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jueves, 17 de noviembre de 2016

17 de noviembre

Hace muchos tiempos, en la plenitud de nuestra belleza (pobres de nosotros).
       
     No suelo yo escribir de ciertos temas en mi blog, ni tampoco hablar de ellos, principalmente porque nunca se me ha dado bien hablar de mi vida privada, pero hoy me apetece contar algo muy concreto.

       En los últimos meses mi situación a nivel personal ha cambiado un poco. Pero es un poco muy importante para mí. Sigo en Oslo (y seguiré; lo adelanto para quienes se lo pregunten), pero desde marzo ya no vivo sola, sino con mi pareja. Y este ha sido el mejor acontecimiento de mi 2016 que, por lo demás, ha sido un año bastante regulero.

       Cada pareja tiene sus códigos y sus costumbres, y Luis y yo siempre tuvimos muy claro nuestro espacio dentro de la pareja; para nosotros siempre fue normal, por ejemplo, que cada uno tuviera sus amigos (que podían caerle bien al otro o no, con quien podíamos quedar en grupo o no), o que los dos dedicáramos tiempo a nuestras cosas por separado, ya fuera porque tenemos aficiones muy diferentes o porque a veces apetece estar solo, sin más. Lo que no significa que no disfrutáramos mucho pasando tiempo juntos.

       Os aseguro que vivíamos muy felices en Salamanca, pidiendo cena a domicilio cada dos noches, acogiendo Erasmus en nuestra casa como peregrinos un albergue, y tragándonos película tras película y serie tras serie.

       Pero tras varios años viviendo así, yo decidí venir a Noruega. No fue un impulso, sino una decisión premeditada. Sabía que él no podía venir, pero aun así me fui, no porque le quisiera menos ni porque no estuviera a gusto con él, sino porque sentía que necesitaba esa experiencia y no tenía por qué renunciar a ella. Llámalo crisis de recién licenciada sin perspectivas de trabajo, llámalo ganas de vivir en otro país o como te dé la gana pero, independientemente de mis motivos, yo quería irme, y quería irme a Noruega. Sobre si fue un acierto o no hablaremos otro día, pero cuando empecé a anunciar que me iba, me llovieron comentarios del calibre: "¿Y vas a dejarle solo? Pobrecillo", "Bueno, no pasa nada, puedes buscar allí un novio noruego" o "¿Y no te parece que estás siendo un poco egoísta?". Comentarios que, cuando mi estancia aquí empezó a alargarse, evolucionaron a otro tipo que os podéis imaginar sin necesidad de ejemplos. De todos ellos, el más repetido y mi favorito (además de aplicable a muchos otros aspectos de la vida) es: "Yo es que una relación así no la entiendo". Pues vale. Siento que mi modo de vida no entre dentro de tu comprensión, pero la verdad es que me importa una mierda. Es más, nadie te ha pedido que entiendas nada, yo con que te calles la boca me conformo. Al final, comentarios como ese se han convertido en un filtro anti-personas buenísimo.

       A lo largo de estos años han querido compararnos con todas las parejas de conocidos y vecinos que han vivido una relación a distancia, nos han cuestionado, aconsejado sin que lo hubiéramos pedido e incluso han pretendido hacernos empatizar con la pareja de la película 10000 kilómetros y sus conflictos existenciales de chichinabo, ¡qué gran ventaja es que los juicios de valor resbalen por la mejor de nuestras ensayadas sonrisas de estúpidos!

       Y en medio de los corrillos de gente que siempre necesita encajarlo todo entre sus normalmente limitados márgenes de comprensión, siempre ha estado la persona que nunca me juzgó ni me cuestionó ni intentó convencerme de nada ni me mostró otra cosa que no fuera apoyo y ánimo: Luis (y también personas a las que siempre agradeceré su infinita paciencia y sus conversaciones). No sé si suena descabellado que ese sea uno de los motivos por los que, seguramente, seguimos juntos a día de hoy. Eso y que no nos consideremos propiedad el uno del otro, sí, eso también ayuda.

       Es cierto que hay temas muy complicados en una relación a distancia (y no me refiero solo a los más evidentes), pero cada pareja los gestiona como buenamente puede y sabe. En nuestro caso han sido años de despedidas eternas en aeropuertos, de preparar exámenes de madrugada a través de las interferencias de Skype, de apagar el ordenador con furia después de una conversación en la que necesitábamos más que palabras o de despertar con el ordenador encendido y no recordar cuándo nos quedamos dormidos, años viéndonos una vez cada tres meses para descubrir que estábamos cambiando, por fuera y por dentro, y de adaptarnos o a veces solo aceptar esos cambios. Por eso, que ahora estemos juntos en Oslo después de todo es una batalla ganada, también contra nosotros mismos, que somos los únicos que sabrán cómo conseguimos llegar hasta  aquí.

       No escribí una entrada el día que Luis llegó a Noruega, pero la escribo hoy, que cumplimos diez años como pareja. Aquí no pedimos comida a domicilio tan a menudo porque no nos lo podemos permitir, y no podemos acoger a nadie en casa porque es tan pequeña que nuestra propia convivencia parece una coreografía perfectamente estudiada, pero al fin hemos podido volver a ver horas y horas de cine y series juntos. Y eso me hace feliz en un sentido muy completo.

Hoy mismo. Sin retoques, de malísima calidad y en pijama. Fiel retrato.

viernes, 5 de septiembre de 2014

¡Código rojo!

       Estaba yo en la guardería hace un par de semanas cuando empezó a dolerme la garganta. Mentalmente, me remonté días atrás para buscar una posible causa -atarle los zapatos a un nene y que me estornude en la cara..., quedarme dormida con la ventana abierta..., bañarme en Sognsvann por la tarde/noche porque ya no hay tanta gente...- y no encontré ninguna, pero el dolor aumentaba conforme pasaba el día. Durante la pausa me moría de frío, después tenía un calor horrible y, para cuando llegué a casa me sentía muy débil y con la tensión más baja que Russian Red.

       Me llamó una amiga para tomar algo y pensé: "¿Qué daño pueden hacerme unas cervezas? Al fin y al cabo el alcohol cura". Pues bien, al día siguiente no sólo mi inflamación había crecido exponencialmente, sino que además tenía resaca.

martes, 11 de febrero de 2014

Nueva toma de contacto

       ¿Qué está pasando en el mundo para que, a 10 de febrero, en Oslo estemos a 3 grados? El año pasado por estas fechas recuerdo que estuve a punto de fabricarme una nariz de payaso forrada de lana porque pensaba que la nariz se me caería del frío, y este año ni siquiera he llegado a notar el moco fantasma, ése que no sabes si está o no porque tienes la nariz insensibilizada. ¿Y por qué, al mismo tiempo, en Santander, no para de haber ciclogénesis explosivas? ¿Son un nuevo fenómeno o son las "suradas" de toda la vida disfrazadas de modernillas gafapasta? Esto para que no digáis que en mi blog no se habla del tiempo.

       Bueno, pues tras esta maniobra distractoria tan finamente hilada para que no os deis cuenta de que llevo siete meses sin pasar por aquí, pongámonos al día, yo empiezo:

       Mi casa/caja de zapatos es lo mejor que me ha pasado en la vida, es más, os animo a no vivir nunca en más de 17m. cuadrados. Todo son ventajas: no tardo nada en limpiar, desde cualquier punto de la casa alcanzo lo que quiera con la mano o, en su defecto, con un palo, y mis intrépidas investigaciones para ver si el hombre del saco se ha colado en casa son ahora mucho más sencillas. Todavía no hay noche en que no me acueste sintiéndome bastante orgullosa. Pero como algunos sabéis, mi hogar está estrechamente relacionado con mis estudios. Si me quedo fuera de la universidad no tengo derecho a esta humilde morada y, fuera de mi zulo, hay una ciudad muy cara, señores, así que aquí tengo que seguir como sea, aunque sea contratada por la universidad como la de mantenimiento, aunque soy unos 50 años demasiado joven para ese puesto, pero algo idearé.

       Respecto a mi trabajo, cada vez tengo más claro que es algo temporal; los niños me sacan de mis casillas y sus padres mucho más. Sin embargo, puedo decir que estoy aprendiendo mucho sobre clases de padres; por ejemplo, hay una serie de personajes que, cuando recoge a sus hijos por la guardería, les hace preguntas del tipo: "¿Y qué has hecho hoy? ¿Qué has comido? ¿Dónde están tus zapatos?" Tengo que confesar que yo con estos disfruto bastante, quedándome callada hasta que se cansan de preguntar a su bebé de quince meses y se dignan a preguntarme a mí. Supongo que esperan que un buen día el bebé se quite el chupete y les diga: "querido pater, he pasado un día excepcional y comido opíparamente; por cierto, mis botas están en casa porque eres tan inútil que me traes en playeras a -5°C". También es todo amor ese otro padre que prácticamente acampa en la puerta de la guardería para entrar conmigo a las 7:30 y lanzar a su hijo dentro y, a continuación, preguntarme con tono de incredulidad: "¿Es el primero?" Éste tiene una variante: los padres que preguntan si su hijo es el último en marcharse cuando son las 16:30 y yo casi estoy empaquetando al crío de marras para llevármelo a noruego, porque llego tarde. Sobra decir que ambas especies son perfecta y frecuentemente compatibles.

