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lunes, 26 de junio de 2017

Croacia o cómo sucumbimos al palo selfie (y II)


         En capítulos anteriores nos habíamos quedado a punto de zarpar desde el puerto nuevo de Dubrovnik, donde no había gran cosa que hacer aparte de sentarse a la sombra y quejarse del calor.


       Nos habría encantado ir en coche hasta Split, pero para eso habríamos necesitado varios días más. No descartamos hacerlo en algún momento, y aprovechar de paso para parar en otras ciudades croatas menos conocidas. Además, después de este viaje, también me atrae muchísimo el resto de países de la antigua Yugoslavia, así que la cosa ya se saldría de madre. Pero el trabajo en una guardería noruega ofrece las vacaciones justas y necesarias, así que por esta vez tuvimos que buscar soluciones rápidas, y la mejor en aquel momento nos pareció ir en barco hasta Split. La experiencia nos decepcionó un poco. La embarcación era un catamarán (parecido al que hace el recorrido Oslo-Drøbak) que iba atracando en diferentes puertos durante el trayecto a Split. Tenía asientos muy cómodos, cargadores de móvil, cafetería...pero habían restringido el acceso a cubierta, así que tuvimos que ir sentados dentro cuatro horas. Las ciudades croatas donde íbamos parando a dejar y recoger pasajeros parecían bonitas, pero tuvimos que echarle mucha imaginación, porque los cristales del barco eran ligeramente ahumados (o muy sucios). Y viendo el buen tiempo que hacía fuera yo iba alternando agobio y cabreo como emociones dominantes. El viaje no se me hizo tan largo porque me lo pasé casi entero leyendo sobre la guerra de los Balcanes, un tema que me tuvo bastante obsesionada esos días, pero fue una pena que mi sueño de avistar Split desde la cubierta mientras hacía...no sé, alguna especie de performance, se viera truncado.


       La llegada fue un poco a la carrera. Nos encantaba todo lo que veíamos, pero habíamos quedado con la chica que nos alquilaba el alojamiento y no podíamos entretenernos. No hacíamos más que equivocarnos de calle, volver hacia atrás...todo esto cagándonos en la obsolescencia programada que acusaban nuestros móviles en el preciso instante en que necesitábamos mirar Google Maps. Era como estar haciendo una carrera de orientación por toda la ciudad. Pero al fin, casi sin resuello, encontramos nuestro efímero hogar: una habitación espectacular en pleno casco antiguo de Split, con todo lo necesario (incluyendo aire acondicionado, que agradecimos sobremanera). Marijana, la chica que nos alquiló la habitación, se había desplazado desde otra ciudad para darnos la llave y explicarnos cómo funcionaba todo. Hablaba un inglés perfecto y hay que decir que fue mucho más práctica con la gestión de los pasaportes que nuestros anteriores anfitriones: les sacó una foto y ya (ojo, que siempre le tendremos un cariño especial a Carmina -y amén-). Era encantadora, me cayó bien a nivel quiero que seas mi primera amiga splitense o spalatina.


        Después de colgar nuestra ropa de baño, que ya empezaba a oler a perrete mojado, salimos a cenar. La chica de la habitación nos había recomendado un restaurante llamado Bepa, y yo de mi amiga Marijana me fío a muerte, ¿vale? Así que para allá que fuimos. Algo genial de nuestro alojamiento es que, por si su ubicación no fuera suficientemente buena, tenía un mágico pasadizo justo en la puerta que nos llevaba directos a Narodni Trg, la plaza principal de Split, donde además del restaurante que buscábamos, está el edificio gótico del ayuntamiento y -aquí viene mi dato favorito- la librería Morpurgo, que lleva en el mismo sitio desde que fue abierta en 1860, lo que la convierte en la tercera librería más antigua de Europa de entre las que aún operan (hago oídos sordos a los rumores de que cerrará pronto). Amor. En el Bepa nos pusimos como el chico del esquilador y luego nos dimos un paseo nocturno muy necesario para bajar la cena. En este punto tuvimos la agridulce sensación de que nos habíamos equivocado dejando tan poco tiempo para conocer Split, que nos pareció mucho menos masificada de turisteo que Dubrovnik, más tranquila y con bastante que ver. Había que elaborar un plan de ataque.



       Madrugamos y conseguimos visitar casi toda la ciudad antigua antes de que el sol nos pegara de pleno. Es muy curioso pasear por la parte vieja de Split, donde las ruinas y monumentos romanos se integran con construcciones modernas, fusionándose muchas veces en forma de restaurantes, terrazas e incluso viviendas. En el Peristilo del Palacio de Diocleciano vimos a las 12 el cambio de guardia más teatrero de nuestras vidas, con unos soldados romanos a quienes les bailaba el casco en la cabeza y el emperador Diocleciano junto a la hermosa Prisca, que parecían sacados de una portada de Health & Fitness, saludando a los ciudadanos desde la entrada del palacio y pidiéndoles que dijeran más alto lo bien que estaban, mientras sonaba una música majestuosa, muy de emperadores. Cuando terminaron, bajamos a los subterráneos del palacio, que comunican con el puerto y que, aunque una vez fueron catacumbas, ahora están llenos de puestos de artesanía, algunos de los cuales merece la pena visitar. De vez en cuando nos encontrábamos con algún grupo de soldados romanos, que atajaban por ahí para ir a tomar unas cañas. Con esa actitud no sé yo si defenderán mucho el imperio.



       Riva, el paseo marítimo de Split, es peatonal, amplio y agradable de caminar, aunque algo me dice que esas palmeras no deberían estar ahí. Desde allí decidimos volver a la parte vieja atravesando Ulica Stari Pazar y su enorme mercado al aire libre de verduras, frutas y flores, donde también encontramos productos locales y puestos de comida croata. El color rojo de las cerezas me atraía tanto como me asaltaba la sospecha de que mi alergia volvería si osaba probar aunque solo fuera una, y ya estaba demasiado recuperada como para estropearlo todo, así que me dediqué a admirarlas. Cada puesto, con sus balanzas antiguas y sus vendedores hablando a voz en grito, me traía recuerdos de paseos matutinos al Mercado de la Esperanza, en Santander, junto con mi abuela, cuando yo era pequeña. Mi memoria olfativa también trabajaba al límite de su capacidad, así que yo iba como un sabueso de los ramos de flores, aún con sus gotas de rocío, a los quesos en aceite, en una espiral de nostalgia y de dónde-encuentro-esto-en-Oslo. En las partes que están tanto pegada a la muralla como junto a la avenida principal venden ropa, recuerdos y artilugios más propios ya de un mercado de pulgas común. Justo antes de entrar por la Puerta de Plata en dirección al palacio, compramos un palo selfie. Sí, amigos, no podemos escudarnos en que nos lo vendieran con triquiñuelas o que lo encontráramos perdido en la calle. Compramos un palo selfie con todas las de la ley, por la pura arrogancia de compartir encuadre con todo lo bonito que veíamos y hartos de que todas nuestras autofotos estuvieran llenas de papadas. Y no nos arrepentimos. Allí mismo, junto a la Puerta de Plata, nos sacamos esta nuestra primera foto con él.


