el Jefe estaban sentados viendo la tele en el salón.  La relación jefe-empleada empieza a volverse confusa. Él estaba como para habernos ofrecido la mano esperando que le hubiéramos besado el sello. Noche tranquila, solo interrumpida de hito en hito por calambres musculares en los gemelos y/o taponamiento extremo de nariz. Todo sereno.

       Al día siguiente madrugamos, pero da igual, Carmina ya estaba dándolo todo entre el aspirador y el tendedero. Desayunamos en una crepería llamada Dolce Vita, en pleno centro, barata y con unos crepes que se te va la olla. Ese día decidimos visitar la playa Gradska Plaža, junto a la ciudad amurallada. Esta playa tiene una parte de hamacas que se alquilan y otra de toallada libre para la plebe, adivinad en qué parte estuvimos. La playa está absolutamente llena de rocas, al punto de que para extender la toalla hay que empezar a mover piedras (lo cual tiene su lado bueno, y es que puedes hacerte una especie de fuerte anti-personas). Ni a Luis ni a mí nos entusiasma la playa, pero el mar nos encanta, y de algún modo, creo que desde que vivo en Oslo aprecio más los días soleados y de buen clima, así que sacamos todo el partido que pudimos al día. Por cierto, el agua era una auténtica delicia, no solo por la temperatura, sino porque se veía perfectamente el fondo incluso en zonas ya bastante profundas. Las rocas, los peces...una maravilla.



       Salimos de la playa tarde, hambrientos y colorados, pero satisfechos. Comimos en el Barba, un restaurante de comida callejera ¡que solo tenía pescado! Nos encantó, todo estaba muy fresco y ofrecían platos muy originales a un precio más que aceptable para ser Dubrovnik. Además está en pleno casco antiguo. En la foto, el bocadillo de pulpo que me comí (y que recomiendo encarecidamente), los calamares que compartimos y la cerveza artesanal del propio Barba (que se vendía en algún sitio más). Tiene la peculiaridad de que puedes personalizar los tenedores de madera que te dan. Si los de al lado no hubieran acaparado los mejores rotuladores, habríamos dado más rienda suelta, si cabe, a nuestra vena artística.



      Al salir de allí nos dimos cuenta de lo tarde que se nos había hecho. Se nos olvidaba que en Dubrovnik no anochecía tan tarde como en Oslo. Decidimos volver por última vez al bar en las rocas, que a esa hora en la que ya caía el sol tenía una atmósfera especialmente agradable. Después, ya de noche, hicimos un recorrido final por toda la ciudad. Volvimos a los mismos sitios por donde ya habíamos caminado, pero esta vez el ambiente era distinto. Por las callejuelas no quedaba ya casi gente y había una esencia de barrio familiar en las puertas entornadas por donde se colaban a todo correr los últimos niños que volvían a casa. Aún hacía calor y todas las ventanas estaban abiertas, dejando salir el rumor de conversaciones, de televisores, los olores de las cocinas...En el centro y calles aledañas, había conciertos de jazz. Merece mucho la pena conocer la noche de Dubrovnik.



       El lunes por la mañana, después de comprobar con tristeza extrema que nuestras toallas y ropa de playa no habían terminado de secarse y teníamos que meterlo todo mojado en bolsas y a la mochila, salimos del hostal. Era muy pronto y no queríamos molestar, pero ya estaba Carmina plumero en mano. No sé cuánto habría dormido, porque cuando le dimos las buenas noches horas antes, la dejamos trasladando barreños hasta los topes de ropa de una habitación a otra. Cuando le agradecimos todos sus esfuerzos y le alabamos su trabajo, nos dejó muy clarito que menos blablabla y más poner dieces en Tripadvisor, pero nos dio un besazo y un abrazazo de despedida. Al Jefe no volvimos a verlo. Una pena.

       Por la tarde salía nuestro barco hacia Split. ¿Lo bueno? Que disponíamos de unas horas más en Dubrovnik. ¿Lo malo? Que teníamos que ir en modo caracol con nuestros mochilones noruegos. Resolvimos tomárnoslo con mucha calma y, desayuno mediante (para el que, sin dudarlo, volvimos a nuestros amados crepes de la Dolce Vita), visitamos por última vez lo que más nos había gustado. Me habría gustado comprar todo tipo de productos típicos, desde la artesanía que abunda en los puestos callejeros hasta comida, pero ni mi economía ni las restricciones de equipaje de mano de Norwegian me lo permitían. Hacia el mediodía, cogimos un autobús hasta el puerto nuevo, al otro lado de la ciudad, y comimos allí mientras esperábamos a que saliera nuestro barco. Haría unos 25 grados a la sombra, pero como nos va el riesgo...una con anchoas y otra picante, que no se diga.

(to be continued si no me da mucha pereza...)

jueves, 17 de noviembre de 2016

17 de noviembre

Hace muchos tiempos, en la plenitud de nuestra belleza (pobres de nosotros).
       
