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viernes, 5 de septiembre de 2014

¡Código rojo!

       Estaba yo en la guardería hace un par de semanas cuando empezó a dolerme la garganta. Mentalmente, me remonté días atrás para buscar una posible causa -atarle los zapatos a un nene y que me estornude en la cara..., quedarme dormida con la ventana abierta..., bañarme en Sognsvann por la tarde/noche porque ya no hay tanta gente...- y no encontré ninguna, pero el dolor aumentaba conforme pasaba el día. Durante la pausa me moría de frío, después tenía un calor horrible y, para cuando llegué a casa me sentía muy débil y con la tensión más baja que Russian Red.

       Me llamó una amiga para tomar algo y pensé: "¿Qué daño pueden hacerme unas cervezas? Al fin y al cabo el alcohol cura". Pues bien, al día siguiente no sólo mi inflamación había crecido exponencialmente, sino que además tenía resaca.

lunes, 10 de junio de 2013

El drama de mi vida

       No preocuparse. Si llevo tanto tiempo sin pasar por aquí sólo es porque he decidido que Oslo ya está muy urbanizado y me he apuntado de ahuyentadora de osos polares en las islas Svalbard. No, en realidad desde que no voy al gimnasio he perdido mucha resistencia y la molla ya no me deja correr como antes, así que más bien me contratarían de mera distracción y muy posible presa, y eso no me motiva lo suficiente.

       La verdadera razón de que haya estado desaparecida es que he pasado una racha complicada. Y hasta ahora, que veo que las cosas empiezan a ir mejor, no me he sentido con ganas de escribir. Entre finales de marzo y principios de abril estuve en España y, aunque no fueron tantos días, no toqué un libro de noruego ni por el canto, así que cuando volví me agobié más que Epi y Blas en una cama de velcro; las clases, el examen…Mientras tanto, tuve que solicitar una nueva habitación o al menos la prolongación de mi actual contrato, todo esto sin saber si sería aceptada en el tercer nivel de noruego, y con una posibilidad muy real de que, al no concederme plaza, perdiera todo de golpe y tuviera que acceder a mi siguiente opción: mimetizarme entre los rumanos de Jernbanetorget para vender el Folk er folk. Y a los rumanos no les gusta la competencia.


Y me sobra espacio
       Pero un buen día se alinearon los famosos astros y el SiO me adjudicó un hogar. Y, contra todo pronóstico, ¡es un apartamento! ¡Para mí sola! Tendrá unos 17m2, lo que equivale a una caja de zapatos más o menos habitable, pero qué coño, ¡es sólo mía! Como comprenderéis, después de compartir piso con seis personas (creía que eran cinco, pero la verdad es que nunca llegué a distinguir a las dos coreanas) y tener que soportar que la georgiana y el polaco me hagan la mirada del tigre a todas horas (lo subsano mangándoles fruta, compensación kármica creo que lo llaman) esta es una noticia fantástica.

       Total, que después de aceptar el piso y hacer la danza de la felicidad me dio por pensar que podrían no darme plaza en el curso. Pero sí, también me la dieron, y me comí todo el jamón serrano que tenía preparado para sobornar a los cargos necesarios. Aunque esto, amigos, eran regalos envenenados y disfrazados de buenas noticias, porque en abril no trabajé ni un solo día y fue el mes en que me pasaron absolutamente todas las facturas. El piso y el curso estaban concedidos pero no son baratos y, si no se pagan en el plazo establecido, adiós muy buenas, así que me quedé literalmente a dos velas (las encendía por las noches para aumentar el dramatismo de mi situación). Nada, no obstante, que no se arregle con unos mesecitos de fideos como base de mi alimentación...y renunciar a pasar aquí el mes de julio con Luis, como habíamos pensado.

       Y mis aventuras de estos últimos meses de tanto lío concluyeron hace unos días, cuando hice el examen oral del segundo nivel de noruego. Ese examen que ha consistido en mí soltando una perorata frente a un sonriente profesor y un corrector con pinta de no tomar muesli ni comer ciruelas ni nada. Cuando yo dejaba de hablar, el señor me miraba fijamente arqueando las cejas y entonces yo seguía hablando, ya no sabiendo ni de qué. Así durante unos quince minutos, en los que pronuncié el discurso menos coherente de mi vida. Pero, si gramaticalmente era correcto, me conformo.

       El caso es que la época de nervios y penurias económicas parece que toca a su fin y espero empezar a recuperarme desde ya. Pero ahora, cuando pensaba que al fin podría dedicarme a la vida contemplativa, hacer barbacoas y resolver misterios como por qué en Noruega todas las uvas vienen sin semilla, resulta que tengo que empezar a organizarme para la mudanza de la semana que viene. 