       Sí me gusta, y mucho, enseñar español a los niños. De hecho, creo que iré centrándome en eso cada vez más, e intentando sacar algún pequeño proyecto adelante, con tiempo (en vista de que mi sueño de ser acariciadora de gatos de día y pinchadiscos de noche se ve cada vez más truncado, oh mundo cruel). Y a las clases de español dedicaré la mayor parte de mi tiempo este año... bueno, y también a planear un viaje a Cabo Norte con el que llevo muchos años soñando y que este año quiero, al fin, llevar a cabo (norte).

       En el próximo capítulo: cómo me quedé sin marida y qué hago para superarlo (extra: foto mía poniéndome un embudo en la cabeza al llegar a casa mientras toco los platillos con dos tapas de cazuela).

lunes, 10 de junio de 2013

El drama de mi vida

       No preocuparse. Si llevo tanto tiempo sin pasar por aquí sólo es porque he decidido que Oslo ya está muy urbanizado y me he apuntado de ahuyentadora de osos polares en las islas Svalbard. No, en realidad desde que no voy al gimnasio he perdido mucha resistencia y la molla ya no me deja correr como antes, así que más bien me contratarían de mera distracción y muy posible presa, y eso no me motiva lo suficiente.

       La verdadera razón de que haya estado desaparecida es que he pasado una racha complicada. Y hasta ahora, que veo que las cosas empiezan a ir mejor, no me he sentido con ganas de escribir. Entre finales de marzo y principios de abril estuve en España y, aunque no fueron tantos días, no toqué un libro de noruego ni por el canto, así que cuando volví me agobié más que Epi y Blas en una cama de velcro; las clases, el examen…Mientras tanto, tuve que solicitar una nueva habitación o al menos la prolongación de mi actual contrato, todo esto sin saber si sería aceptada en el tercer nivel de noruego, y con una posibilidad muy real de que, al no concederme plaza, perdiera todo de golpe y tuviera que acceder a mi siguiente opción: mimetizarme entre los rumanos de Jernbanetorget para vender el Folk er folk. Y a los rumanos no les gusta la competencia.


Y me sobra espacio
       Pero un buen día se alinearon los famosos astros y el SiO me adjudicó un hogar. Y, contra todo pronóstico, ¡es un apartamento! ¡Para mí sola! Tendrá unos 17m2, lo que equivale a una caja de zapatos más o menos habitable, pero qué coño, ¡es sólo mía! Como comprenderéis, después de compartir piso con seis personas (creía que eran cinco, pero la verdad es que nunca llegué a distinguir a las dos coreanas) y tener que soportar que la georgiana y el polaco me hagan la mirada del tigre a todas horas (lo subsano mangándoles fruta, compensación kármica creo que lo llaman) esta es una noticia fantástica.

       Total, que después de aceptar el piso y hacer la danza de la felicidad me dio por pensar que podrían no darme plaza en el curso. Pero sí, también me la dieron, y me comí todo el jamón serrano que tenía preparado para sobornar a los cargos necesarios. Aunque esto, amigos, eran regalos envenenados y disfrazados de buenas noticias, porque en abril no trabajé ni un solo día y fue el mes en que me pasaron absolutamente todas las facturas. El piso y el curso estaban concedidos pero no son baratos y, si no se pagan en el plazo establecido, adiós muy buenas, así que me quedé literalmente a dos velas (las encendía por las noches para aumentar el dramatismo de mi situación). Nada, no obstante, que no se arregle con unos mesecitos de fideos como base de mi alimentación...y renunciar a pasar aquí el mes de julio con Luis, como habíamos pensado.

       Y mis aventuras de estos últimos meses de tanto lío concluyeron hace unos días, cuando hice el examen oral del segundo nivel de noruego. Ese examen que ha consistido en mí soltando una perorata frente a un sonriente profesor y un corrector con pinta de no tomar muesli ni comer ciruelas ni nada. Cuando yo dejaba de hablar, el señor me miraba fijamente arqueando las cejas y entonces yo seguía hablando, ya no sabiendo ni de qué. Así durante unos quince minutos, en los que pronuncié el discurso menos coherente de mi vida. Pero, si gramaticalmente era correcto, me conformo.

       El caso es que la época de nervios y penurias económicas parece que toca a su fin y espero empezar a recuperarme desde ya. Pero ahora, cuando pensaba que al fin podría dedicarme a la vida contemplativa, hacer barbacoas y resolver misterios como por qué en Noruega todas las uvas vienen sin semilla, resulta que tengo que empezar a organizarme para la mudanza de la semana que viene. 

       En la próxima entrada os hablaré de la visita de mi familia (no sé cómo nos vamos a apañar todos en mi caja de zapatos, si mi padre echado ya nos roba la mitad de los metros cuadrados) y de cómo voy a amueblar mi casa con cero euros (multiplicar por ocho para obtener coronas); voy a fomentar el minimalismo extremo. ¡Los muebles están sobrevalorados!

martes, 19 de febrero de 2013

El frotar se va a acabar

       He sobrevivido a mis primeras coladas aquí, ¡yujuuu! Cuando os hablé de mi situación actual olvidé comentaros que no es sólo la cocina lo que comparto con demasiadas personas. Y es que en la residencia universitaria donde vivo ahora no tenemos lavadoras dentro de los pisos, sino que hay unas lavanderías comunitarias. En algunas residencias hay sólo una, mientras que en otras hay varias, dependiendo de los habitantes que haya (concretamente en la mía, Kringsjå, hay seis).


       Así es como funciona el tema: cuando me mudé aquí me entregaron, junto con las llaves, una tarjeta que tengo que ir recargando con una cantidad de entre 50 y 1000kr. para hacer la colada. Cada vez que quiero utilizar la lavandería tengo que hacer una reserva previa por internet, aunque también se puede probar suerte e ir sin reservar; yo, por si acaso, lo hago. Para ello, tengo que entrar en la página web de SiO (me reservo la explicación de qué es el misterioso ente SiO hasta la siguiente entrada) y seleccionar la lavandería a la que quiera ir y la lavadora que quiera utilizar. Una vez hecho esto, acudo a la hora reservada con mi tarjeta de lavandería que, cual pase VIP, me permite la entrada en portales ajenos siempre que estos alojen una lavandería. Ya dentro, introduzco la misma tarjeta en la lavadora o secadora que tenga reservada, pago y a lavar. 

A mí este sistema me parecía muy complicado, pero la primera vez que lo hice ya le cogí el punto. Yo es que, entre la imaginación que tengo y las películas que he visto, me monto unos escenarios maravillosos, y en cuanto entré en aquella sala y percibí el zumbido de las lavadoras, el olor a ropa limpia y vi las hileras de lavadoras y secadoras, empecé a entrar en modo lavandería del Bronx, que hasta me dieron ganas de ponerme unos pitillos, un pañuelo en la cabeza y sentarme en mi lavadora a pintarme las uñas (de rojo, por supuesto) mientras terminaba. Pero, haciendo un gran esfuerzo, mantuve la compostura y volví a subir a casa, aunque tuve que volver dos veces más, una para cambiar la ropa a la secadora y otra para recoger mi colada limpia y seca.

El precio varía un poco...
Por cierto, detalle importante: aquí, de forma oficial, los cestos de la ropa sucia son bolsas de Ikea, eso está estipulado casi por ley. Debajo de cada lavadora en funcionamiento, encontraréis invariablemente una gigantesca bolsa azul de Ikea. Yo, como todavía no había tenido oportunidad de hacerme con una de esas piezas fundamentales de mobiliario, me llevo la bolsa más grande que tengo: la del Carrefour (la que no se biodegrada camino de casa). Y resulta que un par de españoles que también viven aquí me reconocieron por la calle gracias a la dichosa bolsa. Otra seña identificativa típicamente española, junto con los forros polares del Decathlon. De alguna forma hay que marcar la diferencia.

domingo, 3 de febrero de 2013

Homeless? Not yet!

       Admito que se me fue la mano con las vacaciones de Navidad, pero después de haber sufrido un viajecito hasta España que dejó a la Odisea de Ulises a la altura de una excursión de boy scouts, no podía conformarme con menos (para ser fiel a la verdad, no todo fue malo: se salvó el hotel donde me hospedé en Madrid: el Francisco I -podéis leer aquí la crítica que escribí después, soy la única Ana de Oslo- ). Pero mi intención no es contaros las penurias de mi viaje (que también), sino las de mi regreso a Oslo. Y es que yo soy una mujer con muchas penurias que contar.