     No suelo yo escribir de ciertos temas en mi blog, ni tampoco hablar de ellos, principalmente porque nunca se me ha dado bien hablar de mi vida privada, pero hoy me apetece contar algo muy concreto.

       En los últimos meses mi situación a nivel personal ha cambiado un poco. Pero es un poco muy importante para mí. Sigo en Oslo (y seguiré; lo adelanto para quienes se lo pregunten), pero desde marzo ya no vivo sola, sino con mi pareja. Y este ha sido el mejor acontecimiento de mi 2016 que, por lo demás, ha sido un año bastante regulero.

       Cada pareja tiene sus códigos y sus costumbres, y Luis y yo siempre tuvimos muy claro nuestro espacio dentro de la pareja; para nosotros siempre fue normal, por ejemplo, que cada uno tuviera sus amigos (que podían caerle bien al otro o no, con quien podíamos quedar en grupo o no), o que los dos dedicáramos tiempo a nuestras cosas por separado, ya fuera porque tenemos aficiones muy diferentes o porque a veces apetece estar solo, sin más. Lo que no significa que no disfrutáramos mucho pasando tiempo juntos.

       Os aseguro que vivíamos muy felices en Salamanca, pidiendo cena a domicilio cada dos noches, acogiendo Erasmus en nuestra casa como peregrinos un albergue, y tragándonos película tras película y serie tras serie.

       Pero tras varios años viviendo así, yo decidí venir a Noruega. No fue un impulso, sino una decisión premeditada. Sabía que él no podía venir, pero aun así me fui, no porque le quisiera menos ni porque no estuviera a gusto con él, sino porque sentía que necesitaba esa experiencia y no tenía por qué renunciar a ella. Llámalo crisis de recién licenciada sin perspectivas de trabajo, llámalo ganas de vivir en otro país o como te dé la gana pero, independientemente de mis motivos, yo quería irme, y quería irme a Noruega. Sobre si fue un acierto o no hablaremos otro día, pero cuando empecé a anunciar que me iba, me llovieron comentarios del calibre: "¿Y vas a dejarle solo? Pobrecillo", "Bueno, no pasa nada, puedes buscar allí un novio noruego" o "¿Y no te parece que estás siendo un poco egoísta?". Comentarios que, cuando mi estancia aquí empezó a alargarse, evolucionaron a otro tipo que os podéis imaginar sin necesidad de ejemplos. De todos ellos, el más repetido y mi favorito (además de aplicable a muchos otros aspectos de la vida) es: "Yo es que una relación así no la entiendo". Pues vale. Siento que mi modo de vida no entre dentro de tu comprensión, pero la verdad es que me importa una mierda. Es más, nadie te ha pedido que entiendas nada, yo con que te calles la boca me conformo. Al final, comentarios como ese se han convertido en un filtro anti-personas buenísimo.

       A lo largo de estos años han querido compararnos con todas las parejas de conocidos y vecinos que han vivido una relación a distancia, nos han cuestionado, aconsejado sin que lo hubiéramos pedido e incluso han pretendido hacernos empatizar con la pareja de la película 10000 kilómetros y sus conflictos existenciales de chichinabo, ¡qué gran ventaja es que los juicios de valor resbalen por la mejor de nuestras ensayadas sonrisas de estúpidos!

       Y en medio de los corrillos de gente que siempre necesita encajarlo todo entre sus normalmente limitados márgenes de comprensión, siempre ha estado la persona que nunca me juzgó ni me cuestionó ni intentó convencerme de nada ni me mostró otra cosa que no fuera apoyo y ánimo: Luis (y también personas a las que siempre agradeceré su infinita paciencia y sus conversaciones). No sé si suena descabellado que ese sea uno de los motivos por los que, seguramente, seguimos juntos a día de hoy. Eso y que no nos consideremos propiedad el uno del otro, sí, eso también ayuda.

       Es cierto que hay temas muy complicados en una relación a distancia (y no me refiero solo a los más evidentes), pero cada pareja los gestiona como buenamente puede y sabe. En nuestro caso han sido años de despedidas eternas en aeropuertos, de preparar exámenes de madrugada a través de las interferencias de Skype, de apagar el ordenador con furia después de una conversación en la que necesitábamos más que palabras o de despertar con el ordenador encendido y no recordar cuándo nos quedamos dormidos, años viéndonos una vez cada tres meses para descubrir que estábamos cambiando, por fuera y por dentro, y de adaptarnos o a veces solo aceptar esos cambios. Por eso, que ahora estemos juntos en Oslo después de todo es una batalla ganada, también contra nosotros mismos, que somos los únicos que sabrán cómo conseguimos llegar hasta  aquí.

       No escribí una entrada el día que Luis llegó a Noruega, pero la escribo hoy, que cumplimos diez años como pareja. Aquí no pedimos comida a domicilio tan a menudo porque no nos lo podemos permitir, y no podemos acoger a nadie en casa porque es tan pequeña que nuestra propia convivencia parece una coreografía perfectamente estudiada, pero al fin hemos podido volver a ver horas y horas de cine y series juntos. Y eso me hace feliz en un sentido muy completo.