       En la próxima entrada os hablaré de la visita de mi familia (no sé cómo nos vamos a apañar todos en mi caja de zapatos, si mi padre echado ya nos roba la mitad de los metros cuadrados) y de cómo voy a amueblar mi casa con cero euros (multiplicar por ocho para obtener coronas); voy a fomentar el minimalismo extremo. ¡Los muebles están sobrevalorados!

martes, 19 de febrero de 2013

El frotar se va a acabar

       He sobrevivido a mis primeras coladas aquí, ¡yujuuu! Cuando os hablé de mi situación actual olvidé comentaros que no es sólo la cocina lo que comparto con demasiadas personas. Y es que en la residencia universitaria donde vivo ahora no tenemos lavadoras dentro de los pisos, sino que hay unas lavanderías comunitarias. En algunas residencias hay sólo una, mientras que en otras hay varias, dependiendo de los habitantes que haya (concretamente en la mía, Kringsjå, hay seis).


       Así es como funciona el tema: cuando me mudé aquí me entregaron, junto con las llaves, una tarjeta que tengo que ir recargando con una cantidad de entre 50 y 1000kr. para hacer la colada. Cada vez que quiero utilizar la lavandería tengo que hacer una reserva previa por internet, aunque también se puede probar suerte e ir sin reservar; yo, por si acaso, lo hago. Para ello, tengo que entrar en la página web de SiO (me reservo la explicación de qué es el misterioso ente SiO hasta la siguiente entrada) y seleccionar la lavandería a la que quiera ir y la lavadora que quiera utilizar. Una vez hecho esto, acudo a la hora reservada con mi tarjeta de lavandería que, cual pase VIP, me permite la entrada en portales ajenos siempre que estos alojen una lavandería. Ya dentro, introduzco la misma tarjeta en la lavadora o secadora que tenga reservada, pago y a lavar. 

A mí este sistema me parecía muy complicado, pero la primera vez que lo hice ya le cogí el punto. Yo es que, entre la imaginación que tengo y las películas que he visto, me monto unos escenarios maravillosos, y en cuanto entré en aquella sala y percibí el zumbido de las lavadoras, el olor a ropa limpia y vi las hileras de lavadoras y secadoras, empecé a entrar en modo lavandería del Bronx, que hasta me dieron ganas de ponerme unos pitillos, un pañuelo en la cabeza y sentarme en mi lavadora a pintarme las uñas (de rojo, por supuesto) mientras terminaba. Pero, haciendo un gran esfuerzo, mantuve la compostura y volví a subir a casa, aunque tuve que volver dos veces más, una para cambiar la ropa a la secadora y otra para recoger mi colada limpia y seca.

El precio varía un poco...
Por cierto, detalle importante: aquí, de forma oficial, los cestos de la ropa sucia son bolsas de Ikea, eso está estipulado casi por ley. Debajo de cada lavadora en funcionamiento, encontraréis invariablemente una gigantesca bolsa azul de Ikea. Yo, como todavía no había tenido oportunidad de hacerme con una de esas piezas fundamentales de mobiliario, me llevo la bolsa más grande que tengo: la del Carrefour (la que no se biodegrada camino de casa). Y resulta que un par de españoles que también viven aquí me reconocieron por la calle gracias a la dichosa bolsa. Otra seña identificativa típicamente española, junto con los forros polares del Decathlon. De alguna forma hay que marcar la diferencia.

lunes, 11 de febrero de 2013

Galería Dalype + Lucía Yela

       A veces, formar parte del grupo "Españoles en Oslo" tiene sus ventajas; el sábado, por ejemplo, nos dejamos llevar por un mensaje y fuimos a la inauguración de la exposición Thinking abroad, de la española Lucía Yela, en Dalype Galleri, una galería de arte que no conocíamos. 

       Dalype Galleri está en Bentsegata 1; tanto el bus 37 a Nydalen T como el 54 a Kjelsås stasjon es una buena opción para llegar si viajáis desde el centro; si no, ya sabes: Ruter.no y a hacer combinaciones. Lo mejor es que bajéis en Arendalsgata y deis un paseo hasta la galería, que queda muy cerca. Hay que cruzar una puerta de madera (en la que veréis un letrero con el nombre de la galería) y pasar a un patio; ahí está la entrada. Es una casa con aspecto de antigua granja restaurada, aunque he leído que, en realidad, es una construcción muy reciente que pretende imitar ese tipo de casa tradicional de la zona.



       Una vez dentro hay que ir a la planta baja, que acoge la exposición de Lucía; los demás pisos están ocupados con obras de otros artistas. Nosotras nos llevamos una grata sorpresa, ¡nos encantó! Además, como era la inauguración, tuvimos la suerte de conocer a Lucía en persona, así como a su hermano Jorge, ambos encantadores.

       Esta es su página de Tumblr, donde podéis ver parte de su obra, incluido el cuadro Tridalsvatnet, con el que, directamente, tuve un flechazo. ¡Ayyy, cómo me gusta! Comprobaréis que son obras con mucha personalidad, en las que Lucía ha utilizado una amplia variedad de técnicas y materiales, y donde la etnicidad y las diferentes culturas juegan un papel muy relevante. Algo a tener en cuenta también es que el trabajo de Lucía mantiene un fuerte compromiso social con Filipinas, lo que en mi opinión engrandece a obra y a artista.