Winter's coming
       Todo (salvo la canción del elefante en la tela de araña) tiene un fin, y mi bien exprimido mes entre Santander y Salamanca también terminó. ¿Y qué pasó entonces? Pues que, siguiendo el conocido principio de que cuanto mayor es el período de ocio más difícil es la vuelta a la realidad (plus de dificultad cuando no tienes muy clara la realidad a la que vas a volver), fue todo un drama. Primero, la despedida con Luis, y de aquí extraigo mi primera lección del día: amigos, si vais a partir a tierras bárbaras, hacedlo sin pareja, os ahorraréis muchos disgustos...como el 50%, aproximadamente. Pero bueno, ya estamos acostumbrados a las despedidas a largo plazo y, en teoría, el tiempo de espera ya se ha acortado bastante, con lo que el agobio desaparece primero. Por otro lado, la incertidumbre respecto a todo lo nuevo que me espera (aka Santísima Trinidad): vivienda, estudios, trabajo. Me ayudó mucho que Ana me pasara a buscar por la estación, no es lo mismo llegar con el ánimo por los suelos y buscar a tientas tu nuevo y desconocido hogar a que te pasen a recoger, te enseñen dónde está todo y hasta te lleven un ratito la maleta (qué morro). Y es que es así: yo tengo un novio en España y una marida en Noruega. Fin de la discusión.

Mi nueva parada de metro
       Invertí el día posterior a mi llegada en acojonarme mucho con todo lo que se me venía encima. En un arranque de actividad, fui hasta mi antigua casa en Ammerud (que ahora me queda bastante lejos) a recoger mi tarjeta de impuestos, lo que me provocó una nostalgia que no necesitaba en aquel momento; las niñas se abalanzaron sobre mí cuando me vieron, la gata bajó corriendo a saludarme (todo lo rápido que puede bajar a saludar un gato, siempre conservando el orgullo y la dignidad) y encontré la casa mucho más acogedora que mi nueva habitación.

       El lunes tuve una mañana burocrática (el papeleo en Noruega...recordadme que escriba una entrada sobre este tema), de la que no saqué mucho en claro, pero por la tarde pude despejar alguna incógnita; primero, asistí a mi primera clase, donde comprobé que: 1) entiendo poco tirando a casi nada, y 2) el profesor explica bien, así que si combinamos las dos afirmaciones, añadimos alguna hora de estudio e invocamos a un puñado de dioses escandinavos creo que puedo aprender bastante en estos próximos meses, lo cual me agradaría, que no soy yo mucho de tirar billetes a la basura.

       Por otro lado, cuando volví a casa por la noche, encontré a una chica sola en la cocina y directamente la asalté con intención de hacer vida social: es coreana, se llama $&%)#@ (nombre impronunciable, pudo tener algo que ver el hecho de que me lo dijo con la boca llena de fideos coreanos) y me pareció agradable. En días posteriores también conocí a una chica de Georgia y a otra, francesa, con la que comparto baño, ambas simpáticas. Se rumorea que también existen un polaco y un noruego entre nosotras, pero nadie los ha visto. Por lo demás, mi casa es un misterioso laberinto de puertas donde, al final, si tienes suerte, acabas en tu habitación y, si no, perdido en alguno de los limbos que vas encontrando a tu paso. En el pasillo común, que lleva a nuestra cocina compartida (donde todo parece limpio pero en realidad tiene un ligero toque de grasa), hay unas notitas colgadas en la pared, en las que un montón de gente expresa lo bien que se lo pasó durante el año que vivió aquí. Habrá que ver si ese  espíritu de comunidad también se da en esta casa cuando nos conozcamos todos...los que lo sí mantienen son los del piso de arriba, a los que oigo guitarrear todos los días ("¿Quién no tiene valor para marcharseeee?"...sí, es cierto eso de que en Kringjså hay españoles).
  
La cocina y centro social
Aquí dejamos mi compañera
y yo nuestros enseres













       Mi primer día de trabajo en la guardería fue el martes, como sustituta, y fue un tanto peculiar: como no me habían impartido todavía ninguna formación, tuve que aprender a hacerlo todo mientras trabajaba, sobre la marcha. Resultado: meteduras de pata varias...pero el dinerito del día me lo gané a pulso. Días después he ido aprendiendo mucho más, mientras rotaba de guardería en guardería viendo cómo trabajan distintas personas en distintos espacios, lo que me ha causado unos considerables quebraderos de cabeza y momentos de confusión, pero está resultando ser una experiencia muy útil y positiva.

¿Crepes? ¡Me apunto!
       Y ya para terminar una anécdota muy emocionante que no quería dejar de contaros: en una de las ocasiones en que fui a la cocina a glotonear encontré esta nota, escrita por la francesa del cuarto de al lado. La respuesta de debajo es mía. En el espacio en blanco ya han escrito las otras dos chicas, también muy a favor. Es decir, que las asistentes a la cena internacional vamos a ser las cuatro únicas personas que se saludan en casa, sólo que hemos quedado vía papel, pudiendo haberlo propuesto cara a cara. Igualmente será emocionante. Ahora a ver qué preparo: ¿tortilla? ¿tapas varias? ¿un cocido montañés? Se admiten apuestas...
       

viernes, 7 de diciembre de 2012

Con forros polares y a lo loco

       Viernes. Y, desde luego, un viernes muy feliz, porque la semana tiene pinta de acabar mejor de lo que empezó. ¿Conocéis esos momentos en los que lo único que quieres es acostarte, cubrirte hasta las orejas y no salir de la cama hasta que alguna otra persona resuelva todos tus problemas? Pues para mí esta semana ha sido como un interminable día de esos. El mayor problema lo he tenido con mi banco que, al ser online, es muy cómodo, pero en casos como el que a mí me ha ocupado, no es tan práctico; se echa de menos una ventanilla física a la que ir a montar el correspondiente pollo. A pesar de todo, y para su desgracia, sí cuentan con un chat disponible las 24 horas del día a través del que he podido descargarme bien a gusto. Creo que he entrado más en el chat del Skandiabanken que en el Inforchat durante toda mi adolescencia. Pero, al fin, conseguí lo que quería. Moraleja: petardear funciona, hazlo.

       Pero ayer empezaron a mejorar las cosas y hoy han sido todo buenas noticias; la mejor de todas, que ya he podido pagar el piso universitario que me han concedido en Kringsjå, aunque haya sido al límite. ¡Ya tengo casa a la que volver en enero! Y también algo que hacer con mi vida: el curso de noruego nivel II del que me he matriculado en la Universidad de Oslo. Todavía queda algún cabo suelto por atar, pero también me quedan tres días laborables antes de volar a España, así que...la  próxima semana os cuento.

        Todo este rollo financiero más los temas burocráticos que tenía que resolver en la universidad han sido amenizados por un oportuno catarro semanal, seguramente provocado por los -17º con sensaciones térmicas obscenamente bajas que hemos vivido en Oslo estos últimos días y que me ha estado sometiendo a continuos cambios de temperatura.

       Me di cuenta de que el invierno iba en serio el lunes por la mañana, mientras llevaba a Ildrid e Ylva al colegio. Hacia la mitad del trayecto los dedos ya me dolían del frío, y sentía la cara congestionada. De las orejas no hablo, porque directamente creí que se me habían caído por el camino. Hacía viento, que es lo peor que puede hacer cuando hay frío, y me costaba respirar. Las niñas observaban entretenidas mis síntomas de congelación, girando todo el cuerpo para mirarme, porque ellas sí llevaban tal cantidad de ropa encima que no podían girar sólo el cuello (la pequeña es clavada a Maggie Simpson cuando lleva su traje naranja de invierno). Pero ya se sabe; una, que es chicarrona del norte, piensa: "bah, para un rato que voy a estar fuera no voy a abrigarme como si no hubiera mañana". Craso error.

       Cuando volví a casa, después de una hora en la calle, ni siquiera podía hablar, era como si parte de los músculos faciales se me hubieran dormido o paralizado. Tuve el frío metido en el cuerpo durante horas. Entonces pensé que, incluso para un rato, merecía la pena abrigarse bien, aunque lleve tiempo.