       Continuamos deambulando por Split un rato más y salimos por la Puerta de Oro. Nos gustó mucho la estatua de Gregorio de Nin (una persona que un buen día se levantó con ganas de traducir al croata el misal romano) en su postura de villano de película de magos, pero se nos olvidó tocarle el dedo gordo del pie, que dicen da buena suerte, así que si nos pasan cosas malas el resto del año será, evidentemente, por eso. Y una vez más me dejó atónita la cotidianeidad de la vida entre ruinas romanas; esta vez, una señora en una ventana dando de comer a su pájaro. Es decir, hay una señora en el mundo que, a la pregunta "¿y usted dónde vive?" responde: "En la muralla de Split, junto a la Puerta de Oro. Bitches." Luego aprovechamos que ya estábamos allí para ver qué había más allá del muro y beneficiarnos un poco de la bajada de precios para comer.
     

       Tras nuestra experiencia bañándonos en Dubrovnik, nos apetecía mucho probar alguna playa de Split, así que volvimos al paseo marítimo y entramos en una tienda de deportes a por unas gafas de buceo. El hombre que nos atendió entendía español pero no se atrevió a hablarlo con nosotros porque decía que tenía poca práctica. También se enorgulleció de ser hablante nativo de croata porque así, dijo, cualquier idioma le resultaba fácil. Y para mostrarnos lo bien que hablaba inglés, se dedicó a detallarnos minuciosamente de dónde procedía cada pieza de fabricación de las gafas que nos vendió. Después, ante la suspicaz mirada de Luis, les quemó el cristal con un mechero para evitar que se empañasen. Nos orientó también sobre dos o tres playas al oeste de Split más destinadas a la práctica de deportes que al tumboneo. Muy bien, pues ya teníamos gafas de buceo y palo selfie; ahora teníamos que ponernos en marcha antes de que se nos olvidara nuestro propósito y nos dedicáramos a seguir acumulando trastos ad infinitum.


       Atravesamos todo el parque Marjan, una reserva natural que me recordó en cierto modo a la Península de la Magdalena, pero a lo bestia. Hicimos una buena caminata hasta la cima, pero mereció la pena, sobre todo por las vistas que hay desde el mirador a medio camino. También tiene una de esas fuentes a la sombra donde nunca te cansas de beber agua. Acostumbrada como estoy a ver en Oslo gente practicando deporte al aire libre en cuanto las condiciones climatológicas lo permiten mínimamente, me sorprendió no encontrar a nadie corriendo, entrenando perros o haciendo senderismo en un entorno como aquel, donde las vistas eran preciosas en cualquier dirección. Por eso me sentía un poco fuera de lugar o en algún sitio donde no se supone que debiera estar. De hecho, eran tan pocas las personas que nos encontramos camino a la playa, que intercambiaban saludos con nosotros. Que me aspen si no nos estábamos adentrando en el Split profundo. Nuestra intención era llegar hasta la playa paseando por la senda del parque, pero cuando nos dimos cuenta de que el camino bordeaba toda la península resolvimos atajar campo a través, en plan cabra. Nos dirigíamos a Bene, la playa más alejada de Split y la que suponíamos estaría menos llena. Acertamos; solo estábamos nosotros y un par de tipos más que supusimos lugareños. No era una playa al uso, sino más bien una orilla de piedra y rocas con espacio suficiente como para colocar algunas toallas, pero tenía el agua más transparente que he visto en mi vida. Junto a la orilla, entre los pinares, una cafetería con terraza y un par de pistas deportivas. Echamos el resto de la tarde nadando y viendo bancos de peces, medusas, coral...Después extendimos toda la ropa mojada sobre una roca (no más perretes en nuestra habitación, gracias) y nos quedamos mirando cómo se ponía el sol. Como este momento nos pareció de lo más metafórico, nos vimos obligados a grabarlo; lo comparto aquí.


         Sabíamos que levantar el campamento suponía el fin del viaje, pero tampoco queríamos hacer todo el camino de vuelta en total oscuridad. Volvimos ahora bordeando la costa que no habíamos visto antes, por un paseo iluminado y, ahora sí, lleno de gente. Se levantó un fuerte viento que resultó en brisa tranquila y templada al cabo de unos minutos, con olor a pino. El cielo estaba rosado, el mar oscuro y los pescadores guardaban las redes y volvían a casa. Pensamientos que no quería tener en aquel momento acudieron sin ser llamados, pero me había prometido que, por una vez en mi vida, no iba a amargarme los últimos ratos de viaje, así que en lugar de tirarme al suelo y hacer el bicho bola mientras me compadezco de mí misma y de lo poco que viajo, con lo que a mí me gusta, propuse a Luis poner el colofón yendo a cenar un poco de pescado frito en un restautante que habíamos visto por la mañana, y tomar algo después. El paseo nos condujo a través del pinar primero, y barrios de casas después, hasta la calle Marmontova, una de las principales avenidas de la ciudad vieja.


       Para terminar la noche, nos sentamos en la terraza de un restaurante que nos llamó la atención: el Corto Maltese. Su carta era muy tentadora, pero ya estábamos llenos de algo parecido a chanquetes, así que solo bebimos. Un aplauso para los camareros, que me animaron a entrar al local solo para verlo, porque la decoración era espectacular. Aun así, y no me matéis, confieso que no me entusiasman las ilustraciones de Hugo Pratt, a pesar (o quizás a causa) de haber tenido siempre presentes muchas de sus novelas gráficas (Corto Maltés entre ellas), porque mi padre sí es un gran aficionado.


       Nuestro periplo termina en el peristilo del Palacio de Diocleciano, donde doce horas después del cambio de guardia hortera, escuchamos a un grupo callejero que nos hace la vuelta a casa más melancólica, pero nos completa el viaje. Después de esto solo hay sueño, controles, aviones y otros menesteres poco interesantes. 