       Os dejo esta entrevista para que la conozcáis un poco más a fondo, así como sus creaciones y su proyecto con Filipinas.

  


      Dicho esto, os comento que la exposición estará en Dalype Galleri hasta el domingo 17 de febrero, y que la galería abre todos los días de 13:00 a 17:00. Merece la pena acercarse. Así que, los que viváis en Oslo, aprovechad para visitar la exposición esta semana y, los que estéis en España, prestad atención por si expone cerca de vuestra ciudad pero, sobre todo, no olvidéis su nombre porque, seguramente, Lucía Yela dará que hablar.

domingo, 3 de febrero de 2013

Homeless? Not yet!

       Admito que se me fue la mano con las vacaciones de Navidad, pero después de haber sufrido un viajecito hasta España que dejó a la Odisea de Ulises a la altura de una excursión de boy scouts, no podía conformarme con menos (para ser fiel a la verdad, no todo fue malo: se salvó el hotel donde me hospedé en Madrid: el Francisco I -podéis leer aquí la crítica que escribí después, soy la única Ana de Oslo- ). Pero mi intención no es contaros las penurias de mi viaje (que también), sino las de mi regreso a Oslo. Y es que yo soy una mujer con muchas penurias que contar.

Winter's coming
       Todo (salvo la canción del elefante en la tela de araña) tiene un fin, y mi bien exprimido mes entre Santander y Salamanca también terminó. ¿Y qué pasó entonces? Pues que, siguiendo el conocido principio de que cuanto mayor es el período de ocio más difícil es la vuelta a la realidad (plus de dificultad cuando no tienes muy clara la realidad a la que vas a volver), fue todo un drama. Primero, la despedida con Luis, y de aquí extraigo mi primera lección del día: amigos, si vais a partir a tierras bárbaras, hacedlo sin pareja, os ahorraréis muchos disgustos...como el 50%, aproximadamente. Pero bueno, ya estamos acostumbrados a las despedidas a largo plazo y, en teoría, el tiempo de espera ya se ha acortado bastante, con lo que el agobio desaparece primero. Por otro lado, la incertidumbre respecto a todo lo nuevo que me espera (aka Santísima Trinidad): vivienda, estudios, trabajo. Me ayudó mucho que Ana me pasara a buscar por la estación, no es lo mismo llegar con el ánimo por los suelos y buscar a tientas tu nuevo y desconocido hogar a que te pasen a recoger, te enseñen dónde está todo y hasta te lleven un ratito la maleta (qué morro). Y es que es así: yo tengo un novio en España y una marida en Noruega. Fin de la discusión.

Mi nueva parada de metro
       Invertí el día posterior a mi llegada en acojonarme mucho con todo lo que se me venía encima. En un arranque de actividad, fui hasta mi antigua casa en Ammerud (que ahora me queda bastante lejos) a recoger mi tarjeta de impuestos, lo que me provocó una nostalgia que no necesitaba en aquel momento; las niñas se abalanzaron sobre mí cuando me vieron, la gata bajó corriendo a saludarme (todo lo rápido que puede bajar a saludar un gato, siempre conservando el orgullo y la dignidad) y encontré la casa mucho más acogedora que mi nueva habitación.

       El lunes tuve una mañana burocrática (el papeleo en Noruega...recordadme que escriba una entrada sobre este tema), de la que no saqué mucho en claro, pero por la tarde pude despejar alguna incógnita; primero, asistí a mi primera clase, donde comprobé que: 1) entiendo poco tirando a casi nada, y 2) el profesor explica bien, así que si combinamos las dos afirmaciones, añadimos alguna hora de estudio e invocamos a un puñado de dioses escandinavos creo que puedo aprender bastante en estos próximos meses, lo cual me agradaría, que no soy yo mucho de tirar billetes a la basura.

       Por otro lado, cuando volví a casa por la noche, encontré a una chica sola en la cocina y directamente la asalté con intención de hacer vida social: es coreana, se llama $&%)#@ (nombre impronunciable, pudo tener algo que ver el hecho de que me lo dijo con la boca llena de fideos coreanos) y me pareció agradable. En días posteriores también conocí a una chica de Georgia y a otra, francesa, con la que comparto baño, ambas simpáticas. Se rumorea que también existen un polaco y un noruego entre nosotras, pero nadie los ha visto. Por lo demás, mi casa es un misterioso laberinto de puertas donde, al final, si tienes suerte, acabas en tu habitación y, si no, perdido en alguno de los limbos que vas encontrando a tu paso. En el pasillo común, que lleva a nuestra cocina compartida (donde todo parece limpio pero en realidad tiene un ligero toque de grasa), hay unas notitas colgadas en la pared, en las que un montón de gente expresa lo bien que se lo pasó durante el año que vivió aquí. Habrá que ver si ese  espíritu de comunidad también se da en esta casa cuando nos conozcamos todos...los que lo sí mantienen son los del piso de arriba, a los que oigo guitarrear todos los días ("¿Quién no tiene valor para marcharseeee?"...sí, es cierto eso de que en Kringjså hay españoles).
  