       ¿Y qué es abrigarse bien en Noruega? pues llevar un montón de ropa puesta por capas. Esta imagen representa bastante bien lo que digo:


Capas. Ésa es la clave. Es toda una parafernalia, pero necesaria. Si te vistes así puedes pasar el día fuera, disfrutar del frío. Si no, estarás pasándolo mal y deseando volver a casa. Yo, normalmente, prefiero ponerme un chaquetón que abrigue bien y ahorrarme alguna de las capas intermedias, sobre todo teniendo en cuenta el calor que hace en lugares cubiertos. Pero para gustos los colores. Eso sí: las prendas de lana debajo de todo son imprescindibles. Y los calcetines. En cuanto al gorro y los guantes, es muy importante que lleven forro interno, de lo contrario parecerá que no lleves nada. Los típicos guantes que nos ponemos en España, aquí puedes llevarlos hasta mediados de noviembre como mucho. El calzado también tiene lo suyo; si vives en el centro de Oslo, donde retiran toda la nieve de las aceras, puedes sobrevivir con botas de invierno normales. Yo, que hasta ahora he vivido en las afueras, donde retiran sólo la nieve justa, necesito unas botas bien forradas y con una suela gruesa.

Las 180nok mejor invertidas de mi vida

Para lo que no hay solución es para el hielo. Ya puedes llevar unas botas con el dibujo de un neumático en la suela, que en cuanto pises hielo te resbalarás sí o sí, dando como resultado, en el mejor de los casos, una pirueta de patinaje artístico mejor o peor disimulada o, en el peor, una caída de todo tu ser al suelo, donde lo primero que suele aterrizar es el culo. Y duele. Os prometo que duele mucho. ¡Pero! Hay una solución alternativa: los llamados brodder, unas estructuras de goma con unos salientes metálicos que se adaptan al calzado y agarran perfectamente en el hielo. Los noruegos apenas se los ponen, salvo mujeres embarazadas o ancianos. Pero yo no soy noruega, no nací con el don de caminar verticalmente, así que me los pongo feliz de la vida. Eso sí, tienen una desventaja: resbalan en cualquier otra superficie que no sea hielo, y tienen la virtud de transformarse en zapatos de claqué cuando pisas un suelo cualquiera. Por si alguien se lo pregunta, los compré en XXL, pero los venden en cualquier tienda de deportes. Existen otras modalidades, por ejemplo, para correr, pero no me apetece arriesgar tanto mi vida, por el momento.

       Ahora entiendo por qué la gente me decía que el del año pasado había sido un invierno suave. Seguiré informando.

    

sábado, 1 de diciembre de 2012

Con uñas y dientes

No hace mucho le confesaba a una amiga mi crisis actual con este blog. Me preguntó si trataba sobre algún tema en concreto y yo contesté que no, que sólo hablaba sobre mi vida, a lo que ella respondió sorprendida: "Pues más fácil imposible. ¡Como si no tuvieras cosas que contar!". Y puede que sea cierto.

Abrí este blog hace ya más de un año con la intención de contar las anécdotas de lo que yo pensaba sería mi ultra-emocionante vida en Oslo. De alguna forma, me dio por pensar que en la tierra de los vikingos mi vida ganaría en aventuras y misterio, pero mientras vacilaba entre qué hazaña contar primero, dejé de estar aquí de vacaciones y empecé algo diferente. Los tres o cuatro primeros meses me dediqué a descubrir Oslo y sus alrededores en la medida de lo económicamente posible, y en internet comprobé que no sólo millones de personas habían descubierto lo mismo que yo antes, sino que lo narraban con mucho más estilo, así que decidí ahorrarme historias mil veces contadas y empecé a concentrarme en aprender a vivir aquí, no ya como la viajera que era al principio, sino como una ciudadana más, así que supongo que la rutina también ha tenido parte de culpa en restarle emoción a mis relatos.

El caso es que, hace unos meses, quise volver a España y abandonar la vida que llevo aquí. Noruega había dejado de entusiasmarme y ya no tenía ganas de planear mi futuro en Oslo. Hubo varios motivos: estaba decepcionada con la gente que conocía, cansada en el trabajo, frustrada con el idioma y, para colmo de males, la época coincidió con la muerte de mi abuela, que me afectó profundamente. Muchas de las cosas que me gustaban de este país empezaron a molestarme, sin darme cuenta de que estaba culpando a Noruega de mis propios conflictos.

Por suerte, en julio cogí vacaciones y me fui a Santander un mes entero (sin olvidar mi paso por París, que fue increíble gracias a Gema), lo que me ayudó a replantearme la situación. Fue un respiro poder pasar tiempo con Luis, con quien mantengo una relación a distancia que, en ocasiones, complica mucho las cosas, y saber que aún tiene ganas de venir aquí conmigo. Me organicé para ir a la playa, hacer una ruta por los Picos de Europa, comer pinchos, asistir a una boda, leer en la terraza de mi casa, salir por la noche, pasear a mi perro, engordar tres kilos y dedicar mucho tiempo a la vida contemplativa pero, lo más importante de todo, conseguí volver a Noruega con otra mentalidad cuando acabaron mis días libres.

Lo primero que hice al volver, con vistas a no derrumbarme de nuevo, fue una lista (¿hay algo para lo que no sirvan las listas?) con todo lo que me preocupaba o no me gustaba y, simplemente, intentar cambiarlo.

Desde entonces, intento ver todo de forma más positiva, aunque a veces cueste un mundo; por ejemplo, con el tema laboral: es cierto que mi actual trabajo, que llevo desempeñando desde que llegué, no es el más gratificante del mundo y desgasta mucho, pero me resultó fácil de encontrar y me ha permitido despreocuparme durante casi dos años de buscar otra cosa, además de ser una buena plataforma para colarme sigilosamente en el sistema noruego. Además, durante este tiempo, sí he podido intuir la posibilidad de conseguir algo mejor y, aunque sé que me falta mucho por hacer, quiero seguir intentándolo.

En cuanto al idioma, yo ya sabía que escoger Noruega como destino me supondría el esfuerzo añadido de aprender noruego, algo ineludible si lo que quiero es establecerme aquí a largo plazo. Y cierto es que me tomé mi tiempo para empezar a estudiarlo, pero mis razones eran prácticas; a fin de cuentas, no tuve claro desde el principio que quisiera quedarme más de ocho meses. Pero al empezar a estudiarlo seriamente descubrí que tiene su punto e incluso podría decir que me motiva bastante (con lo que me gustan las lenguas románicas y siempre termino decantándome por las germánicas).

También fue un gran paso para mí asumir que necesitaba relacionarme más socialmente. Me considero una persona fuerte y muy válida independientemente, y no me asusta en absoluto estar sola, es más, me encuentro cómoda en soledad. Pero también necesito pasar tiempo con alguien de vez en cuando y, sobre todo, reírme, algo imprescindible para mí en todo tipo de relación personal. Era reticente a relacionarme con españoles pero, en vista de que estrechar lazos con los noruegos no es especialmente fácil, me decanté por buscar spaniards, de lo cual me alegro, porque estoy muy satisfecha con la gente que he conocido por aquí recientemente.

Ahora estoy pasando por una situación difícil de nuevo y, sin embargo, me encuentro mucho más preparada para afrontarla. Mentiría si dijera que no he pensado alguna vez en tirar la toalla, pero justo ahora tengo claro que de aquí no me mueve nadie, y si para eso tengo que esforzarme más de lo que haya hecho nunca, lo haré. Y aquí vendré por las noches a contar mis desventuras, o mis victorias. Porque tengo ganas de hacer algo que hacía mucho tiempo no me ocurría: perseguir un sueño. Merece la pena, ¿no?

sábado, 28 de julio de 2012

Galletas noruegas

       Aunque todavía no he escrito ninguna entrada sobre la comida noruega (de la que espero hablar largo y tendido) hoy os voy a dar un adelanto. Si bien es cierto es que la gastronomía vikinga no es precisamente una explosión de sabor, hay que admitir que cuenta con algunos platos interesantes, sobre todo en cuanto a repostería se trata. Yo he tenido la oportunidad de probar, por ejemplo, los dulces típicos de Navidad o Semana Santa y algunos son realmente deliciosos, como también lo son los que se preparan con las muchas variedades de frutas del bosque que tienen, dependiendo de la temporada.

       En mi opinión, las galletas y pastas son lo más rico de la repostería noruega (aunque tartas y pasteles no se quedan atrás...mmm, qué peligroso es empezar a hablar de este tema). Hay en concreto unas galletas que me encantan; se comercializan bajo la marca Café Bakeriet y son una delicia, aunque no tengo noticia de que las vendan en España (bueno, quizás en Arguineguín o L'Alfàs del Pi). Yo, que siempre tengo que contar con una reserva personal de chocolate, por si las moscas, he llegado a comerme dos cajas en un tiempo récord, y casi sin enterarme. Cuando vengo a Cantabria de vacaciones meto en la maleta unas cuantas cajas para familia y amigos, porque siempre son un acierto.

       Lo curioso del caso es que un día, mirando la caja por casualidad para ojear los ingredientes, comprobé que tenía la receta impresa. La auténtica receta de las galletas, paso a paso. Aún no he tenido tiempo de prepararlas, pero espero hacerlo muy pronto. De momento, comparto aquí la receta, traducida de mi puño y letra, nada menos. Hay tres variedades distintas, que yo sepa; yo os dejo la que tiene chocolate y frutas del bosque. Animaos a hacerlas, no os defraudarán. ¡Buen provecho!