       En Croacia dejamos una crema solar y un champú demasiado grandes, pero nos trajimos una piedra de la playa de Dubrovnik (efectivamente, soy una de esas personas que recoge piedras aleatorias de la calle, llevo haciéndolo desde Windsor, 1995 y nadie me detendrá). Una vez más, Europa me deja positivamente sorprendida y con ganas de más. Puedo aventurar que mi próximo viaje a Croacia también lo será al resto de repúblicas de los Balcanes, así que voy a ir preparándome una buena razón para coger un permiso largo. Esto me va a llevar muuuucho tiempo.
       

martes, 6 de junio de 2017

Croacia o cómo sucumbimos al palo selfie (I)

       Amigos, si hay una sensación impagable y que no podría describiros fácilmente, es la de salir de un avión procedente de Oslo que acaba de aterrizar en el aeropuerto de Dubrovnik e ir notando cómo el sol te calienta poco a poco la punta de la nariz, que tienes fría e insensible desde que, hace ya semanas, empezaste a sufrir la dichosa alergia al polen de abedul. Por eso en cuanto pisé suelo croata me quedé parada y mirando al cielo con los ojos llorosos y entrecerrados (de nuevo, abedul). El resto del día lo pasé purgando mi cuerpo, así que tratad de añadir a todo lo que os cuente un montón de pañuelos de papel, un inhalador (pizca de asma, cortesía de la casa) y un colirio como elementos de contextualización. Ayudará a que os metáis en la historia. De nada.

       Subirme al autobús que nos llevó del aeropuerto a Dubrovnik fue como dar un salto espacial y plantarme en el bus de línea Oruña-Santander; la misma tapicería, la misma era de fabricación...Casi me sorprendí cuando el conductor no sintonizó Estéreo Latino. Le doy al bus croata 4 puntos de carisma porque pudimos pagar con tarjeta, algo maravilloso si tenemos en cuenta que no llevábamos absolutamente nada de efectivo en kunas (a los viajes, bien preparados, sí, señor). 

       El viaje fueron unos 25 minutos de Dubrovnik no turístico, es decir, mucha casa de ladrillo típica de la ex-Yugoslavia, mucho cimiento a la vista, mucho apaño de mi cuñao el Sebas (o de mi cuñao el Anđelko), mucha vivienda que parece abandonada pero no y unos remates que probablemente respondan más a una necesidad que a un estilo arquitectónico. Pero oye, componían un paisaje que tenía su punto, y en medio de una naturaleza brutal, con mar a la izquierda, montaña a la derecha y vegetación por todas partes. Eso por no mencionar que durante los últimos cinco minutos del trayecto tienes unas vistas de la ciudad fortificada que, si el día es despejado, como fue el caso, son espectaculares. Seguramente lo habría disfrutado más si no hubiera tenido que ir agarrada al asiento de delante mientras botaba en el mío y me esforzaba por no pensar en el precipicio del borde cada vez que venía otro autobús de frente. Desde luego, los conductores del Aranda Calderón nunca bajan así de rápido la cuesta de la Pajosa, les devuelvo sus puntos de carisma.

       Una de las peculiaridades de vivir en Oslo es que nos hemos acostumbrado a un ritmo de vida bastante tranquilo que incluye no tener que apearte de ningún autobús en mitad de una carretera por la que circulan miles de vehículos en ese instante. Cuando optamos por actuar en vez de quedarnos parados en medio de aquella locura de tráfico y conseguimos cruzar a la acera de enfrente, vimos que estábamos a solo unos pocos metros de la puerta de Pile, la entrada principal a la ciudad amurallada de Dubrovnik, pero aun así preferimos ir primero al hotel a dejar los mochilones y cambiarnos, porque aunque eran solo las 9 y pico de la mañana, ya hacía un sol de justicia y no era plan de ir ni tan cargados mi tan vestidos. Nuestro alojamiento no estaba en el centro, sino en un barrio periférico a unos 15 minutos a pie de allí, así que fuimos andando. Según nos íbamos acercando, las tiendas de souvenirs y comercios bonicos fueron dando paso a bares de parroquianos y sex-shops. Bien, esto me gusta. No es ironía. Lo que ya no me hizo tanta gracia fue el puñado de escaleras que tuvimos que subir para llegar a la pensión, con sus peldaños bien altos y bien majos. 

       Nos hospedamos en el Guesthouse Cesic, una casa grande con varias habitaciones en alquiler, todas con su propio baño. Nos recibió una mujer muy agradable y con un parecido más que llamativo a Carmina Barrios. En cuanto cruzamos la puerta dimos otro saltito espacio-temporal a la España de los años 70: mueble expositor de licores, sillas tapizadas, mesa de madera maciza en mitad del salón con el registro de clientes en una libreta y una calculadora al lado. Tapetes de ganchillo, sofá de terciopelo, cortinas de encaje. Un maravilloso museo. La mujer hablaba el inglés justito, pero lo compensaba con la intención que ponía, así que la comunicación fluyó satisfactoriamente. Solo arrugó el gesto cuando le dijimos que no llevábamos efectivo. Ahí nos pidió por favor que le dejásemos nuestros pasaportes y esperásemos a "el Jefe". De repente, estábamos secuestrados.

       El jefe llegó al rato, acompañado de un chico joven. Él de inglés ni papa, pero el chico nos iba traduciendo todo. Aunque uno de los motivos por los que escogimos esta casa fue la posibilidad de pagar con tarjeta, hacía ya un buen rato que habíamos perdido la esperanza de que esa información fuera cierta; ahora solo queríamos saber si podíamos salir en busca de un cajero o nuestras vacaciones iban a trocarse en un hilarante campamento de trabajo voluntario. Al final acordamos volver a casa antes de las 9, que era la hora de dormir del jefe, y darle el dinero. Entretanto, se quedaría nuestros pasaportes como garantía. El chico nos indicó qué buses coger y dónde comprar los billetes, y nos dio un par de sugerencias de sitios en los que comer, así que con esa información nos pusimos en marcha. Teníamos las horas contadas y al Jefe controlando.