La cocina y centro social
Aquí dejamos mi compañera
y yo nuestros enseres













       Mi primer día de trabajo en la guardería fue el martes, como sustituta, y fue un tanto peculiar: como no me habían impartido todavía ninguna formación, tuve que aprender a hacerlo todo mientras trabajaba, sobre la marcha. Resultado: meteduras de pata varias...pero el dinerito del día me lo gané a pulso. Días después he ido aprendiendo mucho más, mientras rotaba de guardería en guardería viendo cómo trabajan distintas personas en distintos espacios, lo que me ha causado unos considerables quebraderos de cabeza y momentos de confusión, pero está resultando ser una experiencia muy útil y positiva.

¿Crepes? ¡Me apunto!
       Y ya para terminar una anécdota muy emocionante que no quería dejar de contaros: en una de las ocasiones en que fui a la cocina a glotonear encontré esta nota, escrita por la francesa del cuarto de al lado. La respuesta de debajo es mía. En el espacio en blanco ya han escrito las otras dos chicas, también muy a favor. Es decir, que las asistentes a la cena internacional vamos a ser las cuatro únicas personas que se saludan en casa, sólo que hemos quedado vía papel, pudiendo haberlo propuesto cara a cara. Igualmente será emocionante. Ahora a ver qué preparo: ¿tortilla? ¿tapas varias? ¿un cocido montañés? Se admiten apuestas...
       

viernes, 7 de diciembre de 2012

Con forros polares y a lo loco

       Viernes. Y, desde luego, un viernes muy feliz, porque la semana tiene pinta de acabar mejor de lo que empezó. ¿Conocéis esos momentos en los que lo único que quieres es acostarte, cubrirte hasta las orejas y no salir de la cama hasta que alguna otra persona resuelva todos tus problemas? Pues para mí esta semana ha sido como un interminable día de esos. El mayor problema lo he tenido con mi banco que, al ser online, es muy cómodo, pero en casos como el que a mí me ha ocupado, no es tan práctico; se echa de menos una ventanilla física a la que ir a montar el correspondiente pollo. A pesar de todo, y para su desgracia, sí cuentan con un chat disponible las 24 horas del día a través del que he podido descargarme bien a gusto. Creo que he entrado más en el chat del Skandiabanken que en el Inforchat durante toda mi adolescencia. Pero, al fin, conseguí lo que quería. Moraleja: petardear funciona, hazlo.

       Pero ayer empezaron a mejorar las cosas y hoy han sido todo buenas noticias; la mejor de todas, que ya he podido pagar el piso universitario que me han concedido en Kringsjå, aunque haya sido al límite. ¡Ya tengo casa a la que volver en enero! Y también algo que hacer con mi vida: el curso de noruego nivel II del que me he matriculado en la Universidad de Oslo. Todavía queda algún cabo suelto por atar, pero también me quedan tres días laborables antes de volar a España, así que...la  próxima semana os cuento.

        Todo este rollo financiero más los temas burocráticos que tenía que resolver en la universidad han sido amenizados por un oportuno catarro semanal, seguramente provocado por los -17º con sensaciones térmicas obscenamente bajas que hemos vivido en Oslo estos últimos días y que me ha estado sometiendo a continuos cambios de temperatura.

       Me di cuenta de que el invierno iba en serio el lunes por la mañana, mientras llevaba a Ildrid e Ylva al colegio. Hacia la mitad del trayecto los dedos ya me dolían del frío, y sentía la cara congestionada. De las orejas no hablo, porque directamente creí que se me habían caído por el camino. Hacía viento, que es lo peor que puede hacer cuando hay frío, y me costaba respirar. Las niñas observaban entretenidas mis síntomas de congelación, girando todo el cuerpo para mirarme, porque ellas sí llevaban tal cantidad de ropa encima que no podían girar sólo el cuello (la pequeña es clavada a Maggie Simpson cuando lleva su traje naranja de invierno). Pero ya se sabe; una, que es chicarrona del norte, piensa: "bah, para un rato que voy a estar fuera no voy a abrigarme como si no hubiera mañana". Craso error.

       Cuando volví a casa, después de una hora en la calle, ni siquiera podía hablar, era como si parte de los músculos faciales se me hubieran dormido o paralizado. Tuve el frío metido en el cuerpo durante horas. Entonces pensé que, incluso para un rato, merecía la pena abrigarse bien, aunque lleve tiempo.