Hoy mismo. Sin retoques, de malísima calidad y en pijama. Fiel retrato.

domingo, 23 de octubre de 2016

Priorizar, y eso

A partir de hoy, vuelvo a poner el blog en marcha. Pero seré breve en mis entradas, muy breve, sobre todo al principio. Todo esto con la esperanza de que la terrible crisis creativa que me tiene secuestrada vaya liberándome poco a poco. Me frustra tanto el esfuerzo que tengo que poner en escribir dos párrafos como me enfurece pensar en la gente que entrará aquí, leerá entre líneas para hacerse una vaga idea de lo que quiero decir y se irá. Supongo que somos seguidores de las mismas cuentas en Instagram.

Pero tengo que forzarme un poco a escribir si quiero recuperar una inversión de mi tiempo que, no sé en qué momento, empezó a desaparecer hasta hacerlo casi por completo. No me refiero al blog, sino a los cuentos, las reflexiones o aun las ideas en post-it. Todo ha sido sustituido por otras actividades. Excluyendo tareas como cocinar, limpiar, hacer la compra o la colada porque son compartidas (aunque eso no signifique que no me lleven una parte significativa de tiempo), no puedo trabajar ocho horas al día, dormir otras ocho y que las ocho restantes me den para colaborar en un proyecto literario, tocar el bajo, actualizar la única red social en la que me permito ser activa, ver series o cine, hacer yoga, utilizar Whatsapp, leer, dar clases de español, socializar, hablar por Skype y ver vídeos ridículos o absurdos como manifestación de mi derecho y afición a procrastinar. No puedo con todo. Con todo no. Pero lo hago. Y he ahí el problema.

La agenda nueva, de gatos, por favor.


lunes, 7 de marzo de 2016

Amor vacui

   Hace unas semanas, abrí un blog. Otro más. Lo hice impulsada por un hecho concreto, con el propósito de que tuviera una temática definida, y he de decir que empecé con tantas ganas que hasta a mí me resultaba difícil de creer. Tan arriba me vine que a los diez días ya no tenía nada que contar. La razón del blog empezó a perder peso paulatinamente, la temática de las entradas se desdibujaba...hasta que dejó de apetecerme escribir. El blog ya no se parecía a lo que yo había querido hacer.

    La próxima vez que quiera empezar un proyecto, intentaré recordar que tengo que pensármelo muy bien antes, o tendré cinco mil quinientos blogs a la deriva, como una persona que no ha entendido muy bien el funcionamiento de los blogs y cada vez que quiere escribir algo se abre uno diferente. Aunque puede que se me olvide; los que somos aprendices de todo y maestros de nada tendemos a la creatividad compulsiva y, ya si eso, corregiremos fallos más tarde. O no.

   Cuando desperté a la realidad de mi proyecto frustrado, mi blog más antiguo, este, me pareció de repente un lugar muy confortable al que volver. El refugio donde escribir las cuatro cosas que me apetece contar, una cada tres meses, pero donde verdaderamente hago lo que quiero. Así que he optado por la vía fácil y he vuelto aquí, dándole un lavado de cara a mi viejo blog. Bueno, más que lavarlo le he hecho una dermoabrasión porque, como veréis, el pobre se ha quedado con lo mínimo. 

    Me explico: he ensanchado la parte central porque quiero dar más importancia al texto. De hecho, es el único elemento que quiero/puedo resaltar, porque de otros menesteres no entiendo ni papa. Por eso también he simplificado bastante el diseño. A fin de cuentas, yo nunca he tenido horror vacui, es más, puede que sea la influencia nórdica pero diría que hasta me pone un poco el minimalismo. Era eso o empezar a poner gadgets como una loca y acabar teniendo la web de Homer Simpson (yo es que tengo dificultades para encontrar los puntos medios). Conque a falta de Jesucristos bailongos he dejado un enlace a mi Instagram, en la columna de la derecha, y mi estantería de Goodreads, donde figuran los libros que voy leyendo (con intención de reseñarlos después). Y vamos a dejar las florituras rococó y el estilo barroco para el texto, que tengo yo mono de barroco nivel Góngora sacando a Quevedo de sus casillas.

  Anuncio también que me gustaría escribir más sobre cine, literatura y música, mis verdaderas aficiones (soy así de original, me gusta arriesgarme con temas nuevos), así que conservo las páginas dedicadas a ello, pero tampoco puedo renunciar a contar mi vida de vez en cuando, por lo que reservo un apartado donde narrar batallas, sobre todo batallas vikingas, que para eso está una en Noruega, no (solo) para beber aquavit y comer queso marrón todo el rato.

   Así que, por enésima vez, allá voy. A vosotros me encomiendo.

lunes, 19 de octubre de 2015

Para quien tiene miedo, todo son ruidos

       Hola y perdón una vez más por mi falta de continuidad. Es que...bueno, pensándomelo mejor no voy a disculparme; al fin y al cabo, Amenábar saca película cada cinco años y todo el mundo da palmas con las orejas.