       En bus tardamos 5 minutos de reloj en volver a la puerta Pile. La entrada de la ciudad amurallada recomiendo recorrerla haciendo el molino con los brazos o cantando muy fuerte con los dedos metidos en los oídos; será la única forma de librarte de las hordas de personas que intentarán venderte visitas guiadas por el casco histórico, excursiones temáticas de Game of Thrones y Star Wars y cursos introductorios de kayak por el Adriático. En caso de que no estés interesado en pagar por algo de eso, claro. Si no, esta será tu puerta al paraíso de las actividades. No hay visitas guiadas gratuitas, aviso a navegantes.

       Fue cruzar la puerta Pile y empezar a hacer lo que más nos gusta y mejor se nos da: deambular sin saber adónde ir. Es muy útil si no se lleva prisa porque te da una primera imagen del lugar que visitas, y te vas ubicando mientras paseas tranquilamente. Si vosotros también sois fans de esta técnica, que sepáis que deambular en la ciudad vieja de Dubrovnik requiere estar en muy buena forma física, porque implica pasar el día subiendo y bajando escaleras. «Nota mental: el yoga es muy guay, pero no mejora mi resistencia; habrá que probar con otro deporte de señora». Así, subiendo y bajando, dimos un primer repaso a las calles principales y visitamos el puerto viejo. Me gustó mucho el ambiente de las callejuelas estrechas, la ropa de colores tendida en las ventanas, los incontables gatos callejeros haciendo caso omiso de la gente. Otro apunte: la luz que desprende Dubrovnik no la he visto en ninguna otra parte antes. Si bien no soy una persona anti-gafas-de-sol, me incomoda un poco llevarlas y las evito si puedo, pero aquí tuve que ponérmelas. Quizá tenga que ver que, dado lo pulido de los adoquines de las calles, a veces parece que caminas sobre un espejo que reflejara toda la luz del sol, especialmente en Stradun, la calle principal. Entre la persistencia de los síntomas de la alergia y lo poco que veía, me estaba perdiendo el 70% del viaje, así que fue una causa de fuerza mayor.



       Cuando supimos que no había visitas guiadas gratuitas, tiempo antes, empezamos a preparar nuestro propio tour, así que teníamos más o menos claro lo que queríamos ver. Una ventaja de Dubrovnik, sobre todo si no dispones de mucho tiempo, es que la ciudad vieja se ve enseguida; Stradun conecta dos de las construcciones más importantes, como son la fuente de Onofrio y el monasterio de Santo Domingo, con la Plaza Luza, donde sigue la fiesta monumental. Como este no es un blog de viajes ni de historia del arte, no entraré en detalle sobre cosas de las que no soy ninguna experta y que además podéis encontrar en un millón de blogs, solo os diré que, como casco histórico restaurado, el de Dubrovnik es una joya; yo no podía quitarme de la cabeza que a principios de los años 90 esa ciudad estaba siendo bombardeada.



       Aunque pagar 14 euros nos parecía un poco caro y simplemente paseando podíamos ver toda la ciudad bastante bien, cedimos a la tentación de subir a la muralla, y he de decir que mereció la pena. Entramos por la puerta Ploče, al este de la ciudad, y después de comprarle los billetes a un venerable anciano que escuchaba house a todo volumen, echamos nuestras dos buenas horitas a la solana, pero es que, una vez arriba, puedes utilizar el tiempo que quieras, así que no nos dejamos ni un solo resquicio sin patear ni una sola torre desde la que otear. Y sí, las vistas son impagables, pero más que el panorama de la ciudad amurallada, de la que evidentemente se tiene una perspectiva impresionante, yo destacaría los pequeños jardincitos y terrazas de las azoteas, que de otra forma no puedes ver, y las ruinas integradas en el resto de la ciudad, o las casas abandonadas con miles de gatos viviendo en la maleza. Por cierto, hay alguien cuya casa tiene parte de la terraza en la misma muralla; si eres tú y por casualidad sabes español y estás leyendo esto, contacta conmigo para tramitar los papeles de la adopción cuanto antes.



       Al bajar de la muralla parecíamos Bocaseca Man (es lo que tiene renunciar por principios a tomar smoothies que te venden en lugares históricos), así que decidimos ir a refrescar el gaznate (qué magnífica expresión). Dubrovnik está lleno de bares, pero muchos inflan los precios hasta límites insospechados. Habíamos visto desde nuestro paseo por las alturas (truquis) un par de bares en el exterior de la muralla, entre las rocas, y fue nuestra opción. No están señalados en absoluto y, de hecho, si no lo lees o te lo cuentan, lo más probable es que pases de largo la entrada, porque no tiene nada de particular. Había gente, pero tampoco estaba atestado, y encontramos sitio sin problema. Música tranquila, ambiente relajado, vistas al mar y limonada ácida y fría. Los camareros saltaban por las rocas con envidiable habilidad llevando bandejas. Aquí tomamos contacto con nuestra primera Karlovačko Radler, cerveza con limón. Bueno, y con nuestra segunda. Con semejante atmósfera y el sol pegándonos en la cabeza, tardamos lo justo y necesario en quedarnos sopa. Cuando Luis ya parecía Dos Caras, emprendimos la vuelta a casa.



       Al llegar, Carmina nos recibió de rodillas cepillando la alfombra del salón. Le contamos un poco nuestro día y le comentamos que ya teníamos el dinero. Al parecer, "el Jefe" estaba en el supermercado, así que nos tocó esperarlo. Llegó al rato, "cargado" con una bolsita liviana y cara de estar agotado, se secó el sudor y se sentó a la mesa a hacer cuentas con nosotros. Carmina y él hablaron un rato en un tono regulero y, cuando ella recogió la bolsa que él había traído y se metió en la cocina a preparar comida, él puso cara de resignación, ojos en blanco incluidos, y nos hizo un gesto de cortarse la pierna por la mitad mientras se reía. Si hay algún intérprete de croata en la sala, que por favor se manifieste y nos ilustre sobre el significado de ese gesto. Nosotros, de momento, seguiremos pensando que significa algo así como: "Qué crack soy, hasta aquí me llegan los huevazos". Nosotros, por supuesto, nos reímos con él; nuestros pasaportes estaban en juego.

     Siguiendo la recomendación que nos habían dado, bajamos a cenar a una pizzería justo debajo de casa. Nos gustó el ambiente distendido, casi de colegueo, de restaurante de vecindario. Lo llevaba gente muy joven, todos hablaban inglés y eran muy agradables. Pedimos una pizza familiar que, si hubiéramos partido en porciones y guardado en tuppers, podría habernos alimentado el resto de nuestro viaje en Croacia. Pero sí, nos la comimos entera aquella noche, qué le vamos a hacer.