       ¿Y qué es abrigarse bien en Noruega? pues llevar un montón de ropa puesta por capas. Esta imagen representa bastante bien lo que digo:


Capas. Ésa es la clave. Es toda una parafernalia, pero necesaria. Si te vistes así puedes pasar el día fuera, disfrutar del frío. Si no, estarás pasándolo mal y deseando volver a casa. Yo, normalmente, prefiero ponerme un chaquetón que abrigue bien y ahorrarme alguna de las capas intermedias, sobre todo teniendo en cuenta el calor que hace en lugares cubiertos. Pero para gustos los colores. Eso sí: las prendas de lana debajo de todo son imprescindibles. Y los calcetines. En cuanto al gorro y los guantes, es muy importante que lleven forro interno, de lo contrario parecerá que no lleves nada. Los típicos guantes que nos ponemos en España, aquí puedes llevarlos hasta mediados de noviembre como mucho. El calzado también tiene lo suyo; si vives en el centro de Oslo, donde retiran toda la nieve de las aceras, puedes sobrevivir con botas de invierno normales. Yo, que hasta ahora he vivido en las afueras, donde retiran sólo la nieve justa, necesito unas botas bien forradas y con una suela gruesa.

Las 180nok mejor invertidas de mi vida

Para lo que no hay solución es para el hielo. Ya puedes llevar unas botas con el dibujo de un neumático en la suela, que en cuanto pises hielo te resbalarás sí o sí, dando como resultado, en el mejor de los casos, una pirueta de patinaje artístico mejor o peor disimulada o, en el peor, una caída de todo tu ser al suelo, donde lo primero que suele aterrizar es el culo. Y duele. Os prometo que duele mucho. ¡Pero! Hay una solución alternativa: los llamados brodder, unas estructuras de goma con unos salientes metálicos que se adaptan al calzado y agarran perfectamente en el hielo. Los noruegos apenas se los ponen, salvo mujeres embarazadas o ancianos. Pero yo no soy noruega, no nací con el don de caminar verticalmente, así que me los pongo feliz de la vida. Eso sí, tienen una desventaja: resbalan en cualquier otra superficie que no sea hielo, y tienen la virtud de transformarse en zapatos de claqué cuando pisas un suelo cualquiera. Por si alguien se lo pregunta, los compré en XXL, pero los venden en cualquier tienda de deportes. Existen otras modalidades, por ejemplo, para correr, pero no me apetece arriesgar tanto mi vida, por el momento.

       Ahora entiendo por qué la gente me decía que el del año pasado había sido un invierno suave. Seguiré informando.

    

lunes, 26 de marzo de 2012

Soy una superviviente


…del invierno noruego. O al menos del oslense (¿osleño, oslenita…?). Ya puedo confirmarlo porque al fin parece que está llegando la primavera, así lo dicen los minutos de luz que se van agarrando a los extremos de los días, las lagunas de hierba que aparecen entre la nieve, el agua que gotea de los tejados o las capas de hielo que crujen bajo las botas. (*Edito: ayer fui a la playa. Definitivamente, ya es primavera. Tardo tanto en escribir mis entradas que se me pasan las estaciones) Y no me queda otra más que declararme fan del invierno noruego.

           Cierto es que he jugado con ventaja al huir a España durante todo el mes de enero, el más duro del invierno aquí, pero son demasiados años viendo anuncios de El almendro como para no volver a casa por Navidad, y más después de ocho meses. Aunque tampoco Cantabria por esas fechas goza precisamente de temperaturas caribeñas, así que tan entrañables fiestas las compartí con mis dos viejas amigas de parranda: la señora humedad y doña alergia (que no "alegría"). En Oslo el clima seco me da una tregua, pero hay otras gracias: los labios y las manos se me han agrietado seriamente por momentos ¡e incluso se me congeló el pelo en más de una ocasión! (no es cachondeo, bien lo sabrán quienes están al tanto de mi boicot al secador).


Dos cosas han llegado a cansarme un poco del invierno aquí; una es el hielo, esa consecuencia en la que yo no caí hasta que lo hice casi literalmente. La primera vez que nieva es una fiesta: te sacas fotos, te tiras bolas, te quedas mirando por la ventana mientras compones haikus...Cuando sigue nevando en marzo te vienen a la cabeza otro tipo de composiciones, bastante menos poéticas. La nieve, que se acumula por todas partes, se deshace y todo queda cubierto de una capa de hielo que convierte a la ciudad en una enorme pista de patinaje. No hay suela mágica contra un suelo resbaladizo y pulido cual espejo, salvo unas suelas con clavos que se acoplan al zapato, muy prácticas en según qué ocasiones pero no muy cómodas para el día a día. Yo me he caído solo un par de veces y os aseguro que una caída en el hielo es tan dolorosa como en un suelo de cemento. Afortunadamente no tuve mucho público, lo cual tampoco es especialmente relevante, dado que aquí la gente tiene asumido que todo el mundo se cae alguna vez en invierno, con lo cual nadie se escandalizará si te ven pegarte un buen morrón. Pese a todo, yo he ido siempre con el máximo cuidado, sin prisas...pero no hay tu tía; varias veces me he quedado a media cuesta en una postura ridícula sabiendo a ciencia cierta que fuera cual fuera mi siguiente movimiento terminaría resbalándome. Y es tan frustrante avanzar un paso y retroceder dos...a mí me daban ganas de desplazarme a todas partes haciendo moonwalk.