        Hace poco, me dio por el cine perturbador y vi unas cuantas películas que eran como para desquiciarse. Algunas, la mayoría, me produjeron miedo, entre otras muchas sensaciones. Eso me pasa a veces, películas que me asustan o intranquilizan no pertenecen al género de terror, supongo que porque las cosas que a mí me asustan no suelen ser las mismas con las que los productores de cine buscan dar miedo.

       Ver este tipo de cine me hizo pasar horas sin pegar ojo, y una noche intenté recordar cuál fue la

domingo, 12 de abril de 2015

A mis veintionce

       El jueves cumplí 31 años. Casi hago una tarta para celebrarlo, pero después de la red velvet color rosa-veneno que perpetré el año pasado, y a la que rebauticé velvet underground, fui a lo seguro y preparé muffins de Oreo, que no serán sorprendentes (porque cuando yo descubro que una receta me sale bien, preparaos para degustarla hasta la náusea), pero están ricos.

Molina, bar kitsch donde los haya
       El año pasado, los 30 me sentaron fatal. Tanto que, aunque llevaba preparando mentalmente una entrada de blog espectacular, en la que quería hacer un paralelismo to' simbólico entre los 20 y los 30, cuando llegó el día C (de crisis existencial) no me apetecía escribir, sino ponerme a ver películas de gente más desgraciada que yo mientras me comía mi terrorífica tarta preparada por Tim Burton. Y es que cuando cumples 30,

domingo, 1 de febrero de 2015

¿A cuento de qué viene esto?

       Bueno, vamos a ir retomando el blog de una vez, si os parece. Iba a ponerme en enero, pero entre el bajón post-vacacional, el Blue Monday, la cuesta... ya me estaba dando un poco de miedo tocar el blog por si se autodestruía, o empezaba a escribir de repente como Juan Manuel de Prada, o alguna catástrofe similar. Además, a nivel personal, han pasado también algunas cosillas que hacen de enero un mes para olvidar. Febrero es otro rollo; es un mes más corto, tiene los carnavales...es un mes que, de entrada, nos cae bien.

       Espero que no os moleste que vuelva a escribir tan tarde, porque entonces no quiero ni pensar

viernes, 5 de septiembre de 2014

¡Código rojo!

       Estaba yo en la guardería hace un par de semanas cuando empezó a dolerme la garganta. Mentalmente, me remonté días atrás para buscar una posible causa -atarle los zapatos a un nene y que me estornude en la cara..., quedarme dormida con la ventana abierta..., bañarme en Sognsvann por la tarde/noche porque ya no hay tanta gente...- y no encontré ninguna, pero el dolor aumentaba conforme pasaba el día. Durante la pausa me moría de frío, después tenía un calor horrible y, para cuando llegué a casa me sentía muy débil y con la tensión más baja que Russian Red.

       Me llamó una amiga para tomar algo y pensé: "¿Qué daño pueden hacerme unas cervezas? Al fin y al cabo el alcohol cura". Pues bien, al día siguiente no sólo mi inflamación había crecido exponencialmente, sino que además tenía resaca.

domingo, 1 de junio de 2014

Diario de Polonia (I): Reencuentro y llegada a Cracovia

       ¿Sabéis qué me gusta mucho? Viajar. ¿Y sabéis qué otra cosa me gusta mucho? Quejarme. Así que, como en los últimos tres años no he podido viajar con la frecuencia que yo habría deseado, me he dedicado a quejarme de lo malo que es vivir entre dos países, porque ahora empleo prácticamente todas mis vacaciones en ir a España, solamente. Pero desde febrero se me abrió una puerta mágica, y es tener un novio de erasmus. Así que, con las vacaciones de por medio, el sábado 12 de abril cogí mi maleta de mano tamaño Ryanair, la llené de por-si-acasos y salí de mi casa rumbo a la tierra de Roman Polanski y...yo qué sé, Darek, por ejemplo. No sabía que una semana daría de sí tanto como para hacer algo que siempre he querido: ¡escribir una entrada de blog por capítulos coleccionables!

                               

       Empecé a sentirme rara ya en el aeropuerto; no sólo no había noruegos esperando el avión, sino que no había otra persona que no hablase polaco. La gente iba y venía dándose la mano y colegueando, y entre los doscientos primos que se habían encontrado allí, estaba yo con mi careto de no-polaca. En el avión la gente empezó a pedir vodka, yo pensaba que lo estaban regalando; ya me iba a animar a pedir una botella también, a ver si me arrancaba con el idioma polaco, pero entre que todos querían una y que el vuelo era corto, llegamos a Varsovia y tuve que aguantarme.