RECETA PARA 20 GALLETAS NORUEGAS (¡son contundentes, aviso!)

Ingredientes:
- 4 dl. de harina de trigo
- 1 dl. de harina de avena
- 150 g. de mantequilla / margarina (a temperatura ambiente)
- 11/2 dl. de azúcar
- 1/2 dl. de azúcar moreno
- 11/2 cdita. de levadura
- 1/2 cdita. de sal
- 1/4 dl. de caramelo
- 1/2 dl. de puré de manzana
- 1/2 dl. de agua
- 40 g. de arándanos secos*
- 40 g. de arándanos rojos secos*
- 40 g. de uvas pasas
- 100 g. de chocolate blanco*   
- 60 g. de chocolate con leche*

*Estas galletas se preparan con dos tipos de arándanos, pero es que en Noruega hay gran variedad de frutas del bosque; no obstante, cualquier tipo sirve siempre que esté seco. Y el chocolate también se puede cambiar: seguramente el negro es una buena opción si se prefiere usar.

Preparación:
1. Se mezclan la harina, la mantequilla, el azúcar, la levadura y la sal hasta obtener la textura de pequeñas migas de pan. Se añaden entonces el caramelo, el puré de manzana y el agua, y se remueve hasta formar una masa. Finalmente, se echan los arándanos, las pasas y el chocolate, y se mezclan con todo.

2. Se enrolla la masa cuidadosamente, formando un cilindro alargado de unos 5-7 centímetros de diámetro que dejaremos reposar en la nevera durante media hora. Al sacarlo, cortamos el cilindro en rebanadas (de aproximadamente un centímetro de grosor) y las depositamos en una bandeja forrada de papel de hornear.

3. Precalentamos el horno a 200ºC. Introducimos las galletas a media altura y las horneamos de 10 a 15 minutos a 175ºC. Las dejemos enfriar y listo.

lunes, 26 de marzo de 2012

Soy una superviviente


…del invierno noruego. O al menos del oslense (¿osleño, oslenita…?). Ya puedo confirmarlo porque al fin parece que está llegando la primavera, así lo dicen los minutos de luz que se van agarrando a los extremos de los días, las lagunas de hierba que aparecen entre la nieve, el agua que gotea de los tejados o las capas de hielo que crujen bajo las botas. (*Edito: ayer fui a la playa. Definitivamente, ya es primavera. Tardo tanto en escribir mis entradas que se me pasan las estaciones) Y no me queda otra más que declararme fan del invierno noruego.

           Cierto es que he jugado con ventaja al huir a España durante todo el mes de enero, el más duro del invierno aquí, pero son demasiados años viendo anuncios de El almendro como para no volver a casa por Navidad, y más después de ocho meses. Aunque tampoco Cantabria por esas fechas goza precisamente de temperaturas caribeñas, así que tan entrañables fiestas las compartí con mis dos viejas amigas de parranda: la señora humedad y doña alergia (que no "alegría"). En Oslo el clima seco me da una tregua, pero hay otras gracias: los labios y las manos se me han agrietado seriamente por momentos ¡e incluso se me congeló el pelo en más de una ocasión! (no es cachondeo, bien lo sabrán quienes están al tanto de mi boicot al secador).


Dos cosas han llegado a cansarme un poco del invierno aquí; una es el hielo, esa consecuencia en la que yo no caí hasta que lo hice casi literalmente. La primera vez que nieva es una fiesta: te sacas fotos, te tiras bolas, te quedas mirando por la ventana mientras compones haikus...Cuando sigue nevando en marzo te vienen a la cabeza otro tipo de composiciones, bastante menos poéticas. La nieve, que se acumula por todas partes, se deshace y todo queda cubierto de una capa de hielo que convierte a la ciudad en una enorme pista de patinaje. No hay suela mágica contra un suelo resbaladizo y pulido cual espejo, salvo unas suelas con clavos que se acoplan al zapato, muy prácticas en según qué ocasiones pero no muy cómodas para el día a día. Yo me he caído solo un par de veces y os aseguro que una caída en el hielo es tan dolorosa como en un suelo de cemento. Afortunadamente no tuve mucho público, lo cual tampoco es especialmente relevante, dado que aquí la gente tiene asumido que todo el mundo se cae alguna vez en invierno, con lo cual nadie se escandalizará si te ven pegarte un buen morrón. Pese a todo, yo he ido siempre con el máximo cuidado, sin prisas...pero no hay tu tía; varias veces me he quedado a media cuesta en una postura ridícula sabiendo a ciencia cierta que fuera cual fuera mi siguiente movimiento terminaría resbalándome. Y es tan frustrante avanzar un paso y retroceder dos...a mí me daban ganas de desplazarme a todas partes haciendo moonwalk.

¿Solo -14º? ¡Venga ese Calippo!
           El segundo aspecto que me ha resultado un tanto cansino es la oscuridad. Verdaderamente se pasa muchas horas de noche y, a veces, la poca luz que hay durante el día proviene de un sol breve y tenue. Esto no quiere decir, ojo, que no haya días luminosos y soleados durante el invierno (que de hecho suelen ser los más fríos), y además la nieve ilumina más de lo que puede uno pensar, pero cuando enciendes la luz a las 2:30 de la tarde puede llegar a darte un ligero bajón. Esto se acentúa si trabajas muchas horas, porque durante todo el invierno sales de tu casa y llegas a ella de noche, y esto es así.

           Pero, a mi parecer, las cosas buenas del invierno en Noruega se imponen con creces a las no tan buenas. Sobre todo porque la gente aquí sabe sacarle partido a su invierno, seguramente por necesidad...si los noruegos pasaran dentro de sus casas los días de frío estarían encerrados durante meses, pero es justo al contrario: no solo no se paraliza el país, sino que el frío se disfruta. Puedes practicar todo tipo de deportes de invierno, esquí para empezar. Durante este tiempo me ha dado la sensación de que no hay ni un solo noruego que no sepa esquiar, incluso a los niños empiezan a enseñarles cuando son muy pequeños. Yo fui un par de veces con Inga para que me enseñara lo básico, y...bueno, en otra ocasión os hablaré de la nueva modalidad que inventé: esquí con fase de vuelo. El dolor de mi rabadilla fue inversamente proporcional a mis ganas de volver a intentarlo durante varios días. Hay quienes practican también snowboard, pero ese es un deporte caro incluso aquí. El esquí de fondo también es muy popular, y en los mapas de rutas vienen perfectamente trazados los caminos por donde puedes ir, diferenciándolos de los caminos de verano. También se practica patinaje sobre hielo (¡divertidísimo!), senderismo y escalada por la montaña, trineos con y sin perros, pesca en el hielo...Y si no eres mucho de deporte, siempre puedes relajarte yéndote a pasar el fin de semana a tu cabañita del bosque o la montaña, o alquilar una a un precio moderado. Las hay desde muy básicas hasta con sauna o piscina particulares, todo un lujo del que los noruegos saben disfrutar. Vaya si saben. De eso os hablaré cuando tenga una, es decir, esperad sentados. 

...donde me bañaba en verano
El mismo lago...
 
           Pero vamos, que al final todo esto de las actividades de invierno creo que es una excusa para sacar la fiambrera con las naranjas y el chocolate (tradición) y el termo. (¡ATENCIÓN! Si quieres ser alguien en Noruega, por favor, hazte con una fiambrera y un termo. La fiambrera se puede sustituir por un tupper común, pero el termo está más jodido. Hazme caso y consigue estas dos cositas pero ya. Si no, cuando seas un paria social no me vengas pidiendo explicaciones, que ya lo avisé). Ahora en serio, son geniales. ¿He dicho ya que soy fan de los noruegos?

           Las casas son un paraíso en invierno. Muy acogedoras y cálidas. Ya de por sí están perfectamente aisladas del exterior, así que con un poquito de calefacción es suficiente para estar muy a gusto. Y no hay nada como sentarse a tomar un chocolate y unas pannekaker o unos gofres mientras fuera cae la nevada del siglo. Con el suelo calefactado del baño directamente se me saltan las lágrimas. Hasta la taza del váter está templada, es gloria bendita. Pero tampoco es demasiado duro salir si te forras previamente con capas de ropa al más puro estilo "cebolla". Sin la ropa adecuada puedes sufrir bastante, y como el tiempo aquí es muy cambiante siempre es bueno llevar repuestos de toda clase en esa mochila que se convertirá en parte de tu cuerpo, casi un marsupio, desde que pongas el pie en Norge. Los noruegos tienen un sentido muy práctico de la moda, sin perder el toque fashion. De hecho, aquí existe un refrán: Det finnes ikke dårlig vær, bare dårlige klær...que viene a decir que no hay mal tiempo, sino ropa inapropiada. Toca aplicarse el cuento, pues.