¿Solo -14º? ¡Venga ese Calippo!
           El segundo aspecto que me ha resultado un tanto cansino es la oscuridad. Verdaderamente se pasa muchas horas de noche y, a veces, la poca luz que hay durante el día proviene de un sol breve y tenue. Esto no quiere decir, ojo, que no haya días luminosos y soleados durante el invierno (que de hecho suelen ser los más fríos), y además la nieve ilumina más de lo que puede uno pensar, pero cuando enciendes la luz a las 2:30 de la tarde puede llegar a darte un ligero bajón. Esto se acentúa si trabajas muchas horas, porque durante todo el invierno sales de tu casa y llegas a ella de noche, y esto es así.

           Pero, a mi parecer, las cosas buenas del invierno en Noruega se imponen con creces a las no tan buenas. Sobre todo porque la gente aquí sabe sacarle partido a su invierno, seguramente por necesidad...si los noruegos pasaran dentro de sus casas los días de frío estarían encerrados durante meses, pero es justo al contrario: no solo no se paraliza el país, sino que el frío se disfruta. Puedes practicar todo tipo de deportes de invierno, esquí para empezar. Durante este tiempo me ha dado la sensación de que no hay ni un solo noruego que no sepa esquiar, incluso a los niños empiezan a enseñarles cuando son muy pequeños. Yo fui un par de veces con Inga para que me enseñara lo básico, y...bueno, en otra ocasión os hablaré de la nueva modalidad que inventé: esquí con fase de vuelo. El dolor de mi rabadilla fue inversamente proporcional a mis ganas de volver a intentarlo durante varios días. Hay quienes practican también snowboard, pero ese es un deporte caro incluso aquí. El esquí de fondo también es muy popular, y en los mapas de rutas vienen perfectamente trazados los caminos por donde puedes ir, diferenciándolos de los caminos de verano. También se practica patinaje sobre hielo (¡divertidísimo!), senderismo y escalada por la montaña, trineos con y sin perros, pesca en el hielo...Y si no eres mucho de deporte, siempre puedes relajarte yéndote a pasar el fin de semana a tu cabañita del bosque o la montaña, o alquilar una a un precio moderado. Las hay desde muy básicas hasta con sauna o piscina particulares, todo un lujo del que los noruegos saben disfrutar. Vaya si saben. De eso os hablaré cuando tenga una, es decir, esperad sentados. 

...donde me bañaba en verano
El mismo lago...
 
           Pero vamos, que al final todo esto de las actividades de invierno creo que es una excusa para sacar la fiambrera con las naranjas y el chocolate (tradición) y el termo. (¡ATENCIÓN! Si quieres ser alguien en Noruega, por favor, hazte con una fiambrera y un termo. La fiambrera se puede sustituir por un tupper común, pero el termo está más jodido. Hazme caso y consigue estas dos cositas pero ya. Si no, cuando seas un paria social no me vengas pidiendo explicaciones, que ya lo avisé). Ahora en serio, son geniales. ¿He dicho ya que soy fan de los noruegos?

           Las casas son un paraíso en invierno. Muy acogedoras y cálidas. Ya de por sí están perfectamente aisladas del exterior, así que con un poquito de calefacción es suficiente para estar muy a gusto. Y no hay nada como sentarse a tomar un chocolate y unas pannekaker o unos gofres mientras fuera cae la nevada del siglo. Con el suelo calefactado del baño directamente se me saltan las lágrimas. Hasta la taza del váter está templada, es gloria bendita. Pero tampoco es demasiado duro salir si te forras previamente con capas de ropa al más puro estilo "cebolla". Sin la ropa adecuada puedes sufrir bastante, y como el tiempo aquí es muy cambiante siempre es bueno llevar repuestos de toda clase en esa mochila que se convertirá en parte de tu cuerpo, casi un marsupio, desde que pongas el pie en Norge. Los noruegos tienen un sentido muy práctico de la moda, sin perder el toque fashion. De hecho, aquí existe un refrán: Det finnes ikke dårlig vær, bare dårlige klær...que viene a decir que no hay mal tiempo, sino ropa inapropiada. Toca aplicarse el cuento, pues.

           Resumiendo: no voy a ser hipócrita; el frío cansa a cualquiera, lo mismo que el calor extremo, y en ocasiones se echan en falta algunos grados más (no por casualidad los noruegos adoran los países cálidos), pero puestos a pasar frío mejor que sea en Noruega, donde al menos podrás ponerte sin reparos un gorro de lana con forma de pastel (¡sí, la guinda es la borla!). Heia Norge!


martes, 26 de julio de 2011

Marcha de las Rosas

       Metros llenos, tranvías a rebosar y gente esperando en las paradas a que pase un autobús menos lleno. Ese era el panorama que se vio en Oslo ayer, día 25 de julio, ya desde mucho antes de las 6 de la tarde. Impresionante la marea de gente que acudió al centro de Oslo para homenajear a las víctimas de los atentados con la llamada Marcha de las Rosas; nada menos que 150000 personas sólo en la capital de Noruega, lo nunca visto en más de 60 años. Parecía que ningún noruego se había quedado en casa, y así lo atestiguaban los carteles de todas las floristerías, que anunciaban mercancías agotadas. Había gente hasta tal punto que lo que en principio iba a ser una marcha terminó siendo una concentración junto al ayuntamiento, porque allí no había quien se moviera. Eran miles de personas con rosas en las manos; había niños, adolescentes, amigos, familias al completo y personas solas, pero todas llevaban flores.