      Al volver a casa, Carmina y el Jefe estaban sentados viendo la tele en el salón.  La relación jefe-empleada empieza a volverse confusa. Él estaba como para habernos ofrecido la mano esperando que le hubiéramos besado el sello. Noche tranquila, solo interrumpida de hito en hito por calambres musculares en los gemelos y/o taponamiento extremo de nariz. Todo sereno.

       Al día siguiente madrugamos, pero da igual, Carmina ya estaba dándolo todo entre el aspirador y el tendedero. Desayunamos en una crepería llamada Dolce Vita, en pleno centro, barata y con unos crepes que se te va la olla. Ese día decidimos visitar la playa Gradska Plaža, junto a la ciudad amurallada. Esta playa tiene una parte de hamacas que se alquilan y otra de toallada libre para la plebe, adivinad en qué parte estuvimos. La playa está absolutamente llena de rocas, al punto de que para extender la toalla hay que empezar a mover piedras (lo cual tiene su lado bueno, y es que puedes hacerte una especie de fuerte anti-personas). Ni a Luis ni a mí nos entusiasma la playa, pero el mar nos encanta, y de algún modo, creo que desde que vivo en Oslo aprecio más los días soleados y de buen clima, así que sacamos todo el partido que pudimos al día. Por cierto, el agua era una auténtica delicia, no solo por la temperatura, sino porque se veía perfectamente el fondo incluso en zonas ya bastante profundas. Las rocas, los peces...una maravilla.



       Salimos de la playa tarde, hambrientos y colorados, pero satisfechos. Comimos en el Barba, un restaurante de comida callejera ¡que solo tenía pescado! Nos encantó, todo estaba muy fresco y ofrecían platos muy originales a un precio más que aceptable para ser Dubrovnik. Además está en pleno casco antiguo. En la foto, el bocadillo de pulpo que me comí (y que recomiendo encarecidamente), los calamares que compartimos y la cerveza artesanal del propio Barba (que se vendía en algún sitio más). Tiene la peculiaridad de que puedes personalizar los tenedores de madera que te dan. Si los de al lado no hubieran acaparado los mejores rotuladores, habríamos dado más rienda suelta, si cabe, a nuestra vena artística.



      Al salir de allí nos dimos cuenta de lo tarde que se nos había hecho. Se nos olvidaba que en Dubrovnik no anochecía tan tarde como en Oslo. Decidimos volver por última vez al bar en las rocas, que a esa hora en la que ya caía el sol tenía una atmósfera especialmente agradable. Después, ya de noche, hicimos un recorrido final por toda la ciudad. Volvimos a los mismos sitios por donde ya habíamos caminado, pero esta vez el ambiente era distinto. Por las callejuelas no quedaba ya casi gente y había una esencia de barrio familiar en las puertas entornadas por donde se colaban a todo correr los últimos niños que volvían a casa. Aún hacía calor y todas las ventanas estaban abiertas, dejando salir el rumor de conversaciones, de televisores, los olores de las cocinas...En el centro y calles aledañas, había conciertos de jazz. Merece mucho la pena conocer la noche de Dubrovnik.



       El lunes por la mañana, después de comprobar con tristeza extrema que nuestras toallas y ropa de playa no habían terminado de secarse y teníamos que meterlo todo mojado en bolsas y a la mochila, salimos del hostal. Era muy pronto y no queríamos molestar, pero ya estaba Carmina plumero en mano. No sé cuánto habría dormido, porque cuando le dimos las buenas noches horas antes, la dejamos trasladando barreños hasta los topes de ropa de una habitación a otra. Cuando le agradecimos todos sus esfuerzos y le alabamos su trabajo, nos dejó muy clarito que menos blablabla y más poner dieces en Tripadvisor, pero nos dio un besazo y un abrazazo de despedida. Al Jefe no volvimos a verlo. Una pena.

       Por la tarde salía nuestro barco hacia Split. ¿Lo bueno? Que disponíamos de unas horas más en Dubrovnik. ¿Lo malo? Que teníamos que ir en modo caracol con nuestros mochilones noruegos. Resolvimos tomárnoslo con mucha calma y, desayuno mediante (para el que, sin dudarlo, volvimos a nuestros amados crepes de la Dolce Vita), visitamos por última vez lo que más nos había gustado. Me habría gustado comprar todo tipo de productos típicos, desde la artesanía que abunda en los puestos callejeros hasta comida, pero ni mi economía ni las restricciones de equipaje de mano de Norwegian me lo permitían. Hacia el mediodía, cogimos un autobús hasta el puerto nuevo, al otro lado de la ciudad, y comimos allí mientras esperábamos a que saliera nuestro barco. Haría unos 25 grados a la sombra, pero como nos va el riesgo...una con anchoas y otra picante, que no se diga.

(to be continued si no me da mucha pereza...)

lunes, 22 de agosto de 2011

Una vida dentro de otra

       Muchas veces, cuando planeamos un viaje con mucha antelación, la cosa queda en agua de borrajas porque la gente se va desinflando y al final nadie se anima. Pero siempre hay un par de personas o tres con las que sabes que los planes sí van a salir adelante; es el caso de mi amiga Gema, con la que este tipo de cosas siempre llegan a buen puerto (y no sólo si vamos en barco...qué horror de chiste). Desde que supe que vendría a vivir una temporada a Noruega, Gema me dijo que vendría a visitarme...en mayo empezamos a organizarnos en serio y antes de darme cuenta estaba esperándola en la terminal de autobuses de Oslo.

       Por supuesto, el reencuentro fue de lo más emocionante porque nosotras somos muy espectaculares cuando de reencontrarnos se trata, así que teníamos a todo el autobús pendiente de nosotras y con la lagrimilla a punto. Ella llegó a las 6 de la tarde, pero lamentablemente no pudimos aprovechar mucho porque caía un chaparrón impresionante que continuó durante toda la tarde y también por la noche. De todas formas, su viaje había sido largo y un poco pesado, así que decidimos cenar y acostarnos pronto para madrugar al día siguiente, porque ahí sí que íbamos a necesitar todas nuestras fuerzas.