           Resumiendo: no voy a ser hipócrita; el frío cansa a cualquiera, lo mismo que el calor extremo, y en ocasiones se echan en falta algunos grados más (no por casualidad los noruegos adoran los países cálidos), pero puestos a pasar frío mejor que sea en Noruega, donde al menos podrás ponerte sin reparos un gorro de lana con forma de pastel (¡sí, la guinda es la borla!). Heia Norge!


lunes, 9 de enero de 2012

Momento de reflexión pre-2012

       Como inventarme una excusa para justificar por qué no me he acercado por aquí en tanto tiempo es más difícil que, sencillamente, pasarlo por alto y ponerme a escribir, voy a obviar tan incómoda explicación, aunque tengo que confesar que, con lo que me cuesta ser constante, no acabo de entender la razón por la cual siempre termino volviendo a los blogs; supongo que, en el fondo, me gusta contar mis historias y siento cierta necesidad de compartir cosas que me parecen interesantes, aunque le importen a cuatro gatos. También puede influir que me sienta mucho más cómoda al expresarme por escrito que verbalmente ya que, unas veces por nervios y otras por timidez, no siempre me resulta fácil dar con las palabras exactas cuando hablo (depende de con quién, claro). Eso provoca que, en ocasiones, tenga la sensación de que no transmito todo lo que quiero decir. Al escribir me desenvuelvo mejor, siento que tengo más control y es por eso que, verdaderamente, me gustaría mantener una continuidad con las actualizaciones y poder decir al fin que tengo un blog y lo utilizo, más que nada porque me parece la manera perfecta de desahogarme, expresarme con libertad o contar tonterías cuando me apetezca, pero para eso hay muchos aspectos de mí que deberían conciliarse. Entretanto, cualquier entrada nueva es un suceso inesperado.

       El caso es que anoche se me despertaron unas insólitas ganas de escribir. Al acostarme, mi cabeza bullía recordando todo lo que 2011 supuso para mí, vamos, haciendo ese famoso balance que se suele hacer a finales del año que acaba (cinco minutos antes, según Mecano...si es que todo lo dejamos para última hora). Yo lo hago una semana después porque soy así de original y porque creo que el año termina realmente cuando desaparecen los vapores del mazapán y los polvorones. La cuestión es que en cuanto se me pasaron los efectos psicotrópicos de la carne cruda (no sé si es muy bueno tomar steak tartar para cenar, pero es que está tan rico...) me quedé dormida, así que esta mañana he bajado al salón sin más tardar, me he preparado un chocolate con lo que quedaba del rosco de Reyes (yo es que reflexiono mil veces mejor con comida de por medio) y me he puesto a teclear esto.

       2011 empezó siendo un año más, como otro cualquiera e incluso un poco peor porque estaba marcado por un sentimiento de incertidumbre sobre lo que iba a hacer con mi vida. En enero volví a Salamanca para seguir allí con las clases particulares de español, el único trabajo que encontré tras acabar la carrera, y terminé un curso de posgrado para profesores de español del que me había matriculado en 2010, algo con lo que disfruté y aprendí bastante. Fue en este momento cuando, título en mano, empecé a considerar seriamente la idea de buscar trabajo fuera de España, ya que el panorama aquí era un pelín desolador. 

       Comencé tímidamente, buscando trabajo en países de habla inglesa y bien comunicados con España, pero un buen día de febrero me sinceré conmigo misma y me lancé a buscar donde realmente quería: en Noruega. No es el país más cercano a España, ni en el que establecerse más fácilmente, pero siempre me ha llamado la atención y me di cuenta de que había muchas posibilidades de encontrar algo allí, al menos de forma provisional. Efectivamente, en poco tiempo di con un trabajito y un buen alojamiento así que, animada por mi pareja, de quien siempre he tenido apoyo en este tema, tomé la importante decisión de irme allí en abril para quedarme ocho meses y, pasado ese tiempo, considero que ha sido de las mejores decisiones que he tomado nunca; prueba de ello es que volveré a finales de mes. Noruega ha sido una experiencia surcada de pequeños momentos muy importantes (que iré desgajando aquí con tiempo). En contrapunto, he tenido que renunciar a cosas que me gustan; la primera de ellas la compañía de Luis, mi novio, con el que estoy acostumbrada a pasar mucho tiempo. Eso ha sido lo más difícil de estar fuera, pero con ayuda de Skype que, aunque no sustituye, ayuda, ha sido más llevadera la cosa. Pero allí he hecho cosas que no había hecho antes y he descubierto aspectos de mí que desconocía. En definitiva, en Noruega he aprendido a conocerme un poco mejor y todo lo vivido allí hace que el balance general del año pasado sea más que positivo.

        Sin duda recomendaría a todo el mundo una estancia fuera del propio país, al margen de la Erasmus y demás becas académicas, que no digo yo que estén mal, sino que a veces parece que es el único medio de salir, cuando hay más posibilidades, como hacer un voluntariado (donde aunque no te pagan te mantienen) o buscar un trabajo temporal, algo que conlleve un intercambio cultural y no solo de fluidos corporales (para tranquilidad general, ambas cosas son perfectamente compatibles). ¿Por qué? pues porque salir te pone a prueba, te espabila y te enseña muchísimo, por no mencionar todos los lugares nuevos que conocerás y que, al menos para mí, que me encanta viajar, supone un plus gigantesco.

       No sé cómo irán las cosas a partir de mayo, si me quedaré en Noruega, volveré a España, emigraré a otro país o saldré al espacio exterior, pero por lo pronto en pocas semanas retomaré mi aventura escandinava y esta vez espero poder contarlo todo, así que por aquí nos vemos...si queréis seguirme.

lunes, 22 de agosto de 2011

Una vida dentro de otra

       Muchas veces, cuando planeamos un viaje con mucha antelación, la cosa queda en agua de borrajas porque la gente se va desinflando y al final nadie se anima. Pero siempre hay un par de personas o tres con las que sabes que los planes sí van a salir adelante; es el caso de mi amiga Gema, con la que este tipo de cosas siempre llegan a buen puerto (y no sólo si vamos en barco...qué horror de chiste). Desde que supe que vendría a vivir una temporada a Noruega, Gema me dijo que vendría a visitarme...en mayo empezamos a organizarnos en serio y antes de darme cuenta estaba esperándola en la terminal de autobuses de Oslo.

       Por supuesto, el reencuentro fue de lo más emocionante porque nosotras somos muy espectaculares cuando de reencontrarnos se trata, así que teníamos a todo el autobús pendiente de nosotras y con la lagrimilla a punto. Ella llegó a las 6 de la tarde, pero lamentablemente no pudimos aprovechar mucho porque caía un chaparrón impresionante que continuó durante toda la tarde y también por la noche. De todas formas, su viaje había sido largo y un poco pesado, así que decidimos cenar y acostarnos pronto para madrugar al día siguiente, porque ahí sí que íbamos a necesitar todas nuestras fuerzas.

6 DE AGOSTO DE 2011 - PRIMER DÍA

       ¡Partimos hacia Bergen! Como la estación central estaba cerrada por obras y no había tren directo entre Oslo y Bergen, teníamos que coger un autobús hasta Hønefoss y allí hacer un trasbordo. Nos levantamos a las 6 y preparamos el equipaje: una mochila cada una con la ropa que íbamos a necesitar para tres días, un calzado cómodo y otro que no calara, las chanclas anti-hongos-de-hostal, gafas de sol, polar, chubasquero y demás enseres. Desayunamos y cogimos el metro hasta la terminal de autobuses. Desde allí, salía el autobús a las 08:40 (Oslo-Hønefoss, era el 171, que salía de la dársena 29; aunque esto puede variar, yo lo dejo dicho, por si acaso). El trayecto duró hora y media y el tren con destino a Bergen no salía hasta las 12:22, así que tuvimos un ratillo para pasear por Hønefoss que, sin ser una maravilla de pueblo, es un sitio agradable y bastante bonito, aparte de tener la sorprendente cascada de Høne, que no está nada mal. Tuvimos tiempo suficiente como para comprar la comida en el Mix (un calzone y un muffin) y comimos en la estación de trenes, al acecho de avispas roba-calzone y autobuses que sobrestimaban sus proporciones al pasar junto a nosotras.

       El viaje en tren fue cansadillo, seis horas en una primera clase cuyo único atractivo era una máquina de café que estaba estropeada, pero tuvimos tiempo de hablar y casi hasta de discutir con una buena mujer que decía que España le saca a Noruega una ventaja de 40 años. Lo que hay que oír por llevar las orejas puestas.