       En la Rådhusplassen se dispuso una gran pantalla y un escenario. Habló el príncipe Haakon y también Jens Stoltenberg, cuyas palabras más aplaudidas fueron Ondskab kan draebe et menneske, men aldrig besejre et helt folk, algo así como El mal puede matar a un humano, pero nunca derrotar a todo un pueblo. Yo, desgraciadamente, aparte de algunas palabras sueltas, no conseguí entender nada, pero miraba a mi alrededor y eso me bastaba, porque sí entendía lo que decían los noruegos con sus gestos, sus rostros y su actitud. Después todo el mundo entonó Til Ungdommen, cómo no, esa canción que me pone los pelos de punta desde que la escuché por primera vez hace tan sólo tres días. No podría describir la sensación de ver a tanta gente unida, compartiendo dolor pero también fuerza. Fue, en definitiva, un acto en apariencia sencillo que terminó convirtiéndose en algo apoteósico...no dramático, pero sí muy emotivo; al menos a mí, particularmente, sí consiguió emocionarme.

       Eso fue ayer lunes por la tarde. Pero cuando esta mañana bajé al centro pude comprobar que el homenaje no había terminado aún. Nunca antes de venir a vivir aquí había estado en Oslo, y sin embargo puedo aventurar que jamás ha estado tan bonita como ahora. Es como un enorme monumento; por todas partes se ven homenajes con flores, velas, fotos, cartas, dedicatorias…y cuando digo en todas partes no exagero; los noruegos, al terminar la manifestación, depositaron las rosas que portaban en las estatuas, en los árboles...a lo largo de toda la ciudad. Juzgad vosotros:





domingo, 24 de julio de 2011

Ver arder el mundo

       Sé que debería haber escrito mi segunda entrada mucho antes, pero me estaba costando decidir el tema sobre el que hacerlo. Lamentablemente, los sucesos ocurridos antes de ayer en Oslo me brindan una triste excusa para actualizar mi blog.

A = Isla de Utøya
        Os cuento a grandes rasgos lo que todos sabéis: el viernes 22 de julio, sobre las 13:30 de la tarde, se produjo una explosión en el complejo del gobierno de Oslo, causando graves daños en cuatro edificios, incluidas las oficinas del VG, uno de los periódicos más importantes y valorados de Noruega. Rápidamente se evacuó al primer ministro, Jens Stoltenberg, contra el que se creía iba dirigido el ataque. Dos horas después, las noticias volvieron a aterrorizarnos con un tiroteo en la isla de Utøya, a 40 km. de Oslo, donde se concentraban más de 500 personas en un campamento juvenil del partido laborista. El resultado son 92 víctimas mortales entre los dos atentados, de las cuales 84 murieron en la isla. El autor de esta barbarie es Anders Behring Breivik, un noruego de 32 años que se ha declarado nacionalista y simpatizante de la extrema derecha, así como contrario a la sociedad multicultural, y que durante dos años se ha dedicado a preparar esta salvajada, con la frialdad más cruel. 

       Si queréis conocer detalles o ampliar información, en internet las páginas de noticias se actualizan de forma constante; yo no voy a profundizar en ello, dado que no es mi intención escribir un reportaje periodístico ni despertar morbo, sino simplemente contar cómo lo he vivido yo aquí y dar mi punto de vista al respecto.

      Antes que nada, no puedo sino sentirme fascinada por la actitud y la organización con que los ciudadanos noruegos enfrentan esta situación, porque me parece sencillamente ejemplar. La labor de la policía ha sido digna de admiración en todo momento, dando sólo a conocer datos ya confirmados, lo cual es de agradecer. Cuando al principio todo apuntaba a un ataque islamista, en ningún momento hubo especulaciones gratuitas al respecto por parte de las autoridades, sino sólo hipótesis a nivel individual, lo cual es inevitable, por otra parte.

       El modus operandi de los noruegos ante esta situación los diferencia de muchas otras sociedades; ellos no han contraatacado sin ton ni son, ni proferido amenazas a la ligera, ni buscado culpables y enemigos desde el primer momento. Aquí no acostumbran a utilizar a los muertos como moneda política, esto es otro mundo. Incluso buscan su propio bien antes que el mal del asesino.