       Como yo siempre viajo de pobre, igual que Antonio Machado, los aviones me dejan en aeropuertos en el quinto carajo, y ésta no fue la excepción; de los dos aeropuertos que tiene Varsovia yo fui a parar a Modlin, así que me vi obligada a coger un bus. Lo encontré perfectamente, dado mi agudo instinto felino y también un poco porque era verde y fucsia. Bien. Aparcó justo frente a mí. Bien. Bajó el conductor, pronunció un discurso en polaco y sonrió. No tan bien. La gente empezó a dispersarse; unos entraron otra vez al aeropuerto, otros se quedaron allí con cara de tiesto...una chica me preguntó algo en polaco y, cuando le pregunté si hablaba inglés, pusimos las dos la misma cara de incomprensión y luego ella se retiró haciendo el moonwalk. Decidí preguntarle al conductor, en inglés, si ése era el autobús que debía coger para ir al centro, y tras una vacilación de pocos segundos, sonrió, hizo la señal de la paz y dijo: "Only rock and roll!". Así que me subí, con la esperanza de que al menos pusiera buena música (no me defraudó) y pasé una hora llena de misterio y vacía de internet, esperando llegar al sitio correcto.

       60 minutos de paisaje a lo The walking dead después, llegué a Varsovia y el bus aparcó junto al Palacio de Cultura y Ciencias, que es un edificio muy soviético alto. Allí me despedí del conductor y su psicodélica corbata, y fui en busca de Luis, que ya estaba esperándome. Y, como es vernos y automáticamente nos apetece retomar los tiempos de opulencia en Salamanca, dicidimos ir a comer antes de nada. 

       Luis tenía ganas de ir conmigo a un restaurante italiano llamado Vapiano y, aprovechando que quedaba muy cerca de donde estábamos, para allá que fuimos. Pedimos un plato de pasta cada uno y una pizza para compartir; todo estaba rico, los ingredientes muy frescos y, como particularidad, el restaurante tiene un montón de plantas repartidas por el local, de las que puedes cortar cilantro, perejil, albahaca, etc, y aderezar tu comida sobre la marcha. Me gustó. Existe en muchos otros países, así que, si te apetece, echa un ojo a su web y a lo mejor encuentras uno cerca.

       Después de comer, fui a conocer el piso que Luis comparte con otros cuatro chicos y que, sin estar en pleno centro, quedaba muy bien ubicado respecto a casi todos los sitios. Además de tener portero (real, no automático; nivelazo) hay que marcar un código para entrar, pero a pesar de todo el ultrafuturismo, lo primero que vi al entrar fue un calzoncillo colgando del espejo. Después, abrí la nevera y confirmé que no había comida de verdad, sólo botes de salsa, queso en lonchas y alguna lata misteriosa. En ese momento, aspiré con nostalgia el aroma de un piso de estudiantes. En fin, que estábamos en casa, con la modorrilla de la siesta, nos esperaba un viaje en pocas horas y tendríamos tiempo para conocer Varsovia más adelante, así que resumiré las siguientes cuatro horas en tres palabras: DO NOT DISTURB.

     A las 8 cogimos, justo enfrente de la parada de metro Wilanowska, el bus que nos llevaría a Cracovia. Habíamos optado por la compañía Polski Bus, porque leímos que eran autobuses baratos, cómodos y recorrían muchas ciudades, tanto polacas como de otros países centroeuropeos. Bueno, ahora puedo confirmar que barato sí que es, y mucho, pero cómodo no. No me considero una persona exigente para eso, se me abrieron todos los chakras con las posturas de yoga que aprendí en el bus de Salamanca a Santander durante seis años de viajes, pero es que yo en el Polski Bus iba con las rodillas pegadas in the guanter, y eso sin que nadie echara su asiento hacia atrás. Eso yo. Luis parecía un muñeco de Lego encajado en su asiento. Así que, si piensas viajar en esa compañía, por muchas ventajas que tenga, considera este punto.
                                                                                                                                                                 
                                     

       Tras cinco horas y media llegamos a la estación de autobuses de Cracovia, Główny, que forma parte también de la de trenes, para optimizar bien el espacio. Era muy tarde, estaba muy oscuro y yo soy muy cagona, así que fuimos directamente al hostal que teníamos reservado: el High Life, cerca del centro y del barrio judío. Por el camino, decidimos comprar la cena en un Carrefour Express (dos bocadillos grandes y dos refrescos, menos de 2€, impacto total). La chica del hostal salió a abrirnos en pijama y nos enseñó un poquito las instalaciones, pero tenía tanto sueño que ni siquiera nos hizo pagar y quedamos en arreglar cuentas al día siguiente. Era un hostal realmente bonito, limpio y tenía de todo, nos encantó. En la habitación también estuvimos muy a gusto, aunque cabe decir que pasamos un poco de frío. Allí cenamos y planificamos más o menos el día siguiente, antes de quedarnos dormidos como angelotes.