6 DE AGOSTO DE 2011 - PRIMER DÍA

       ¡Partimos hacia Bergen! Como la estación central estaba cerrada por obras y no había tren directo entre Oslo y Bergen, teníamos que coger un autobús hasta Hønefoss y allí hacer un trasbordo. Nos levantamos a las 6 y preparamos el equipaje: una mochila cada una con la ropa que íbamos a necesitar para tres días, un calzado cómodo y otro que no calara, las chanclas anti-hongos-de-hostal, gafas de sol, polar, chubasquero y demás enseres. Desayunamos y cogimos el metro hasta la terminal de autobuses. Desde allí, salía el autobús a las 08:40 (Oslo-Hønefoss, era el 171, que salía de la dársena 29; aunque esto puede variar, yo lo dejo dicho, por si acaso). El trayecto duró hora y media y el tren con destino a Bergen no salía hasta las 12:22, así que tuvimos un ratillo para pasear por Hønefoss que, sin ser una maravilla de pueblo, es un sitio agradable y bastante bonito, aparte de tener la sorprendente cascada de Høne, que no está nada mal. Tuvimos tiempo suficiente como para comprar la comida en el Mix (un calzone y un muffin) y comimos en la estación de trenes, al acecho de avispas roba-calzone y autobuses que sobrestimaban sus proporciones al pasar junto a nosotras.

       El viaje en tren fue cansadillo, seis horas en una primera clase cuyo único atractivo era una máquina de café que estaba estropeada, pero tuvimos tiempo de hablar y casi hasta de discutir con una buena mujer que decía que España le saca a Noruega una ventaja de 40 años. Lo que hay que oír por llevar las orejas puestas.

       Cuando llegamos a Bergen fuimos derechas al hostal a dejar los bultos. Nos alojamos en el Citybox, que está en la misma calle que la estación, así que no tardamos nada en llegar, pero allí tuvimos un ligero problema. Cuando llegamos, la recepción ya estaba cerrada y había que hacer el registro de forma automática con una máquina que hay en la entrada. Era la primera vez que nosotras nos registrábamos en un hotel de esta manera, así que esperábamos un poquito más de información por parte del tipo disfrazado de Beetlejuice que parecía encargarse de las llegadas, pero teníamos que extraerle las palabras con sacacorchos; no derrochaba salero, precisamente, el hombre. Al final conseguimos nuestras llaves y no tuvimos que dormir en la estación, así que ni tan mal. Para los que hayáis reservado en este hostal: imprimid, además de la confirmación de la reserva y el pago, el e-mail en noruego que os enviarán desde el propio Citybox, porque allí figuran un número de registro y una contraseña que tendréis que utilizar a vuestra llegada.

       Señores siesos aparte, el Citybox nos gustó. Partiendo de la base de que es un hostal, las cosas básicas estaban bien: tanto la habitación como el baño eran muy amplios y estaban limpios, a pesar de que compartíamos el baño con otra habitación. Teníamos además una ventana a ras de suelo, muy apta para jugar a la gallinita ciega en la habitación. Después de dejarlo todo allí fuimos a conocer un poco de Bergen y a comprar en el Rema1000 nuestro desayuno para los dos días siguientes. Llegamos hasta el puerto y nos metimos por algunas callejuelas dignas de ver; nos pareció precioso. Esa noche cenamos en el Deli de Luca, una tienda de conveniencia bastante frecuente en Oslo y Bergen donde, además, disponen de un espacio reservado para comer. No es especialmente barato, pero si lo comparas con un restaurante comes bien por mucho menos dinero, y tienen desde bocadillos hasta platos preparados. Y así, entre fideos, terminó nuestro día.


7 DE AGOSTO DE 2011 - SEGUNDO DÍA

Nos levantamos a las 6 de la mañana, con la fresca, ya que teníamos que estar en la oficina del NSB en la estación de trenes a las 7:30 para recoger nuestros billetes de la excursión Norway in a nutshell (id a la página de Direcciones útiles para saber de qué se trata). Nuestro primer viaje consistía en dos horas de tren hasta Myrdal, donde teníamos que coger el Flåmsbana, el famoso tren de Flåm que, según dicen, hace el trayecto en tren más bonito del mundo. Si te animas a hacerlo, vete calentando de camino a Myrdal porque cuando se apea la gente eso es una batalla campal, un sálvese quien pueda para pillar ventanilla en el tren de Flåm, ya que los asientos no están numerados. En cuanto al trayecto, que dura una hora, yo no sé si será el más bonito del mundo, todavía tengo que viajar mucho para dictar sentencia, pero sí es uno de los más bonitos que he hecho, es realmente impresionante, el paisaje no deja de sorprenderte. Por no mencionar la parada principal en la catarata de Kjosfossen, que será muy turística y todo lo que queráis, pero a nosotras nos dejó con la boca abierta.

       El tren nos dejó exactamente en el puerto de Flåm, y allí teníamos casi tres horas de espera que aprovechamos para comer y dar una vuelta por los alrededores. Aquí nos pilló la segunda tromba de agua importante de nuestro viaje, pero supimos enfrentarla refugiándonos en un puesto vacío de venta de verduras. ¡El que no se conforma es porque no quiere! Tuvimos tiempo además de ver el museo del tren de Flåm, que está junto a las vías y es gratis, algo que no abunda mucho por estos lares.

       A las 15:10 salimos en un barco para ver los fiordos (si viajas con Norway in a nutshell el barco sale del muelle 1). Tuvimos que estar un rato dentro porque aún llovía, pero en cuanto pudimos salimos a la cubierta para disfrutar mejor el paisaje, y de paso curioseamos un poco el barco, que nos encanta. Cuando llegamos a Gudvangen, al cabo de dos horas, ya nos estaba esperando el autobús para Voss. Esta parte nos la esperábamos sin sorpresas, el típico trayecto en bus, pero nada más lejos: tuvimos que recorrer la famosa carretera de Stalheimskleivay, que sólo se abre los meses de verano...qué vertigo, qué curvas, fuimos con el corazón en un puño un buen rato, pero el paisaje...bufff, hay que verlo. En Voss de nuevo cogimos el tren hasta Bergen, donde llegamos sobre las 20:30.

       Esa noche, nos apetecía pizza y decidimos buscar un sitio asequible, olvidándonos por un momento de que ese concepto es poco frecuente aquí...pero tuvimos un golpe de suerte y al echar un vistazo en el restaurante Egon vimos que tenía buffet libre de pizzas. Aprovecho para advertiros que si coméis aquí lo primero que tenéis que hacer es acercaros a la barra, dar vuestro número de mesa y pagar, antes de comer. Nosotras nos enteramos gracias a unos noruegos a los que guardamos cierto rencorcillo. Segunda y última noche en el hotel.