       Cuando llegamos a Bergen fuimos derechas al hostal a dejar los bultos. Nos alojamos en el Citybox, que está en la misma calle que la estación, así que no tardamos nada en llegar, pero allí tuvimos un ligero problema. Cuando llegamos, la recepción ya estaba cerrada y había que hacer el registro de forma automática con una máquina que hay en la entrada. Era la primera vez que nosotras nos registrábamos en un hotel de esta manera, así que esperábamos un poquito más de información por parte del tipo disfrazado de Beetlejuice que parecía encargarse de las llegadas, pero teníamos que extraerle las palabras con sacacorchos; no derrochaba salero, precisamente, el hombre. Al final conseguimos nuestras llaves y no tuvimos que dormir en la estación, así que ni tan mal. Para los que hayáis reservado en este hostal: imprimid, además de la confirmación de la reserva y el pago, el e-mail en noruego que os enviarán desde el propio Citybox, porque allí figuran un número de registro y una contraseña que tendréis que utilizar a vuestra llegada.

       Señores siesos aparte, el Citybox nos gustó. Partiendo de la base de que es un hostal, las cosas básicas estaban bien: tanto la habitación como el baño eran muy amplios y estaban limpios, a pesar de que compartíamos el baño con otra habitación. Teníamos además una ventana a ras de suelo, muy apta para jugar a la gallinita ciega en la habitación. Después de dejarlo todo allí fuimos a conocer un poco de Bergen y a comprar en el Rema1000 nuestro desayuno para los dos días siguientes. Llegamos hasta el puerto y nos metimos por algunas callejuelas dignas de ver; nos pareció precioso. Esa noche cenamos en el Deli de Luca, una tienda de conveniencia bastante frecuente en Oslo y Bergen donde, además, disponen de un espacio reservado para comer. No es especialmente barato, pero si lo comparas con un restaurante comes bien por mucho menos dinero, y tienen desde bocadillos hasta platos preparados. Y así, entre fideos, terminó nuestro día.


7 DE AGOSTO DE 2011 - SEGUNDO DÍA

Nos levantamos a las 6 de la mañana, con la fresca, ya que teníamos que estar en la oficina del NSB en la estación de trenes a las 7:30 para recoger nuestros billetes de la excursión Norway in a nutshell (id a la página de Direcciones útiles para saber de qué se trata). Nuestro primer viaje consistía en dos horas de tren hasta Myrdal, donde teníamos que coger el Flåmsbana, el famoso tren de Flåm que, según dicen, hace el trayecto en tren más bonito del mundo. Si te animas a hacerlo, vete calentando de camino a Myrdal porque cuando se apea la gente eso es una batalla campal, un sálvese quien pueda para pillar ventanilla en el tren de Flåm, ya que los asientos no están numerados. En cuanto al trayecto, que dura una hora, yo no sé si será el más bonito del mundo, todavía tengo que viajar mucho para dictar sentencia, pero sí es uno de los más bonitos que he hecho, es realmente impresionante, el paisaje no deja de sorprenderte. Por no mencionar la parada principal en la catarata de Kjosfossen, que será muy turística y todo lo que queráis, pero a nosotras nos dejó con la boca abierta.

       El tren nos dejó exactamente en el puerto de Flåm, y allí teníamos casi tres horas de espera que aprovechamos para comer y dar una vuelta por los alrededores. Aquí nos pilló la segunda tromba de agua importante de nuestro viaje, pero supimos enfrentarla refugiándonos en un puesto vacío de venta de verduras. ¡El que no se conforma es porque no quiere! Tuvimos tiempo además de ver el museo del tren de Flåm, que está junto a las vías y es gratis, algo que no abunda mucho por estos lares.

       A las 15:10 salimos en un barco para ver los fiordos (si viajas con Norway in a nutshell el barco sale del muelle 1). Tuvimos que estar un rato dentro porque aún llovía, pero en cuanto pudimos salimos a la cubierta para disfrutar mejor el paisaje, y de paso curioseamos un poco el barco, que nos encanta. Cuando llegamos a Gudvangen, al cabo de dos horas, ya nos estaba esperando el autobús para Voss. Esta parte nos la esperábamos sin sorpresas, el típico trayecto en bus, pero nada más lejos: tuvimos que recorrer la famosa carretera de Stalheimskleivay, que sólo se abre los meses de verano...qué vertigo, qué curvas, fuimos con el corazón en un puño un buen rato, pero el paisaje...bufff, hay que verlo. En Voss de nuevo cogimos el tren hasta Bergen, donde llegamos sobre las 20:30.

       Esa noche, nos apetecía pizza y decidimos buscar un sitio asequible, olvidándonos por un momento de que ese concepto es poco frecuente aquí...pero tuvimos un golpe de suerte y al echar un vistazo en el restaurante Egon vimos que tenía buffet libre de pizzas. Aprovecho para advertiros que si coméis aquí lo primero que tenéis que hacer es acercaros a la barra, dar vuestro número de mesa y pagar, antes de comer. Nosotras nos enteramos gracias a unos noruegos a los que guardamos cierto rencorcillo. Segunda y última noche en el hotel.

8 DE AGOSTO DE 2011 - TERCER DÍA

       Sobre las 9 nos cargamos las mochilas al hombro con todo el equipaje y dejamos el hotel definitivamente. Ese día nos dedicamos a visitar lo que nos quedaba de Bergen. Lo primero que hicimos fue subir en el funicular de Fløibanen hasta el mirador, desde donde puede verse todo Bergen y alrededores, el mar, las siete colinas...todo. Allí nos sentamos a hablar durante un buen rato, era un sitio agradable. A la bajada, recorrimos las callejuelas que unen las casas del puerto y descubrimos algunos rincones bonitos; finalmente nos acercamos al mercado del pescado donde, tal y como tenía entendido, abundaban los españoles. Allí pasamos un buen rato, hasta me dieron ganas de preguntar por un trabajillo, porque se respiraba muy buen ambiente. Todo lo que se vende tiene muy buena pinta y parece muy fresco; además puedes comprar otras cosas aparte de pescado, como algunos platos preparados o bocadillos. Varios puestos tienen también mesas por si decides quedarte a comer por allí. Nosotras nos compramos un bocadillo delicioso con salmón, gambas y bocas de mar, por 80nok cada una, y fuimos a comerlo al parque junto al lago Lille Lungegårdsvannet, aprovechando el buen tiempo que hacía. No sólo nosotras acabamos con el estómago lleno; los gorrioncillos, gaviotas y algún que otro cuervo también se beneficiaron de nuestros manjares (sobretodo de los de Gema). Después de un ratito de sobremesa y conversación cogimos el tren a las 16:10, que no nos dejaría en Oslo hasta pasadas ocho horas. La ventaja fue que justo ese día terminaron las obras en la estación central, así que no tuvimos que hacer trasbordo. Cuando llegamos al fin, cenita a base de embutido y a la cama. ¡Mañana visitamos Oslo!

9 DE AGOSTO DE 2011 - CUARTO DÍA

       Hoy no pudimos evitar que se nos pegaran las sábanas pero, aun así, tan pronto como pudimos nos plantamos en el puerto para coger el barco que lleva a la península de Bigdøy, después de que Gema se comprara la Oslopass, por supuesto. El día pintaba bien, solecito, pocas nubes...Nuestro primer objetivo fue el Frammuseet, el museo del Fram, donde está expuesto el barco polar del mismo nombre, con el que el explorador Amundsen viajó hasta el polo sur. Se puede entrar en el barco y pasear por dentro, está estupendamente bien conservado. El museo cuenta también la historia de otros exploradores noruegos y sus expediciones polares, a través de algunas exposiciones fotográficas muy interesantes.

       Justo enfrente del Fram está el museo Kon Tiki (tan cerca que hasta comparten los retretes...una curiosidad como otra cualquiera), pero a éste no fuimos porque no nos sobraba el tiempo y pensé que era el museo más prescindible (¿me equivocaba?). No obstante, yo sí lo visité anteriormente y me gustó, en otra entrada os hablaré sobre él. Allí mismo cogimos el autobús 30, con el que nos desplazamos hasta el Vikingskipshuset, el museo de los barcos vikingos, que está en la misma península de Bigdøy. Yo tengo que decir, a riesgo de pecar de ignorancia, que este museo para mí ha supuesto una decepción...sí es verdad que los barcos son impresionantes y que impacta pensar en la cantidad de años que tienen, y la historia de los vikingos también es curiosa...no sé, tal vez un apasionado del tema piense de forma diferente, pero yo creo que el museo sería más atractivo si le sacaran un poco más de partido, si hubiera algo más que hacer aparte de subirte a los balconcillos a observar los barcos. Yo llevé a Gema porque es el museo que sale en todos los folletos, y porque si vuelve a España diciendo que ha estado en Oslo, me temo que la primera pregunta sea: "Y verías los barcos, ¿noooo?", así que no podía permitirlo.