       ...to be continued (pero no sé cuándo)

sábado, 22 de marzo de 2014

El hombre que encendía las estrellas

       Hace tiempo, curioseando en internet sobre viajes aleatorios, encontré algo que me encantó; se trata de una estatua que hay en Kaunas, Lituania: el Sembrador de Estrellas. A plena luz del día, no tiene nada de particular (acostumbrada a que en Oslo le dediquen estatuas hasta a la panadera de la esquina, yo quizá ni me habría parado a verla), pero cuando cae la noche algo cambia en ella, gracias a la aportación que el escultor callejero Morfai dejó un buen día en el muro que hay justo detrás.

En principio no tenía motivos para ir a Lituania (incluso, si me apuráis, tenía alguno para no ir), pero ver de cerca esta estatua es algo que me gustaría hacer. Aunque, primero, Varsovia en abril; a mí, lo soviético en monodosis, que si no me pongo nerviosa.

       No obstante, no es de la estatua de lo que quiero hablar, sino de algo que recordé cuando la vi. Un cuento. Yo tendría unos 8 o 9 años cuando, una noche, mi padre llegó de la librería diciendo que había recogido dos libros en el almacén porque ya no se iban a vender, así que los llevó a nuestra casa, que por aquel entonces era una especie de refugio para libros huérfanos y/o perdidos. Ambos me marcaron profundamente por diferentes motivos, pero hoy sólo voy a hablar de uno de ellos: El hombre que encendía las estrellas (L'homme qui allumait les étoiles), de (un tal) Claude Clément.

       Mi padre hablaba de las ilustraciones, qué bonitas, mira esto, me recuerdan a no sé qué dibujante...pero a mí lo que me gustaba era la historia, que es sencilla: un hombre viaja errante con una escalera larguísima a cuestas y va a parar a una solitaria aldea donde alguien siente curiosidad por él y su misterioso trabajo que, después de leer el título, ya no es tan misterioso. Pero cuando un título destripa tanto es que no está en el argumento lo más importante.


       Este cuento me atrapaba y lo sigue haciendo, porque es melancólico y un poco oscuro pero tranquilizador, y definitivamente precioso. Yo también quería saber de dónde venía aquel hombre y por qué paraba allí, habría querido seguirlo y acompañarlo, pero sabía que nunca me habría atrevido. Veía las imágenes del tiempo otoñal, los paisajes verdes bajo la lluvia y sentía el frío; las caras borrosas de los personajes me inspiraban ganas de volver a mi casa y sentirme protegida, menos sola Y su ambientación atemporal me desconcertaba tanto como me atraía y me hacía soñar. Al terminar, mi sensación era de "¿dónde está el resto de la historia?", pero ese final abierto era lo que más me enganchaba, porque me permitía imaginarme tantas continuaciones como fuera capaz de inventar, así que volvía sobre esta historia una y otra vez. Creo que mi primera toma de contacto con algo parecido a un poema fue precisamente este cuento, lo que puede explicar que, si bien no he tenido nunca el talento de escribir poesía, sí disfrute leyéndola de vez en cuando.

       No mucho después yo escribí uno de mis primeros relatos, que se llamó La casa de la luna (creo que Gema tiene el manuscrito, ¿me equivoco?) y, leído ahora, puede que parezca una gran metáfora sobre la madurez, la pubertad y el autodesarrollo pero, lo cierto es que, en su momento, sólo escribí sobre eso: el cielo, las estrellas...e intentaba llenar ese vacío cognitivo con mis propias ideas, que me parecían mucho más interesantes que lo que pudiera aprender del tema. Este mágico efecto se rompe cuando tienes un novio científico que disfruta explicándote todas las características planetarias con palabras como "antimateria", "difracción" o "moléculas interestelares"..., que le restan bastante glamour al tema. Pero aun así lo que viene de ahí arriba siempre me ha llamado un poco la atención...

...menos El principito. El principito me aburre soberanamente. Ya lo he dicho.

martes, 11 de febrero de 2014

Nueva toma de contacto

       ¿Qué está pasando en el mundo para que, a 10 de febrero, en Oslo estemos a 3 grados? El año pasado por estas fechas recuerdo que estuve a punto de fabricarme una nariz de payaso forrada de lana porque pensaba que la nariz se me caería del frío, y este año ni siquiera he llegado a notar el moco fantasma, ése que no sabes si está o no porque tienes la nariz insensibilizada. ¿Y por qué, al mismo tiempo, en Santander, no para de haber ciclogénesis explosivas? ¿Son un nuevo fenómeno o son las "suradas" de toda la vida disfrazadas de modernillas gafapasta? Esto para que no digáis que en mi blog no se habla del tiempo.