8 DE AGOSTO DE 2011 - TERCER DÍA

       Sobre las 9 nos cargamos las mochilas al hombro con todo el equipaje y dejamos el hotel definitivamente. Ese día nos dedicamos a visitar lo que nos quedaba de Bergen. Lo primero que hicimos fue subir en el funicular de Fløibanen hasta el mirador, desde donde puede verse todo Bergen y alrededores, el mar, las siete colinas...todo. Allí nos sentamos a hablar durante un buen rato, era un sitio agradable. A la bajada, recorrimos las callejuelas que unen las casas del puerto y descubrimos algunos rincones bonitos; finalmente nos acercamos al mercado del pescado donde, tal y como tenía entendido, abundaban los españoles. Allí pasamos un buen rato, hasta me dieron ganas de preguntar por un trabajillo, porque se respiraba muy buen ambiente. Todo lo que se vende tiene muy buena pinta y parece muy fresco; además puedes comprar otras cosas aparte de pescado, como algunos platos preparados o bocadillos. Varios puestos tienen también mesas por si decides quedarte a comer por allí. Nosotras nos compramos un bocadillo delicioso con salmón, gambas y bocas de mar, por 80nok cada una, y fuimos a comerlo al parque junto al lago Lille Lungegårdsvannet, aprovechando el buen tiempo que hacía. No sólo nosotras acabamos con el estómago lleno; los gorrioncillos, gaviotas y algún que otro cuervo también se beneficiaron de nuestros manjares (sobretodo de los de Gema). Después de un ratito de sobremesa y conversación cogimos el tren a las 16:10, que no nos dejaría en Oslo hasta pasadas ocho horas. La ventaja fue que justo ese día terminaron las obras en la estación central, así que no tuvimos que hacer trasbordo. Cuando llegamos al fin, cenita a base de embutido y a la cama. ¡Mañana visitamos Oslo!

9 DE AGOSTO DE 2011 - CUARTO DÍA

       Hoy no pudimos evitar que se nos pegaran las sábanas pero, aun así, tan pronto como pudimos nos plantamos en el puerto para coger el barco que lleva a la península de Bigdøy, después de que Gema se comprara la Oslopass, por supuesto. El día pintaba bien, solecito, pocas nubes...Nuestro primer objetivo fue el Frammuseet, el museo del Fram, donde está expuesto el barco polar del mismo nombre, con el que el explorador Amundsen viajó hasta el polo sur. Se puede entrar en el barco y pasear por dentro, está estupendamente bien conservado. El museo cuenta también la historia de otros exploradores noruegos y sus expediciones polares, a través de algunas exposiciones fotográficas muy interesantes.

       Justo enfrente del Fram está el museo Kon Tiki (tan cerca que hasta comparten los retretes...una curiosidad como otra cualquiera), pero a éste no fuimos porque no nos sobraba el tiempo y pensé que era el museo más prescindible (¿me equivocaba?). No obstante, yo sí lo visité anteriormente y me gustó, en otra entrada os hablaré sobre él. Allí mismo cogimos el autobús 30, con el que nos desplazamos hasta el Vikingskipshuset, el museo de los barcos vikingos, que está en la misma península de Bigdøy. Yo tengo que decir, a riesgo de pecar de ignorancia, que este museo para mí ha supuesto una decepción...sí es verdad que los barcos son impresionantes y que impacta pensar en la cantidad de años que tienen, y la historia de los vikingos también es curiosa...no sé, tal vez un apasionado del tema piense de forma diferente, pero yo creo que el museo sería más atractivo si le sacaran un poco más de partido, si hubiera algo más que hacer aparte de subirte a los balconcillos a observar los barcos. Yo llevé a Gema porque es el museo que sale en todos los folletos, y porque si vuelve a España diciendo que ha estado en Oslo, me temo que la primera pregunta sea: "Y verías los barcos, ¿noooo?", así que no podía permitirlo.

       Justo después, sin necesidad de coger el bus porque está muy cerca, visitamos el Norsk Folkemuseum, el Museo Folclórico de Noruega. Éste sí está muy bien. Se puede decir que es el museo de la cultura noruega, donde puedes ver desde casas noruegas de todas las épocas (y visitarlas por dentro), hasta una iglesia vikinga, y también conocer numerosas costumbres noruegas, sus estilos de vida a lo largo de los siglos...También hay una exposición de juguetes clásicos preciosa y otra muy interesante sobre la cultura sami, a la que también intentaré dedicar un post algún día de estos. Es un museo bastante dinámico, y el hecho de que sea exterior puede ser un factor positivo o negativo: a nosotras nos cayeron dos chaparrones curiosos, pero nos refugiamos hábilmente en un barracón y de paso aprovechamos para comer. El museo cerraba a las 18:00 y justo a esa hora estábamos nosotras saliendo, apurando al máximo.

       A pesar de que había llovido lo suyo, decidimos acercarnos a la playa, sólo para dar una vuelta, así que volvimos a coger el 30 y nos bajamos en Huk, la última parada. No había gente tomando el sol, pero sí unos cuantos valientes dándose chapuzones. Nosotras nos limitamos a pasear un poquito y luego volvimos al centro en autobús. Al apearnos, el tiempo había mejorado bastante, así que apetecía caminar un ratillo en plan tranquilo, con lo que pospusimos las visitas restantes para el día siguiente. Paseamos por el puerto de Aker Brygge e incluso nos permitimos un pequeño capricho: un helado en uno de los puestos del muelle. Después de eso, cenita típica noruega (pasteles de carnes con salsa marrón -no es que no sepa el nombre de la salsa, es que se llama así-) y a la cama pronto para recuperar el sueño acumulado.

10 DE AGOSTO DE 2011 - QUINTO DÍA

       Hoy teníamos previsto empezar el día con un crucero por el fiordo de Oslo, pero como ya habíamos cogido bastantes barcos durante del viaje y además nos quitaba dos horas enteras, nos saltamos ese paso y fuimos directamente al segundo: visitar el Holmenkollen, el salto de esquí con su museo, que también lleva su tiempo. Ahí sí que nos pilló un buen diluvio, acompañado además de frío y viento, es decir, estábamos como queríamos. No obstante, cuando terminamos de ver el museo subimos a la torre a ver el salto desde arriba. Las vistas desde allí abarcan Oslo y muchos kilómetros alrededor, hasta perderse en un bosque lejano. Es verdaderamente espectacular, pero por desgracia aquel día la niebla impedía apreciarlo todo lo bien que nos habría gustado. El salto también sobrecoge, ¡qué vertigo!