       Justo después, sin necesidad de coger el bus porque está muy cerca, visitamos el Norsk Folkemuseum, el Museo Folclórico de Noruega. Éste sí está muy bien. Se puede decir que es el museo de la cultura noruega, donde puedes ver desde casas noruegas de todas las épocas (y visitarlas por dentro), hasta una iglesia vikinga, y también conocer numerosas costumbres noruegas, sus estilos de vida a lo largo de los siglos...También hay una exposición de juguetes clásicos preciosa y otra muy interesante sobre la cultura sami, a la que también intentaré dedicar un post algún día de estos. Es un museo bastante dinámico, y el hecho de que sea exterior puede ser un factor positivo o negativo: a nosotras nos cayeron dos chaparrones curiosos, pero nos refugiamos hábilmente en un barracón y de paso aprovechamos para comer. El museo cerraba a las 18:00 y justo a esa hora estábamos nosotras saliendo, apurando al máximo.

       A pesar de que había llovido lo suyo, decidimos acercarnos a la playa, sólo para dar una vuelta, así que volvimos a coger el 30 y nos bajamos en Huk, la última parada. No había gente tomando el sol, pero sí unos cuantos valientes dándose chapuzones. Nosotras nos limitamos a pasear un poquito y luego volvimos al centro en autobús. Al apearnos, el tiempo había mejorado bastante, así que apetecía caminar un ratillo en plan tranquilo, con lo que pospusimos las visitas restantes para el día siguiente. Paseamos por el puerto de Aker Brygge e incluso nos permitimos un pequeño capricho: un helado en uno de los puestos del muelle. Después de eso, cenita típica noruega (pasteles de carnes con salsa marrón -no es que no sepa el nombre de la salsa, es que se llama así-) y a la cama pronto para recuperar el sueño acumulado.

10 DE AGOSTO DE 2011 - QUINTO DÍA

       Hoy teníamos previsto empezar el día con un crucero por el fiordo de Oslo, pero como ya habíamos cogido bastantes barcos durante del viaje y además nos quitaba dos horas enteras, nos saltamos ese paso y fuimos directamente al segundo: visitar el Holmenkollen, el salto de esquí con su museo, que también lleva su tiempo. Ahí sí que nos pilló un buen diluvio, acompañado además de frío y viento, es decir, estábamos como queríamos. No obstante, cuando terminamos de ver el museo subimos a la torre a ver el salto desde arriba. Las vistas desde allí abarcan Oslo y muchos kilómetros alrededor, hasta perderse en un bosque lejano. Es verdaderamente espectacular, pero por desgracia aquel día la niebla impedía apreciarlo todo lo bien que nos habría gustado. El salto también sobrecoge, ¡qué vertigo!


       De vuelta al centro, entramos a la Nasjonalgalleriet a ver el cuadro de El grito. Una aclaración: la versión más conocida del cuadro está aquí y no en el museo de Munch, donde lo que encontrarás son dos versiones más de la obra. Tuvimos suerte de verlo, porque el año pasado lo robaron (una de tantas veces). Del resto de la colección la verdad es que no conocíamos mucho, sólo a los autores más famosos; pero hay muchos cuadros de pintores noruegos que ni siquiera nos sonaban. Sin embargo, tengo que decir que algunos cuadros me llamaron poderosamente la atención, como Vinternatt i fjellene (noche de invierno en las montañas) de Harald Sohlberg (¡google!). A la salida, comimos en la estación a resguardo de la lluvia antes de continuar en dirección a la ópera, construcción original donde las haya. A mí este tipo de edificios tan modernos no suelen convencerme, pero reconozco que éste me encanta. Debe de ser eso de caminar por el tejado, que me emociona. A esa hora de la tarde ya pudimos cerrar los paraguas, al fin, y recorrimos la Karl Johans Gate, la calle principal de Oslo, para acabar en la fortaleza de Akershus, aunque sólo paseamos por el recinto.

       Para poner el colofón, terminamos el día disfrazadas de reinas de las   nieves en el Icebar. Debo decir que en un principio me mostré reticente a entrar aquí, porque me parece el típico reclamo para turistas donde te cobran un pastón por estar media hora pasando frío. ¿Y me equivocaba? ¡No! Es exactamente eso, pero la verdad es que te echas unas risas, y tampoco está tan mal de precio si piensas que el cóctel que te dan (os recomiendo el Seven nation army, buenísimo) te lo cobrarían al mismo precio en un bar ordinario. Y beberte tu propio vaso después de su contenido no tiene precio. Además está muy bien ambientado y te dan una capa térmica y unos guantes. Respecto a la media hora...realmente no se puede estar más tiempo, si no quieres encontrarte con tu amiga la hipotermia. Cuando salimos a la calle, creo que fue el único momento del día en el que sentimos auténtico calor.

       Ese día la cena fue un salmoncito a la noruega, con su crema agria y todo, y con horario inglés para poder acostarnos pronto, con vistas a amortizar bien el último día íntegro de Gema en Noruega.

11 DE AGOSTO DE 2011 - SEXTO DÍA

       Hoy tenemos previsto un viajecillo a Drøbak, un pueblecito a unos 40 km. de Oslo (se puede llegar en el  autobús 501 desde la parada que hay en Fred Olsens Gate). Todo lo que yo pueda decir acerca de este lugar está muy lejos de ser objetivo porque realmente me encanta. De hecho, sería mi primera opción a la hora de vivir en Noruega, si pudiera elegir, claro. Yo ya lo había visitado hace cosa de dos meses, cuando me llamó la atención al descubrirlo por internet, y ya tuve la sensación de que era un lugar que difícilmente olvidaría.


Este pueblo tiene varios atractivos: el primero de ellos es que es un pueblo pesquero precioso, con todo lo que ello conlleva, unas casitas monísimas, los barquitos en el muelle, olor a mar, varios faros (esto ya es un gusto personal...desde que vi los Moomins cuando era pequeña). Pero además este pueblito tiene una particularidad especial: se dice que es el lugar de nacimiento de Papá Nöel y su residencia cuando no está viviendo en el Polo Norte. En cualquier época del año puedes entrar a Julehuset, su taller, situado en la plaza principal, y echar un vistazo a lo que allí te vas a encontrar; es algo comparable a lo que experimentó Jack Skellington cuando fue a parar a la ciudad de la Navidad. Otro mundo. Pero vamos, que incluso sin el taller Drøbak es un pueblo encantador. 


       Después de comer en unos banquitos al sol junto al muelle volvimos a Oslo porque aún nos quedaban varias cosas por ver, como por ejemplo, el Vigelandspark, el parque de las estatuas, otro de mis rincones preferidos de la ciudad. Hicimos bien en dejar este parque para el último día porque habría sido una pena visitarlo con mal tiempo; no es lo mismo verlo vacío que lleno de gente tumbada en la hierba, haciendo deporte o paseando por allí. Tras sacarnos alguna que otra foto con las estatuas volvimos a ponernos en marcha en dirección al centro para dar un último paseo, comprar algunas cosillas y visitar el barrio de Grünerløkka, la zona "alternativa" de Oslo. Ya con un poco de penita cenamos y a dormir, sabiendo que sólo disponíamos de unas horas al día siguiente antes de que Gema tuviera que volver al aeropuerto.

12 DE AGOSTO DE 2011 - ÚLTIMO DÍA

       A pesar de que el día no era muy aprovechable, no queríamos dejar de llenar el poco tiempo que nos quedaba juntas, y todavía no habíamos tenido oportunidad de conocer el lago que hay al lado de mi casa, el Lilletjern, así que allí pasamos la mañana acosadas por los patos. Nuestro viaje terminó a las dos menos cuarto, cuando el Rygge-Ekspressen de Gema salió camino del aeropuerto, con tristeza pero satisfechas de todo lo que habíamos hecho.

       Desde luego, fueron unos días de lo más completo, y me encantó recibir a Gema aquí, no sólo por su compañía que, evidentemente, me es grata, sino por la ilusión que hace enseñar y compartir los lugares que conoces con otra persona. Ahora mismo lo difícil es bajarse de la nube. No pongo en duda (bueno, sí) que sea cierto el que si no trabajáramos no valoraríamos tanto nuestro tiempo libre, pero es que cuanto mejor es un viaje más dura es la caída a la realidad. Pero aun así un viaje es lo mejor que nos puede pasar, porque no sólo es conocer sitios y gente, también son las anécdotas, los problemillas que surgen...es como una vida dentro de otra...¡y para mí el viaje dura hasta diciembre! Quizá mi próxima reunión con Gema sea en París, a no mucho tardar, pero eso sí, sin descuidar el viaje del año que viene: hemos hablado de conocer Transilvania...y algo me dice que lo haremos.

       Nota: todas las direcciones importantes están en el apartado Direcciones útiles, con una pequeña explicación de cada cosa. ¡Echa un vistazo!