       Bueno, pues tras esta maniobra distractoria tan finamente hilada para que no os deis cuenta de que llevo siete meses sin pasar por aquí, pongámonos al día, yo empiezo:

       Mi casa/caja de zapatos es lo mejor que me ha pasado en la vida, es más, os animo a no vivir nunca en más de 17m. cuadrados. Todo son ventajas: no tardo nada en limpiar, desde cualquier punto de la casa alcanzo lo que quiera con la mano o, en su defecto, con un palo, y mis intrépidas investigaciones para ver si el hombre del saco se ha colado en casa son ahora mucho más sencillas. Todavía no hay noche en que no me acueste sintiéndome bastante orgullosa. Pero como algunos sabéis, mi hogar está estrechamente relacionado con mis estudios. Si me quedo fuera de la universidad no tengo derecho a esta humilde morada y, fuera de mi zulo, hay una ciudad muy cara, señores, así que aquí tengo que seguir como sea, aunque sea contratada por la universidad como la de mantenimiento, aunque soy unos 50 años demasiado joven para ese puesto, pero algo idearé.

       Respecto a mi trabajo, cada vez tengo más claro que es algo temporal; los niños me sacan de mis casillas y sus padres mucho más. Sin embargo, puedo decir que estoy aprendiendo mucho sobre clases de padres; por ejemplo, hay una serie de personajes que, cuando recoge a sus hijos por la guardería, les hace preguntas del tipo: "¿Y qué has hecho hoy? ¿Qué has comido? ¿Dónde están tus zapatos?" Tengo que confesar que yo con estos disfruto bastante, quedándome callada hasta que se cansan de preguntar a su bebé de quince meses y se dignan a preguntarme a mí. Supongo que esperan que un buen día el bebé se quite el chupete y les diga: "querido pater, he pasado un día excepcional y comido opíparamente; por cierto, mis botas están en casa porque eres tan inútil que me traes en playeras a -5°C". También es todo amor ese otro padre que prácticamente acampa en la puerta de la guardería para entrar conmigo a las 7:30 y lanzar a su hijo dentro y, a continuación, preguntarme con tono de incredulidad: "¿Es el primero?" Éste tiene una variante: los padres que preguntan si su hijo es el último en marcharse cuando son las 16:30 y yo casi estoy empaquetando al crío de marras para llevármelo a noruego, porque llego tarde. Sobra decir que ambas especies son perfecta y frecuentemente compatibles.

       Sí me gusta, y mucho, enseñar español a los niños. De hecho, creo que iré centrándome en eso cada vez más, e intentando sacar algún pequeño proyecto adelante, con tiempo (en vista de que mi sueño de ser acariciadora de gatos de día y pinchadiscos de noche se ve cada vez más truncado, oh mundo cruel). Y a las clases de español dedicaré la mayor parte de mi tiempo este año... bueno, y también a planear un viaje a Cabo Norte con el que llevo muchos años soñando y que este año quiero, al fin, llevar a cabo (norte).

       En el próximo capítulo: cómo me quedé sin marida y qué hago para superarlo (extra: foto mía poniéndome un embudo en la cabeza al llegar a casa mientras toco los platillos con dos tapas de cazuela).

lunes, 10 de junio de 2013

El drama de mi vida

       No preocuparse. Si llevo tanto tiempo sin pasar por aquí sólo es porque he decidido que Oslo ya está muy urbanizado y me he apuntado de ahuyentadora de osos polares en las islas Svalbard. No, en realidad desde que no voy al gimnasio he perdido mucha resistencia y la molla ya no me deja correr como antes, así que más bien me contratarían de mera distracción y muy posible presa, y eso no me motiva lo suficiente.

       La verdadera razón de que haya estado desaparecida es que he pasado una racha complicada. Y hasta ahora, que veo que las cosas empiezan a ir mejor, no me he sentido con ganas de escribir. Entre finales de marzo y principios de abril estuve en España y, aunque no fueron tantos días, no toqué un libro de noruego ni por el canto, así que cuando volví me agobié más que Epi y Blas en una cama de velcro; las clases, el examen…Mientras tanto, tuve que solicitar una nueva habitación o al menos la prolongación de mi actual contrato, todo esto sin saber si sería aceptada en el tercer nivel de noruego, y con una posibilidad muy real de que, al no concederme plaza, perdiera todo de golpe y tuviera que acceder a mi siguiente opción: mimetizarme entre los rumanos de Jernbanetorget para vender el Folk er folk. Y a los rumanos no les gusta la competencia.


Y me sobra espacio
       Pero un buen día se alinearon los famosos astros y el SiO me adjudicó un hogar. Y, contra todo pronóstico, ¡es un apartamento! ¡Para mí sola! Tendrá unos 17m2, lo que equivale a una caja de zapatos más o menos habitable, pero qué coño, ¡es sólo mía! Como comprenderéis, después de compartir piso con seis personas (creía que eran cinco, pero la verdad es que nunca llegué a distinguir a las dos coreanas) y tener que soportar que la georgiana y el polaco me hagan la mirada del tigre a todas horas (lo subsano mangándoles fruta, compensación kármica creo que lo llaman) esta es una noticia fantástica.