       De vuelta al centro, entramos a la Nasjonalgalleriet a ver el cuadro de El grito. Una aclaración: la versión más conocida del cuadro está aquí y no en el museo de Munch, donde lo que encontrarás son dos versiones más de la obra. Tuvimos suerte de verlo, porque el año pasado lo robaron (una de tantas veces). Del resto de la colección la verdad es que no conocíamos mucho, sólo a los autores más famosos; pero hay muchos cuadros de pintores noruegos que ni siquiera nos sonaban. Sin embargo, tengo que decir que algunos cuadros me llamaron poderosamente la atención, como Vinternatt i fjellene (noche de invierno en las montañas) de Harald Sohlberg (¡google!). A la salida, comimos en la estación a resguardo de la lluvia antes de continuar en dirección a la ópera, construcción original donde las haya. A mí este tipo de edificios tan modernos no suelen convencerme, pero reconozco que éste me encanta. Debe de ser eso de caminar por el tejado, que me emociona. A esa hora de la tarde ya pudimos cerrar los paraguas, al fin, y recorrimos la Karl Johans Gate, la calle principal de Oslo, para acabar en la fortaleza de Akershus, aunque sólo paseamos por el recinto.

       Para poner el colofón, terminamos el día disfrazadas de reinas de las   nieves en el Icebar. Debo decir que en un principio me mostré reticente a entrar aquí, porque me parece el típico reclamo para turistas donde te cobran un pastón por estar media hora pasando frío. ¿Y me equivocaba? ¡No! Es exactamente eso, pero la verdad es que te echas unas risas, y tampoco está tan mal de precio si piensas que el cóctel que te dan (os recomiendo el Seven nation army, buenísimo) te lo cobrarían al mismo precio en un bar ordinario. Y beberte tu propio vaso después de su contenido no tiene precio. Además está muy bien ambientado y te dan una capa térmica y unos guantes. Respecto a la media hora...realmente no se puede estar más tiempo, si no quieres encontrarte con tu amiga la hipotermia. Cuando salimos a la calle, creo que fue el único momento del día en el que sentimos auténtico calor.

       Ese día la cena fue un salmoncito a la noruega, con su crema agria y todo, y con horario inglés para poder acostarnos pronto, con vistas a amortizar bien el último día íntegro de Gema en Noruega.

11 DE AGOSTO DE 2011 - SEXTO DÍA

       Hoy tenemos previsto un viajecillo a Drøbak, un pueblecito a unos 40 km. de Oslo (se puede llegar en el  autobús 501 desde la parada que hay en Fred Olsens Gate). Todo lo que yo pueda decir acerca de este lugar está muy lejos de ser objetivo porque realmente me encanta. De hecho, sería mi primera opción a la hora de vivir en Noruega, si pudiera elegir, claro. Yo ya lo había visitado hace cosa de dos meses, cuando me llamó la atención al descubrirlo por internet, y ya tuve la sensación de que era un lugar que difícilmente olvidaría.


Este pueblo tiene varios atractivos: el primero de ellos es que es un pueblo pesquero precioso, con todo lo que ello conlleva, unas casitas monísimas, los barquitos en el muelle, olor a mar, varios faros (esto ya es un gusto personal...desde que vi los Moomins cuando era pequeña). Pero además este pueblito tiene una particularidad especial: se dice que es el lugar de nacimiento de Papá Nöel y su residencia cuando no está viviendo en el Polo Norte. En cualquier época del año puedes entrar a Julehuset, su taller, situado en la plaza principal, y echar un vistazo a lo que allí te vas a encontrar; es algo comparable a lo que experimentó Jack Skellington cuando fue a parar a la ciudad de la Navidad. Otro mundo. Pero vamos, que incluso sin el taller Drøbak es un pueblo encantador. 


       Después de comer en unos banquitos al sol junto al muelle volvimos a Oslo porque aún nos quedaban varias cosas por ver, como por ejemplo, el Vigelandspark, el parque de las estatuas, otro de mis rincones preferidos de la ciudad. Hicimos bien en dejar este parque para el último día porque habría sido una pena visitarlo con mal tiempo; no es lo mismo verlo vacío que lleno de gente tumbada en la hierba, haciendo deporte o paseando por allí. Tras sacarnos alguna que otra foto con las estatuas volvimos a ponernos en marcha en dirección al centro para dar un último paseo, comprar algunas cosillas y visitar el barrio de Grünerløkka, la zona "alternativa" de Oslo. Ya con un poco de penita cenamos y a dormir, sabiendo que sólo disponíamos de unas horas al día siguiente antes de que Gema tuviera que volver al aeropuerto.

12 DE AGOSTO DE 2011 - ÚLTIMO DÍA

       A pesar de que el día no era muy aprovechable, no queríamos dejar de llenar el poco tiempo que nos quedaba juntas, y todavía no habíamos tenido oportunidad de conocer el lago que hay al lado de mi casa, el Lilletjern, así que allí pasamos la mañana acosadas por los patos. Nuestro viaje terminó a las dos menos cuarto, cuando el Rygge-Ekspressen de Gema salió camino del aeropuerto, con tristeza pero satisfechas de todo lo que habíamos hecho.

       Desde luego, fueron unos días de lo más completo, y me encantó recibir a Gema aquí, no sólo por su compañía que, evidentemente, me es grata, sino por la ilusión que hace enseñar y compartir los lugares que conoces con otra persona. Ahora mismo lo difícil es bajarse de la nube. No pongo en duda (bueno, sí) que sea cierto el que si no trabajáramos no valoraríamos tanto nuestro tiempo libre, pero es que cuanto mejor es un viaje más dura es la caída a la realidad. Pero aun así un viaje es lo mejor que nos puede pasar, porque no sólo es conocer sitios y gente, también son las anécdotas, los problemillas que surgen...es como una vida dentro de otra...¡y para mí el viaje dura hasta diciembre! Quizá mi próxima reunión con Gema sea en París, a no mucho tardar, pero eso sí, sin descuidar el viaje del año que viene: hemos hablado de conocer Transilvania...y algo me dice que lo haremos.

       Nota: todas las direcciones importantes están en el apartado Direcciones útiles, con una pequeña explicación de cada cosa. ¡Echa un vistazo!