       Me habría gustado que esta entrada fuera sobre algo más alegre pero, aunque este sea un suceso que lamentar, no deja de formar parte de la historia de este país y como tal no debe caer en el olvido. Como en todo, hay que intentar mirar el lado positivo y, en este caso, es el hecho de que la explosión no se produjera a una hora punta y en un momento del año en el que un porcentaje significativo del país no estuviera de vacaciones; de lo contrario, ahora mismo tendríamos que lamentar muchas más víctimas. Claro que, posiblemente, todo fuera planeado por el asesino como simple distracción para disponer de más tiempo en la isla.

      Me identifico plenamente con el dolor y la conmoción de un pueblo que no ha conocido tanta violencia desde la Segunda Guerra Mundial.  Los noruegos salieron ayer a la calle para dejar flores y y rendir sus homenajes, después de haber pasado un día en sus casas, buscando una respuesta a la pregunta que todos nos hacemos, quizás una explicación que pudiera llegar a darle sentido a esta locura o a ordenar un puzzle que sólo nos da como resultado una absoluta pérdida de fe en el ser humano porque, como bien dijo Alfred Pennyworth en The Dark Knight: "[...] some men aren't looking for anything logical, like money. They can't be bought, bullied, reasoned or negotiated with. Some men just want to watch the world burn".

      En definitiva, y reservándome mi opinión acerca del asesino, porque no es él el protagonista de esta entrada, me niego a creer que un mundo de violencia sea lo único que nos espera y, aunque tal vez peque de ingenuidad y simpleza, sólo espero que este país, que tanto se ha involucrado en proyectos humanitarios, con su sociedad abierta y confiada que no teme a sus propios ciudadanos, donde la policía nunca va armada y los políticos no son seres superiores a los ciudadanos de a pie, y que de ninguna manera se merecía esta injusticia, nunca cambie sus principios y siga siendo el ejemplo de sociedad que debería seguir el resto.

lunes, 20 de junio de 2011

Un blog que empieza en Oslo y quién sabe dónde terminará

       Y empieza en Oslo porque en algún sitio tiene que hacerlo, claro. Vuelvo a embarcarme en un blog aun a riesgo de defraudar a mis hipotéticos seguidores dejándolo a medias, ya que la dejadez es algo a lo que soy bastante propensa, pero al menos comienzo con ganas; parafraseando a Bart Simpson: no os prometo que lo intentaré, pero intentaré intentarlo.

       En primer lugar, me gustaría decir que mi vida no es tan sumamente apasionante como para ser digna de mención diariamente (menos mal), pero sí que me gusta escribir cosillas de vez en cuando, aunque sean poco interesantes y me las guarde para mí; claro está que al hacerlo aquí espero cierta acogida en la red, si no fuera así escribiría en una libreta. Aparte de esto, durante estos meses estoy viviendo una de las experiencias más ¿importantes?...no sé, quizá más bien soñadas de mi vida, y mientras sea un día a día y no un recuerdo, me gustaría compartirla a modo de anecdotario o, por qué no, para que alguien eche mano de ella en caso de planear un viaje...¡a Oslo! Porque aquí es donde estoy viviendo y donde seguiré, si me aguantan, hasta dentro de una temporada.

       Vayamos por partes: ¿cómo he llegado aquí? os cuento: desde que terminé la carrera hace unos meses (Filología, para quien le interese) mi única ocupación a nivel laboral ha sido dar clases particulares de español (y eso cuando había suerte) en Salamanca, la ciudad donde he estudiado y vivido durante los últimos años. No es que me quejara de la situación, de hecho pretendo dedicarme profesionalmente a la enseñanza de español, pero sí echaba en falta hacer algo diferente. Eso unido a las pocas (por ser gentil) posibilidades de trabajo que hay ahora mismo en España me animó a buscar trabajo fuera y más concretamente en Noruega, un país que siempre me ha atraído. Así que me he liado la manta a la cabeza (cuánto me gusta esta expresión) y me he plantado en territorio vikingo.

       Pero esto no ha sido maravilloso desde el minuto uno; los primeros días me replanteé muchas veces si esto era lo correcto, valorando hasta qué punto merecía la pena alejarme durante ocho meses de mi pareja, mi familia, mis amigos, mi gata, mi verano, las casetas de feria, la noche de San Juan, las partidas de palas en la playa, esos paseos helado en mano por la bahía de Santander...(no he enumerado mis nostalgias por orden de preferencia, ¿eh? aunque ahora que lo pienso...).

       Al margen de eso, supongo que el blog será un poco caótico porque aparte de tener muchas aficiones soy un poco veleta; un día me apetece escribir sobre un tema, al día siguiente sobre otro...o a lo mejor me da por no tocar el blog en una semana (esto último intentaré evitarlo, porque suele ser el principio del fin). En realidad no tengo pensado cómo llevarlo exactamente, me dejaré llevar por momentos de inspiración...o de tontería, que también tengo mucha encima. Pero lo importante es que ahora, pasados casi dos meses desde mi aterrizaje en Oslo, me siento con ánimos de compartir todo lo que estoy viviendo. Además, podéis tener por seguro que esta es una experiencia realista a más no poder, ya que está contada por mí, la más humilde de las plebeyas, en el país más caro del mundo.

¡Deseadme suerte!