       Total, que después de aceptar el piso y hacer la danza de la felicidad me dio por pensar que podrían no darme plaza en el curso. Pero sí, también me la dieron, y me comí todo el jamón serrano que tenía preparado para sobornar a los cargos necesarios. Aunque esto, amigos, eran regalos envenenados y disfrazados de buenas noticias, porque en abril no trabajé ni un solo día y fue el mes en que me pasaron absolutamente todas las facturas. El piso y el curso estaban concedidos pero no son baratos y, si no se pagan en el plazo establecido, adiós muy buenas, así que me quedé literalmente a dos velas (las encendía por las noches para aumentar el dramatismo de mi situación). Nada, no obstante, que no se arregle con unos mesecitos de fideos como base de mi alimentación...y renunciar a pasar aquí el mes de julio con Luis, como habíamos pensado.

       Y mis aventuras de estos últimos meses de tanto lío concluyeron hace unos días, cuando hice el examen oral del segundo nivel de noruego. Ese examen que ha consistido en mí soltando una perorata frente a un sonriente profesor y un corrector con pinta de no tomar muesli ni comer ciruelas ni nada. Cuando yo dejaba de hablar, el señor me miraba fijamente arqueando las cejas y entonces yo seguía hablando, ya no sabiendo ni de qué. Así durante unos quince minutos, en los que pronuncié el discurso menos coherente de mi vida. Pero, si gramaticalmente era correcto, me conformo.

       El caso es que la época de nervios y penurias económicas parece que toca a su fin y espero empezar a recuperarme desde ya. Pero ahora, cuando pensaba que al fin podría dedicarme a la vida contemplativa, hacer barbacoas y resolver misterios como por qué en Noruega todas las uvas vienen sin semilla, resulta que tengo que empezar a organizarme para la mudanza de la semana que viene. 

       En la próxima entrada os hablaré de la visita de mi familia (no sé cómo nos vamos a apañar todos en mi caja de zapatos, si mi padre echado ya nos roba la mitad de los metros cuadrados) y de cómo voy a amueblar mi casa con cero euros (multiplicar por ocho para obtener coronas); voy a fomentar el minimalismo extremo. ¡Los muebles están sobrevalorados!

martes, 19 de febrero de 2013

El frotar se va a acabar

       He sobrevivido a mis primeras coladas aquí, ¡yujuuu! Cuando os hablé de mi situación actual olvidé comentaros que no es sólo la cocina lo que comparto con demasiadas personas. Y es que en la residencia universitaria donde vivo ahora no tenemos lavadoras dentro de los pisos, sino que hay unas lavanderías comunitarias. En algunas residencias hay sólo una, mientras que en otras hay varias, dependiendo de los habitantes que haya (concretamente en la mía, Kringsjå, hay seis).


       Así es como funciona el tema: cuando me mudé aquí me entregaron, junto con las llaves, una tarjeta que tengo que ir recargando con una cantidad de entre 50 y 1000kr. para hacer la colada. Cada vez que quiero utilizar la lavandería tengo que hacer una reserva previa por internet, aunque también se puede probar suerte e ir sin reservar; yo, por si acaso, lo hago. Para ello, tengo que entrar en la página web de SiO (me reservo la explicación de qué es el misterioso ente SiO hasta la siguiente entrada) y seleccionar la lavandería a la que quiera ir y la lavadora que quiera utilizar. Una vez hecho esto, acudo a la hora reservada con mi tarjeta de lavandería que, cual pase VIP, me permite la entrada en portales ajenos siempre que estos alojen una lavandería. Ya dentro, introduzco la misma tarjeta en la lavadora o secadora que tenga reservada, pago y a lavar. 

A mí este sistema me parecía muy complicado, pero la primera vez que lo hice ya le cogí el punto. Yo es que, entre la imaginación que tengo y las películas que he visto, me monto unos escenarios maravillosos, y en cuanto entré en aquella sala y percibí el zumbido de las lavadoras, el olor a ropa limpia y vi las hileras de lavadoras y secadoras, empecé a entrar en modo lavandería del Bronx, que hasta me dieron ganas de ponerme unos pitillos, un pañuelo en la cabeza y sentarme en mi lavadora a pintarme las uñas (de rojo, por supuesto) mientras terminaba. Pero, haciendo un gran esfuerzo, mantuve la compostura y volví a subir a casa, aunque tuve que volver dos veces más, una para cambiar la ropa a la secadora y otra para recoger mi colada limpia y seca.

El precio varía un poco...
Por cierto, detalle importante: aquí, de forma oficial, los cestos de la ropa sucia son bolsas de Ikea, eso está estipulado casi por ley. Debajo de cada lavadora en funcionamiento, encontraréis invariablemente una gigantesca bolsa azul de Ikea. Yo, como todavía no había tenido oportunidad de hacerme con una de esas piezas fundamentales de mobiliario, me llevo la bolsa más grande que tengo: la del Carrefour (la que no se biodegrada camino de casa). Y resulta que un par de españoles que también viven aquí me reconocieron por la calle gracias a la dichosa bolsa. Otra seña identificativa típicamente española, junto con los forros polares del Decathlon. De alguna forma hay que marcar la diferencia.